El último acorde de un hombre que eligió el amor

San Pedro de Jujuy despidió a uno de sus hijos más humildes y talentosos: Luisito Rebollo. Se fue el hombre, pero quedó la magia de su teclado flotando en el aire de ese barrio Belgrano que lo vio crecer, trabajar y soñar.

La infancia de Luis no fue de juegos, sino de responsabilidades. Fue canillita, lustrabotas, panadero peluquero, albañil y zapatero. Aprendió siete oficios para sostener a su familia, forjando un carácter de hierro que, sin embargo, guardaba una sensibilidad infinita. A los 19 años, el destino le cambió la moto que quería comprar por un acordeón, y con él, descubrió que su verdadera vocación era traducir el mundo en melodías.

Desde los escenarios de los años ‘60 con “Los Viker”, pasando por el ritmo tropical de “Los Ballenatos Imperiales” hasta la nostalgia de “Los Vagabundos”, Luis Rebollo recorrió caminos y corazones. Compartió escenarios con grandes como Leo Dan, Los Iracundos, Tormenta, pero su mayor triunfo no fue el aplauso del público, sino una decisión tomada en el silencio de una noche de desvelo.

Cuando la fama lo llamó a través de Los Laikas para girar por el mundo, Luis Rebollo puso todo en una balanza. De un lado, el sueño dorado de la música; del otro, su esposa Rogelia y sus hijos. Eligió quedarse. Prefirió ser el zapatero amigo y el padre presente antes que la estrella lejana. Esa fue su mejor composición: su familia. Hacia el pentagrama del cielo. El telón del escenario de la vida, bajó para siempre para Luisito Rebollo, tradicionalista, defensor de nuestra identidad y maestro de la mansedumbre. Se llevó consigo sus temas inéditos, algunos de los cuales alcanzó a grabar en su casa, pero nos dejó un testimonio de vida que vale más que cualquier grabación profesional: la certeza de que el arte solo es verdadero cuando nace de la humildad y se entrega con amor.

Los duendes musiqueros están de luto, pero el cielo de San Pedro suena mejor que nunca y muchos artistas agradecieron en silencio al maestro Luis Rebollo, por enseñar que la música más hermosa es la que se toca con el alma y se vive con los pies en la tierra. Aunque su partida deja un profundo vacío en la historia y la cultura de San Pedro, su legado, sin embargo, permanecerá vivo en cada melodía que compartió, en cada acorde que supo transformar en emoción, porque deja en el pentagrama musical un derrotero de magia y talento que todos supimos disfrutar. Su vida fue testimonio de esfuerzo, humildad y pasión por la música. Y así será recordado, con gratitud y respeto, como un verdadero artista de este verde solar.

Luis Rebollo, nació en San Pedro de Jujuy el 25 de julio de 1941, fueron sus padres Luis Rebollo Corrales y Angélica Alcozer. Fue un hombre humilde que desde muy joven conoció el sacrificio y el trabajo. En una entrevista con la revista cultural Grito Verde relató que realizó sus estudios primarios en la escuela Domingo Teófilo Pérez. “Fue una época difícil. No pude seguir estudiando. Siendo el hermano mayor tuve que asumir una gran responsabilidad para poder ayudar a mi familia. Mi infancia fue muy dura, trabajé incansablemente. Entre muchas otras actividades fui canillita, vendía diarios y revistas, también fui lustrabotas. Trabajé en el matadero municipal, que estaba donde se edificó la escuela N° 203 ‘S.S.Juan XXIII’, con don Machaca, en la fidelería de Am. Nunca tuve ratos de ocio. Así aprendí siete oficios, entre ellos la albañilería, mimbrería, zapatería y peluquería. A los 17 años salía con mi valijita de peluquero y en bicicleta iba a los lotes para cortar el pelo a domicilio”.

A los diecinueve años descubrió, casi sin querer, que la música le gustaba. “Recuerdo que había ahorrado una importante cantidad de dinero para comprar una moto en un negocio ubicado frente a plaza Belgrano. Cuando me dirigía allí presencié un accidente que me impresionó de tal manera que no quise saber nada más del asunto. Fui a dar una vuelta por el centro y en la vidriera de bazar El Mundo vi un acordeoncito. Me detuve y pensé que no sería complicado aprender a tocar ese instrumento. Lo compré y con mucha paciencia y constancia fui aprendiendo a ejecutarlo. Recuerdo que con las teclas blancas pude sacar el tema “Adelita”, prosiguió en su relato.

En ese tiempo se aficionó al boxeo. Fue una linda experiencia que duró poco más de dos años. Continuó con la música y fue comprando de a poco, equipos de audio que utilizaba en la animación de las fiestas familiares y otros instrumentos; así me perfeccioné en la ejecución de los mismos. Se casó a los 22 años con Rogelia Albina Castillo, tuvieron dos hijos Luis Alfredo y Miguel Eduardo.

Trayectoria artística

A principios de la década del ‘60, formó su primera orquesta llamada “Los Viker”. El repertorio se componía de una variada selección en tangos, folclore y música internacional. “Cuatro años después formé otro conjunto: Los Ballenatos Imperiales, hacíamos ritmo tropical colombiano que estaba de moda, por aquel tiempo En el ‘68 nació un nuevo conjunto “Los Vagabundos”, tocábamos al estilo de Los Iracundos, además, música internacional.

Tuve la oportunidad de recorrer la provincia, otras vecinas y fuera del país. Era el director y representante de la orquesta. Acompañamos a artistas de renombre como Tormenta, Leo Dan, Los Iracundos, y otros. Fue una época maravillosa, en casi 20 años realizamos innumerables giras, la música me dio muchas satisfacciones, pero todo lo que ganaba lo invertía en instrumentos, en traslados, además estaba mi familia. Por esto decidí dejar la música y me dediqué a ella. Gracias a Dios pude brindarle más atención y mejorar mi casa. En dos años de trabajo logré lo que no pude en veinte”, refería Luis Rebollo.

 

Fuente: eltribunodejujuy.com

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