A 60 años del crimen del sindicalista Rosendo García: el día en que dos patotas gremiales sembraron la muerte en Avellaneda

Se están cumpliendo seis décadas desde que grupos sindicales peronistas de tendencias enfrentadas se cruzaron trompadas, tiros y muertes en la pizzería y confitería La Real, del centro de Avellaneda, populoso suburbio sureño, una de las cunas del justicialismo histórico. Todo pasó el 13 de mayo de 1966, durante el gobierno del radical Arturo Illia, con un cóctel dantesco.

Una presión gremial sin treguas, expresada desde tiempo atrás en un violento Plan de Lucha, con el peronismo proscripto, Perón exiliado, la tentación golpista clásica de los cuarteles al acecho, y la influyente sombra en expansión del secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, Augusto Timoteo “El Lobo” Vandor, dirigente que incubaría una leyenda negra a su alrededor, presente en ese tiroteo salvaje y señalado por el periodista y luego militante montonero Rodolfo Walsh, en su investigación “¿Quién Mató a Rosendo?”, por Rosendo García, adjunto de Vandor en la conducción nacional del gremio, entonces uno de los sindicatos más poderosos de la Argentina industrial que había articulado el primer peronismo.

Además, Rosendo era jefe de la poderosa seccional de Avellaneda, y tenía cada vez más notorias diferencias con su compañero de ruta gremial en torno al papel de Juan Perón en la vida política argentina y en el sindicalismo en particular.

En su libro “Puerta de Hierro”, una recopilación de documentos y encuentro secretos del jefe peronista en su mítico chalet de las afueras de la capital española, el ex diplomático menemista y actual investigador Juan Bautista Yofre, cuenta que el sindicalista metalúrgico José Notaro le haría saber que una noche, en la sede la UOM, el tema del Plan de Lucha “surgió casi en broma”, en una charla rutinaria y que él mismo propuso “tomar fábricas y capturar rehenes …para cambiar un poco” las formas opositoras del peronismo, huérfano en el país de conducción política. En ese cónclave estaban Vandor y Rosendo García.

Augusto Timoteo Vandor.

Notaro empezaría a tomar nota de todos los puntos que se hablaban y al cabo de unos minutos tenía dos páginas escritas, punto por punto: era el borrador del Plan de Lucha. En enero de 1964, luego de poner al tanto a José Alonso, titular del gremio del Vestio y secretario general de la CGT, se pasaría a la acción, con 11.000 establecimientos tomados y unos tres millones de trabajadores movilizados, con demandas de mejoras salariales y de condiciones de trabajo, además de un objetivo político “no negociable”, como era el fin de la proscripción de Perón y su regreso al país.

Gradualmente, el gobierno de Illia sufriría un proceso de desgaste, agravado por el zumbido de un malestar social nutrido en usinas golpistas que ridiculizaban la imagen presidencial, de lo cual las guarniciones militares de todo el país ya habían tomado nota.

“El Lobo” Vandor sería el dirigente más notorio que, años atrás, había impulsado un frustrado regreso al país de Perón, entonces de 69 años y buena salud: el General sería interceptado por las autoridades brasileñas en la última escala en Río de Janeiro, a menos de cuatro horas de Buenos Aires, por pedido especial de Illia a las autoridades del país vecino, quienes de inmediato pondrían al caudillo justicialista en vuelo de regreso a España.

En esas circunstancias, Vandor empezaría a tejer una idea en las catacumbas del peronismo, según la cual “a la conducción estratégica de Perón desde Madrid hay que completarla con una conducción táctica en Buenos Aires”, que no sería otra que la suya, aunque no lo explicitara jamás de ese modo.

Así nacía la concepción política de “un peronismo sin Perón”, que traería consecuencias internas. Surgirían fisuras en el territorio sindical peronista, hasta entonces de unidad monolítica: Rosendo García, mano derecha de Vandor, pero a la vez con “tropa propia” y cierta autonomía en algunas cuestiones, era uno de esos cuadros disidentes, pero no el único.

