Aurore Gagnon: la trágica historia de la niña que cambió la mirada sobre el maltrato infantil


Cuando Aurore Gagnon murió el 12 de febrero de 1920, tenía apenas diez años y un cuerpo marcado por meses de abuso. Vecinos, familiares, médicos e incluso autoridades habían visto señales de que algo no estaba bien, pero la niña seguía viviendo en la misma casa hasta que no pudo más.

Aurore nació en mayo de 1909 en Santa Filomena de Fortierville, una pequeña localidad rural de Quebec, Canadá. Era la segunda de los cinco hijos de Télésphore Gagnon y Marie Anne Caron, una familia campesina que llevaba una vida modesta y tranquila hasta que la tuberculosis golpeó el hogar.

En 1916, su madre enfermó gravemente y tuvo que ser internada, dejando a Télésphore a cargo de la granja familiar y cinco niños. Fue entonces cuando apareció Marie Anne Houde, una viuda que se instaló en la casa para ayudar con las tareas domésticas y el cuidado de los niños.

Sin embargo, su llegada estuvo acompañada por rumores que circulaban hacía tiempo entre los vecinos. Algunos recordaban que sus dos hijas habían muerto en circunstancias extrañas y decían que la muerte la perseguía.

Parecía cierto, las tragedias no tardaron en acumularse. En noviembre de 1917 murió Joseph, el menor de los hermanos Gagnon, y pocos meses después falleció la madre de Aurore. Apenas nueve días más tarde Télésphore volvió a casarse con Houde, una decisión que despertó comentarios en todo el pueblo.

La inquietud creció cuando otra de las hijas de la familia murió también en circunstancias poco claras y, aunque nunca se probó ninguna responsabilidad, las sospechas siguieron creciendo alrededor del nuevo matrimonio.

Los niños que quedaban se fueron a vivir un tiempo a la granja de sus abuelos y cuando regresaron definitivamente a la casa familiar en 1919, la violencia comenzó a concentrarse sobre Aurore. Sus maestros notaron que faltaba cada vez más a clases, algo extraño en una alumna inteligente y aplicada.

Esa ausencia se debía a que su madrastra no quería que se vieran las heridas de su cuerpo. Los golpes se volvieron frecuentes, al igual que los castigos y aislamientos. Según distintos testigos, Houde incluso intentó envenenarla con detergente líquido mientras convencía a quienes la rodeaban de que la niña era problemática y necesitaba disciplina.

Las marcas eran tan evidentes que un juez de paz llegó a examinar a Aurore después de recibir alertas de vecinos y comprobó que presentaba golpes e infecciones. También intentó hablar con ella en privado, pero la encontró aterrorizada y demasiado asustada para acusar directamente a su padre o madrastra.

Con el paso de los meses, las agresiones se volvieron cada vez más graves. Una prima vio como Houde la golpeaba, varios vecinos presenciaron castigos, y una tía encontró a la niña cubierta de moretones poco después de que saliera del hospital, donde había permanecido internada por una infección provocada por una quemadura hecha por un atizador candente.

El 9 de febrero de 1920, una vecina encontró a Aurore cubierta de golpes, cortes y úlceras. La niña le contó que dormía sobre un montón de paja en el suelo de una habitación. Tres días después, Marie Anne Houde intentó despertarla y descubrió que ya no reaccionaba. Cuando llegó el médico, la encontró en un coma profundo. Murió esa misma tarde.

La autopsia reveló la magnitud del horror. El cuerpo presentaba alrededor de 54 heridas, muchas de ellas infectadas. Tenía lesiones antiguas y recientes, el cuero cabelludo cubierto de sangre y pus secos, y daños visibles en distintas partes del cuerpo.

Los médicos concluyeron que había muerto por agotamiento y septicemia provocados por las infecciones derivadas de los maltratos sufridos durante meses.

En pleno funeral, Télésphore Gagnon y Marie Anne Houde fueron detenidos. Durante los juicios, numerosos testigos describieron la violencia que habían visto dentro de la casa. Houde fue declarada culpable de asesinato y condenada a muerte, aunque la pena fue conmutada por cadena perpetua.

Télésphore, por su parte, fue hallado culpable de homicidio involuntario y sentenciado a prisión perpetua, aunque recuperó la libertad apenas cinco años después por buen comportamiento.

La conmoción provocada por el caso fue enorme. La historia de Aurore inspiró obras de teatro, películas y libro que la transformaron en figura completamente arraigada en la memoria de Quebec.

Su nombre sobrevivió al paso del tiempo porque aquel crimen brutal arrastraba una cadena de advertencias ignoradas y oportunidades perdidas que desencadenaron en tragedia. Por eso, Aurore Gagnon sigue siendo recordada como una de las víctimas más emblemáticas de la historia canadiense.

Fuente: www.clarin.com

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