Isabel Allende: “Mientras pueda voy a vivir en EE.UU., ahí están mi hijo, mi nuera, mis perros y mi marido, pero si la cosa se pone color de hormiga, tendré que irme”


Son 165 medios de todo el mundo acreditados para escuchar, de manera presencial o por streaming, a la escritora que más vende en todo el globo en castellano.

“Muchísimos medios han madrugado, me parece que en México son las ocho y media de la mañana…”, dice el editor, David Trías, para comenzar el acto.

“¿Eso es madrugar? Pero por Dios”, opone divertida Isabel Allende. La autora chilena, de 83 años, vive en California y hacía mucho que no viajaba. Pero quería volver a esa España que, dice, tantos dolores y alegrías le ha dado, y decidió acudir para hablar con la prensa en uno de los elegantes salones de espejos y columnas doradas del Palacio de Linares -sede de la Casa de América en Madrid- de su nueva novela,Mi nombre es Emilia (Plaza Janés).

Una obra ambientada en la guerra civil de Chile de finales del XIX y protagonizada, como siempre, por una mujer fuerte, una periodista relacionada con la familia Del Valle de su gran novela, La casa de los espíritus.

Allende (Lima, 1942) habla de política, incluso de irse de EE.UU., y de ser mujer en un mundo patriarcal. Pero, sobre todo, emociona cuando recuerda sin paños calientes su propia vida y los espejos deformantes de la memoria.

Allende comenzó recordando lo excepcional de su viaje. “Todos los escritores somos introvertidos, porque si no no podríamos hacer lo que hacemos. Cuando nos toca estar en la vida pública, extrovertida, es difícil, te quita mucha energía. Pero además con la edad yo me he puesto muy mañosa, no quiero salir de mi casa, no quiero separarme de los perros, tengo un tercer marido que espero que me dure… Y desde antes del covid no viajaba, el último viaje fue a Chile porque mi padrastro se estaba muriendo y murió en mis brazos de una manera muy linda.

Pero ahora decidí que iba a hacer un último intento de venir a España porque tengo muchos recuerdos aquí. Es un país que me ha dado mucha alegría y mucha pena”.

Y recordó la vivencia de la enfermedad de su hija en Madrid. “Aquí enfermó mi hija Paula. Tenía porfiria y en el Hospital Clínico había un departamento. Cuando tuvo una crisis, se fue para el hospital, y se dieron unas circunstancias muy negativas. Había huelga, era fin de semana largo y el médico no estaba.

Paula cayó en coma, no fue monitorizada bien y se produjo daño cerebral severo. No me dijeron lo que había pasado durante cinco meses y esperé en los pasillos del Clínico hasta que me entregaron a mi hija en estado vegetativo. Y me la llevé a California, no sé cómo. Ahora no lo podría hacer. En un vuelo comercial de United. Con enfermera y equipo. La bajaron en una camilla en Washington. Ted Kennedy había enviado dos personas de su oficina y nos esperaron en el aeropuerto y Paula entró sin visa y sin nada“, evoca con emoción.

“Así que cuando vuelvo a España, la primera imagen que tengo en el avión es esa. Pero luego me vuelven otras cosas maravillosas. Esos cinco meses en el Hospital Clínico estuve en contacto con el dolor. Toda esa gente acompañaba a algún paciente. La camaradería, la bondad, la generosidad.

Un señor que venía de un pueblo perdido, que era tosco, medio bruto, tenía a su señora, que había tenido un ataque cerebral y ya no era ella. Sentado al lado, la insultaba de puro amor, ‘cómete la comida, coño, que no quieres comer’. Traía unos bocadillos de jamón de este tamaño y los compartía conmigo. Y había una gitana loca maravillosa que nos alegraba la vida en la sala común. Todas esas imágenes las tengo también”, evoca.

Fuente: www.clarin.com

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