La idea, por lo demás, no era novedosa: fuera del peronismo, ya había prendido hasta en el influyente establishment militar, como insinuaba el comunicado 150 del sector Azul del Ejército, con Onganía al frente de la facción, redactado por el abogado Mariano Grondona el 23 de septiembre de 1962, en medio del fuego cruzado en las calles porteñas con el sector Colorado de la Fuerza.

En ese texto se proponía un llamado a elecciones “… que no pongan al margen de la solución política a sectores auténticamente argentinos que, equivocada y tendenciosamente dirigidos en alguna oportunidad, pueden ser hoy honestamente incorporados a la vida constitucional.”

Astuto y ambicioso, Vandor haría trascender que, en una de sus visitas a Madrid, el propio Perón había avalado la continuidad del violento ajetreo gremial de entonces. Pese al fallido retorno del 2 de diciembre de 1964, aún se cocinaba el caldo de cultivo necesario para debilitar aún más al gobierno radical y favorecer un nuevo intento de retorno de Perón a una Argentina siempre enrarecida por las tiranteces recurrentes entre el país civil y el país belicista de las unidades militares, nidos del antiperonismo más radicalizado.

Perón no desdijo al jeque metalúrgico. Sin embargo, con todo a favor, Vandor cometería un pecado capital en el credo peronista, que pondría en jaque su estrategia de poder. Decidiría enfrentar al propio Perón, pero no lo haría con declaraciones a los medios ni con comunicados anunciantes de rupturas de estruendo, sino con la sublimación de las urnas, en las que Perón era entonces imbatible, hasta con el recurso de las boletas en blanco.

El laboratorio de ensayo serían las elecciones a gobernador en la provincia de Mendoza, a realizarse el 17 de abril de 1966, apenas un mes antes del tiroteo mortal en La Real, y en los setenta días previos al derrocamiento de Illia a manos de Onganía, entonces cabeza visible de la llamada Revolución Argentina, ya de fluidos contactos con “El Lobo” de los metalúrgicos, quien creía que su gran hora había llegado. Perón ya sabía, por los tantos correveidiles habituales en la ruta Buenos Aires-Madrid, de las ambiciones personales de Vandor. También estaba al tanto de las versiones periodísticas y de los rumores de los mentideros políticos de entonces.

Finalmente, terminaría de verificar “en campo” la inconsulta decisión del metalúrgico de ir con candidato propio a la votación mendocina. Vandor utilizaría las boletas de Unión Popular, que habían sido bandera de triunfo en las legislativas de 1962 en la provincia de Buenos Aires, involuntaria tumba política de Arturo Frondizi, quien había decidido abrir las urnas a la voluntad popular.

No hizo falta más. El “Zorro” dejaría su aparente letargo en la madriguera de Madrid y se haría notar con estrépito a través de una decisión que alborotaría gallineros gremiales y políticos, no sólo entre los peronistas. “El Lobo” tembló, pero se dejaría llevar por su instinto de fiera herida. Perón partiría al peronismo y movería a la dama de su tablero de ajedrez político.

"Tiroteo". La noticia de la muerte de Rosendo García en la tapa de Clarín.

Su tercera mujer, luego de las fallecidas Aurelia Tizón y María Eva Duarte, vendría al país como su emisaria personal para impulsar la candidatura de Ernesto Corvalán Nanclares, un peronista ya diputado en los primeros tiempos, en contra de la de Alberto Serú García, un antiguo compañero de ruta del peronismo temprano. Tanto que Perón le había ofrecido la candidatura, pero a instancias de Vandor, Serú García sorprendería con un impensado desaire al jefe exiliado.

