La mayoría de alumnos llega a la autoescuela con una preocupación principal: aprobar el examen. Cuántas clases harán falta, cuándo podrán presentarse o cuánto tardarán en tener el carnet son las preguntas que más escucha Mireia Brunet. Ella, sin embargo, intenta llevar la conversación hacia otro lugar desde el primer día. Porque, para esta profesora con 18 años de experiencia, el objetivo no es superar una prueba, sino aprender a conducir. El permiso llega después.
Esa es la idea que ha guiado su trayectoria al frente de La Meva Autoescola, en Barcelona. Tras miles de horas de prácticas junto a futuros conductores, Brunet defiende que ponerse al volante implica mucho más que controlar un vehículo: significa “aprender a observar, anticiparse, gestionar el miedo y asumir que cada decisión tiene consecuencias”. Una transformación que empieza en la autoescuela y continúa mucho después de aprobar el examen.
La mayoría llega pensando únicamente en aprobar el examen. Y, para mí, ese es el primer error. El objetivo no debería ser conseguir el carnet cuanto antes, sino aprender a conducir. Cuando entiendes cómo funciona el vehículo, por qué haces cada maniobra y cómo resolver las situaciones que aparecen en el tráfico, conduces con más seguridad y confianza. El permiso acaba llegando como consecuencia de ese aprendizaje. Siempre les digo lo mismo: ‘no vienes a sacarte el carnet, vienes a convertirte en conductor’.
Sí. Hay señales que aparecen muy pronto. Algunos tienen más dificultades para coordinar movimientos o calcular correctamente distancias y velocidades. Otros pierden la atención con facilidad o llegan demasiado pendientes del resultado. Cuando alguien se obsesiona con aprobar en lugar de entender por qué hace cada maniobra, el aprendizaje suele ser más lento. Conducir exige comprender lo que ocurre alrededor, no repetir movimientos de memoria.
Las dos cosas están muy relacionadas. Cuanto mejor entiendes el coche y el entorno, menos miedo tienes. La confianza no aparece porque alguien te diga que ya conduces bien, sino porque tú mismo compruebas que eres capaz de resolver situaciones reales. Ese es el momento en el que dejas de ser un alumno y empiezas a comportarte como un conductor.
Aprender a conducir obliga a desarrollar muchas capacidades al mismo tiempo. Hay que escuchar, aceptar los errores, corregirlos, gestionar la frustración, mantener la atención y tomar decisiones continuamente. También implica asumir una responsabilidad enorme, porque tus decisiones afectan a la seguridad de los demás. Por eso digo que quien sale con el permiso no es la misma persona que entró meses antes en la autoescuela. Ha aprendido mucho más que a conducir un coche.
Ha habido varias y, curiosamente, las recuerdo todas con mucha nitidez. Nunca olvidas los momentos en los que sientes que todo depende de una reacción en décimas de segundo. Uno de los que más me marcó fue un alumno de moto que no se detuvo en un cruce pese a que un camión tenía prioridad. También recuerdo el susto de un niño que salió corriendo entre dos coches aparcados y cruzó delante del vehículo a muy pocos metros. Y quizá el episodio que más presente tengo fue el de una alumna con amaxofobia. Al adelantar a un camión en una autovía vio acercarse una curva, entró en pánico y frenó de golpe delante del vehículo pesado. Por suerte, en todos los casos todo quedó en un susto, pero después de 18 años sigo recordándolos como si hubieran ocurrido ayer.
Creo que, en general, vivimos con más ansiedad. Lo noto también en la conducción. Cuesta más mantener la atención durante mucho tiempo, hay menos paciencia y menos tolerancia a la frustración. Estamos acostumbrados a querer resultados inmediatos y aprender a conducir requiere precisamente lo contrario: tiempo, práctica y aceptar que equivocarse forma parte del proceso. Además, las largas esperas entre exámenes y la falta de examinadores añaden todavía más presión a muchos alumnos.
Muchos infravaloran la importancia de la postura al volante y, sobre todo, de la mirada. Antes incluso de arrancar ya hay cosas importantes que hacer: ajustar correctamente el asiento, el volante, los retrovisores y el reposacabezas. Después llega la observación. Mirar lejos, anticipar lo que puede ocurrir y entender el entorno permite conducir con mucha más seguridad. La conducción empieza mucho antes de tocar el acelerador.
Lo más urgente es resolver la falta de examinadores y de personal en las jefaturas de Tráfico para que todo el proceso deje de estar condicionado por problemas estructurales. Y, una vez solucionado eso, replantearía el enfoque de la formación. El objetivo no debería ser simplemente expedir permisos de conducir, sino formar conductores responsables. Al final, aprender a conducir significa convivir con los demás en un espacio compartido y asumir una responsabilidad enorme. Eso es lo que nunca deberíamos perder de vista.