Bego Prados, madre de una joven autista: “Mi hija no es un ser de luz ni yo soy una heroína”


Bego Prados tenía a su hija Jone en la parte trasera del auto, llorando sin consuelo, cuando terminó de entender que algo no encajaba. La nena tenía casi dos años y atravesaba una crisis que llevaba una hora. Estaban en una ruta, lejos de todo, y ninguno de los intentos por calmarla funcionaba.
Ese episodio quedó grabado como uno de los momentos que marcaron el inicio de una maternidad distinta a la imaginada. Años después, Prados lo cuenta en No pasa nada, un libro en el que narra con ternura, ironía y crudeza la experiencia de criar a una hija autista.
Para Bego, madre primeriza, los primeros años estuvieron atravesados por la duda y la culpa. Notaba que Jone reaccionaba de una manera distinta, que sus llantos eran inconsolables y que la interacción no se parecía a la de otros chicos. Pero durante un tiempo pensó que quizás ella estaba haciendo algo mal.
Cuando planteó sus sospechas, recibió una respuesta que luego escucharía muchas veces: “No pasa nada”. Esa frase, que hoy su hija repite como un mantra para regular sus emociones, terminó dando título al libro.
El diagnóstico llegó más tarde y fue, al mismo tiempo, un golpe y un alivio. Le permitió ponerle nombre a lo que ocurría, aunque también abrió otro camino lleno de preguntas: qué hacer, cómo acompañarla, qué escuela elegir, qué terapias sostener y cómo reorganizar la vida familiar.
Prados, que era maestra, dejó en pausa su carrera. Vivía en Suiza junto a su pareja, investigador en el CERN, pero la búsqueda de apoyos para su hija terminó ocupando el centro de todo. Según cuenta, el acompañamiento terapéutico puede ser muy costoso y muchas decisiones recaen sobre las familias, en especial sobre las madres.
Uno de los puntos más fuertes de su testimonio es el rechazo a idealizar la discapacidad. Prados no quiere que se hable de su hija como si fuera un “ser de luz”, ni que a ella la pongan en el lugar de madre heroica.
“Mi hija no es un ser de luz, no me ha hecho mejor persona y yo no soy una heroína”, plantea. Su mirada busca quitarle solemnidad al tema, pero también evitar una versión edulcorada del autismo.
Hoy Jone tiene 15 años. Le gusta cocinar, escuchar música, nadar y hacer algunas actividades cotidianas con autonomía, como pasear al perro o comprar el pan en una panadería cercana. Su madre celebra esos avances, pero sin ocultar el cansancio, el miedo ni la incertidumbre.
También habla de la soledad que atraviesan muchas familias. En la etapa escolar, dice, los los apoyos escolares y terapéuticos no siempre llegan y muchas veces todo depende de las personas que se cruzan en el camino. A medida que los chicos crecen, aparecen nuevos desafíos: la educación obligatoria termina, los recorridos posibles se vuelven menos claros y las familias vuelven a quedar frente a un sistema que no siempre ofrece respuestas.
Por eso decidió publicar su historia. No para presentar a su hija como ejemplo de todo el autismo, sino para mostrar una experiencia que todavía suele quedar oculta: la de una maternidad atravesada por la discapacidad, con amor, contradicciones, humor, agotamiento y pocas certezas.
Fuente: www.clarin.com