Cebado por algunas versiones circulantes sobre un Perón desalentado y deprimido por el fracaso de su regreso en 1964, el neoperonismo de Vandor no vio venir la jugada política y cavaría su propia tumba. Las elecciones las ganaría, finalmente, Emilio Joffré, del Partido Demócrata mendocino, con el 32,32%, pero la batalla peronista sería para Perón: Corvalán Nanclares se impondría con 25,72% (segundo lugar en la general) a cómoda distancia del vandorista Serú García (cuarto, detrás del alicaído radicalismo), con 15,66%.

De ese modo, Perón, además de fulminar el brote personalista de Vandor, presentaba a la sociedad argentina a María Estela Martínez, Isabelita por nombre artístico, a quien había conocido en la ciudad de Colón, Panamá, en una noche de cabaret, en tiempos del solitario desasosiego durante los tramos iniciales y amargos del destierro.

Imposible interpretar el tiroteo de Avellaneda sin este contexto, bajo el riesgo de considerarlo un mero episodio policial, apenas un reñidero aislado y fortuito de violentos y fanáticos alcoholizados, perdidos entre los sopores de una noche en la que habían corrido generosas medidas de whisky importado (infrecuentes y carísimos en la época) en las mesas vandoristas, como contaría Walsh en su libro, editado en 1969, un relato que había surgido de una serie de ocho notas publicadas en el semanario de la CGT de los Argentinos (CGTA) a mediados de ese año.

En ese libro sobre el tiroteo de La Real, Rodolfo Walsh describiría a Rosendo García como “un simpático matón y capitalista del juego”, que tendría un meteórico ascenso bajo el escudo protector de “El Lobo”. Eran tan amigos que todos los meses se juntaban a cenar junto a sus esposas, en señal de una relación que excedía el campo gremial y político. Sin embargo, Rosendo tejería su propia historia y de a poco iría creciendo y dando señales de autonomía.

Con el tiempo, esos criterios independientes se volverían rebeldía. Y de la brava, como la de haberse negado a viajar a Mendoza para darle apoyo a la candidatura del vandorista Serú García, rival del hombre señalado por Perón para la gobernación cuyana.

Además, Rosendo mantenía su firme propósito de presentarse como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, con respaldo del gremio metalúrgico, decisión que bifurcaba aún más los caminos entre él y su compadre de andanzas sindicales: Rosendo aspiraba a que Illia se mantuviera en el poder y llamara a las elecciones de 1967, en contra del propósito de Vandor.

En la vieja sede de la UOM, Augusto Vandor digitó el poder sindical de los años ‘60.

En palabras de Walsh: “Vandor no quería elecciones, quería el golpe”. El periodista que años después abrazaría la causa guerrillera revelaría la verdadera magnitud de la tensión entre ambos la noche de la revuelta de “la Real”, al punto de haber “viajado separados a Avellaneda”.

Para enero de 1966, cuatro meses antes del tiroteo fatal, el gremio metalúrgico ya estaba dividido, con la impronta clásica de Vandor: bandos enemigos que se juraban malos presagios mutuos. Las 62 Organizaciones (rama peronista de la CGT) se paría entre la facción denominada “De Pie junto a Perón”, liderada por José Alonso (del sindicato del Vestido), con un destacado grupo de cuadros tributarios del jefe de Madrid, entre otros Lorenzo Pepe (Unión Ferroviaria), Andrés Framini (textiles), Roberto García (entonces del caucho, con los años llegaría a ser jefe de los taxistas), Ricardo De Luca (calzado), Jorge Di Pasquale (farmacias) y Amado Olmos (Sanidad).

Ese sector quedaría enfrentado al grupo vandorista de las “62 Organizaciones Leales junto a Perón”, con la mano férrea de “El Lobo”, bando que pese a su nomenclatura tomaba distancia de la conducción del General. Más aún: consumado el golpe militar del 28 de junio de 1966, Vandor se acercarían a Onganía, un católico ultramontano y antiperonista rabioso, quien asumiría mando del país bajo la figura del presidente dictador.

