Neus Moya, podóloga infantil: “Durante la infancia, lo ideal es que un niño vaya el máximo tiempo posible descalzo; no hay que poner zapatos hasta que caminen”


Neus Moya, podóloga infantil: “Durante la infancia, lo ideal es que un niño vaya el máximo tiempo posible descalzo; no hay que poner zapatos hasta que caminen”

Los pies de un niño están en constante desarrollo durante los primeros años de vida y cualquier decisión relacionada con el calzado puede influir en la forma en la que caminan, se mueven y desarrollan su pisada.

Sin embargo, a menudo el calzado infantil se elige atendiendo más a cuestiones como la estética, la moda o la resistencia que a las necesidades reales del pie.

“Aunque cada vez se comete menos, el error más frecuente entre los adultos es pensar que tenemos que arreglar el pie del niño creyendo que por sí solo el pie del niño no va a madurar”, reflexiona para La Vanguardia la podóloga infantil, Neus Moya.

La especialista apunta que hay una tendencia a creer que hay que comprar un zapato que sujete el pie del niño y que quede recto para que le ayude a caminar “y que cuanto antes y más rápido camine el niño, mejor”.

Moya advierte que cada niño tiene su propio desarrollo y, por tanto, hay que ponerle un calzado que sea como si caminara descalzo. “Siempre digo que si le pones un zapato y eso modifica la forma de caminar mucho, no es adecuado”, apunta.

Así pues, señala que el error más frecuente es querer poner un zapato que ayude al desarrollo del pie del niño y “en realidad lo que estamos haciendo es interrumpirlo”.

Moya, autora de Pasito a pasito (Zenith, 2016), asegura que durante la infancia “lo ideal” es que un niño vaya el máximo tiempo posible descalzo, ya que, “los estímulos que recibe a través de la planta del pie son oro puro para construir el mapa cerebral, para situar el pie en el mapa cerebral”.

Y es que sostiene que, una vez situado este mapa, “se trabaja mucho el equilibrio y la percepción, que es muy importante”.

La podóloga infantil afirma que “no hay que poner zapatos a los niños hasta que caminen”. Y no se considera que un niño camina “cuando es capaz de dar 10 pasos por sí solo sin caerse”. Es a partir de ese momento cuando se le debería empezar a poner zapatos, aunque apunta que no es obligatorio.

En este sentido, señala que los niños tienen el doble de sensibilidad exteroceptiva en los pies que en las manos hasta los 10 meses de edad, es decir, que “durante ese periodo de tiempo reciben más información del exterior a través de las manos”. De ahí la importancia de dejar sus pies libres.

“Uno de los grandes errores que se cometen al probar los zapatos a un niño es colocar un dedo en la parte de atrás”

La elección de los primeros zapatos también plantea numerosas dudas a las familias. ¿Debe el zapato sujetar el pie o permitir que se mueva con libertad? Y, sobre todo, ¿cómo saber si una determinada talla sigue siendo adecuada cuando los pies crecen tan deprisa?

Un zapato demasiado estrecho, rígido o corto puede limitar el movimiento natural de los dedos, mientras que uno excesivamente grande tampoco ofrece la estabilidad necesaria. A esto se suma una costumbre muy extendida: aprovechar los zapatos de hermanos mayores o mantener una talla porque aparentemente todavía sirve, aunque el pie ya haya cambiado.

Moya apunta que uno de los grandes errores que se cometen al probar los zapatos a un niño es colocar un dedo en la parte de atrás del zapato, “porque la mayor parte de los niños, especialmente cuando más pequeños son, lo que hacen es doblar los dedos para facilitar que entre el dedo”.

El problema surge porque los padres creen que le van bien los zapatos, pero “en realidad le estás comprando una talla bastante justa”.

La podóloga detalla que la mejor técnica para comprar la talla adecuada es sacar la plantilla de dentro del zapato y colocar el pie del niño encima, y “tienes que mirar que le sobre entre 0,8 y 1 centímetro de largo, desde el dedo más largo del pie hasta el final de la plantilla”.

Otro de los errores más habituales que señala la experta es comprar zapatos más grandes de lo necesario para que duren más tiempo, y es que asegura que esto “dificulta todo el desarrollo del niño”, ya que le pones una “superficie inestable” y tiene que utilizar estrategias para no perder el zapato.

Además, el menor tiene que levantar muchísimo más el pie del suelo y, por tanto, “le estás afectando la marcha y el desarrollo”, concluye.

Marta Sánchez, La Vanguardia

Fuente: www.clarin.com

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