“La tecnología funciona cuando desaparece”


La escena cultural porteña viene ensayando desde hace algunos años una transformación silenciosa: la experiencia empieza a pesar tanto como la obra. En ese desplazamiento, propuestas que cruzan tecnología, narrativa y participación directa del público dejaron de ser una rareza para convertirse en un nuevo estándar. En ese territorio se inscribe “La última fortaleza”, una instalación inmersiva que propone un viaje al corazón de la Edad Media sin salir de la ciudad.

El punto de partida es concreto: una reconstrucción de Carcassonne en el siglo XIV. Pero lo que está en juego no es solo la fidelidad histórica sino la posibilidad de habitar ese mundo. La experiencia no se limita a mostrar: sitúa al espectador en el centro de una trama donde el tiempo y el espacio dejan de ser coordenadas fijas. A partir de ahí, lo que ocurre es menos una visita que una deriva.

Del espectador al cuerpo presente. Antes de ingresar, una instancia introductoria ordena el contexto y prepara el terreno. Sin embargo, esa información funciona apenas como umbral. Una vez activado el dispositivo, el entorno físico pierde relevancia y el cuerpo comienza a negociar con otro tipo de estímulos. La percepción cambia de escala: las alturas generan vértigo, los desplazamientos obligan a recalibrar el equilibrio, los objetos parecen reclamar una reacción.

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Esa dimensión corporal es clave. No se trata solo de ver, sino de responder. El visitante esquiva, se inclina, duda. Hay una memoria física que se activa aun cuando la razón insiste en que todo es una simulación. En ese punto, la tecnología deja de ser visible y pasa a operar como condición de posibilidad: cuanto menos se percibe, más eficaz resulta.

Narrar en 360°. La estructura narrativa se apoya en un recorrido guiado que introduce personajes y conflictos. La historia avanza a través de escenas que combinan tensión dramática y exploración. No hay aquí una lógica abierta ni dispersa: el trayecto está cuidadosamente diseñado para sostener el ritmo y la comprensión.

Sin embargo, lo interesante es cómo ese relato convive con la libertad de la mirada. Mientras la voz guía orienta, el entorno invita a desviarse, a observar detalles, a perderse momentáneamente. Esa tensión entre conducción y deriva es uno de los aciertos del formato: permite que la experiencia sea compartida, pero no idéntica.

Entre el documento y la fantasía. El proyecto se apoya en investigaciones históricas que garantizan una base verosímil. La arquitectura, los espacios y las dinámicas sociales responden a un trabajo de reconstrucción riguroso. Pero esa capa documental no se presenta como un límite, sino como un punto de partida.

Sobre esa base se incorporan elementos ficcionales que expanden el universo narrativo. La Edad Media aparece así como un territorio híbrido: tanto un objeto de conocimiento como un espacio de proyección imaginaria. Esa mezcla, lejos de debilitar el conjunto, refuerza su potencia: la experiencia no busca enseñar de manera literal, sino activar una forma de conocimiento sensible.

El umbral de lo real. Uno de los efectos más persistentes ocurre al final. Cuando la experiencia concluye y el dispositivo se retira, el regreso al espacio físico no es inmediato. Hay un desfase, una especie de eco perceptivo que prolonga lo vivido. El cuerpo tarda en reajustarse, como si aún estuviera negociando con un mundo que ya no está. En ese cruce, “La última fortaleza” no solo ofrece un viaje al pasado. Propone, sobre todo, una forma de habitar el presente.

DG Tech Lab y su trabajo

J.M.D.

Detrás de la experiencia hay una arquitectura de producción que explica buena parte de su impacto. “La última fortaleza” fue desarrollada por un consorcio internacional que reúne a DG Experience, Sold Out, Excurio y el Centre des Monuments Nationaux, una institución clave en la preservación del patrimonio histórico francés. Esa alianza no solo garantiza escala tecnológica, sino también un respaldo académico poco habitual en este tipo de propuestas.

El proyecto forma parte de una línea de desarrollo más amplia: el DG Tech Lab, un laboratorio orientado a experimentar con nuevas formas de entretenimiento inmersivo donde la cultura funciona como eje narrativo. En ese recorrido previo aparecen experiencias como El Horizonte de Keops o Art Masters, que ya habían explorado la combinación entre reconstrucción histórica, relato guiado y dispositivos de realidad virtual. En ese sentido, “La última fortaleza” no es un caso aislado, sino la conso-lidación de un modelo que busca transformar la relación entre público y contenido.

Otro dato relevante es su dimensión educativa. La propuesta fue diseñada también para integrarse a circuitos escolares, con contenidos vinculados a historia medieval, arquitectura y organización social del siglo XIV. Esto abre una línea de trabajo que excede el entretenimiento: la posibilidad de utilizar entornos inmersivos como herramientas pedagógicas donde la experiencia sensorial complementa –y en algunos casos reemplaza– los formatos tradicionales de enseñanza.



Fuente: www.perfil.com

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