Ambos transformarían en postal histórica la foto en la Casa Rosada de gremialistas peronistas que celebraban a un militar golpista, vestidos de traje y corbata, atuendo elegidos, entre otros, por el propio Augusto Vandor, Rogelio Coria, Juan José Taccone, Adelino Romero, Adolfo Cavalli. Rosendo García había caído asesinado dos años antes, en La Real.

A principios de 1969, el quiebre gremial y político entre los metalúrgicos impulsado por “El Lobo” Vandor impregnaría a toda la CGT, que así se rompería definitivamente. Se consolidaba el grupo vandorista, condescendiente con la dictadura de Onganía, alejado ya de Perón, quien abiertamente estigmatizaría al dirigente metalúrgico como “traidor”, cargo que el peronismo de entonces no perdonaba. Serían conocidos como la “CGT Azopardo”, por la sede del edificio que ocupaba, bajo el control de la naciente “patria metalúrgica”.

Del otro lado surgía la “CGT de los Argentinos”, con el timón en manos del peronista Raimundo Ongaro, un gráfico de tradición combativa, oposición dura a la “Revolución Argentina”, que editaría un periódico para difundir los principios y objetivos de esa organización, cuyo director sería Rodolfo Walsh, al frente de una redacción entre quienes se desempeñaban Rogelio García Lupo, Vicky Walsh y Horacio Verbitsky.

Onganía sabría recompensar a sus amigos sindicalistas, acercados por “El Lobo” a la Casa Rosada, con la sanción de la Ley 18.610 de Obras Sociales en 1970, norma que creó el sistema de salud sindical en el país al establecer la obligatoriedad de los aportes de trabajadores y empleadores, convirtiendo a las obras sociales sindicales en las principales proveedoras de salud, a la par y por encima del sistema hospitalario de salud pública. Al sindicalismo dialoguista se le abriría así una inmensa caja política: retribución del régimen de autócratas militares al sindicalismo participacionista, que éste retribuiría con el empeño en lograr un clima de paz social, imprescindible para el régimen militar luego de la conmoción que había causado el Cordobazo el 29, 30 y 31 de mayo del año anterior.

La osadías y conductas sinuosas de Vandor, finalmente, serían condenadas por una durísima diatriba, bajo la forma de inequívoca amenaza, que viajaría por carta desde Madrid a José Alonso, de formal liderazgo de la CGT en el auge del metalúrgico Vandor, escrita en términos que aún hoy, sesenta años después, sobrecogen: “El enemigo principal es Vandor y su trenza… hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política, no se puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que ver el daño que puede hacer… Deberá haber solución y definitiva, sin consultas, como ustedes resuelven allí…”. Venía con una firma que tenía el peso de una cercana lápida: Juan Perón.

“El Lobo” Vandor sería asesinado el 30 de junio de 1969, en su despacho del cuarto piso de la sede de la UOM en la calle La Rioja 1945, Parque Patricios, por un comando de cuatro individuos provistos con una carga de trotyl por si no encontraban en el edificio al acusado de traición a Perón y al peronismo. Vandor sería acribillado cuando hablaba por teléfono con Antonio Cafiero, dirigente peronista entonces cercano a los metalúrgicos.

Trascendidos de época, y análisis de los comentaristas sindicales, pondrían de relieve la facilidad con la cual los atacantes vulnerarían los controles del búnker metalúrgico. El “Operativo Judas”, como fue bautizado, se lo adjudicaría un llamado “Ejército Nacional Revolucionario” (ENR), vinculado a la izquierda peronista, bajo el nombre de “Comando Héroe de la Resistencia Domingo Blajaquis”, nombre de uno de los caídos en la batahola de Avellaneda, en mayo de 1966.

Algunas fuentes señalarían la responsabilidad del crimen a un grupo llamado “Descamisados”, fundado en 1968 por Horacio Mendizábal y Dardo Cabo, hijo de Armando Cabo, el vandorista que había participado tres años antes el tiroteo de “La Real”. Muchos consideran a esa banda entonces en formación como parte de la prehistoria de Montoneros.

Aquella noche del 13 de mayo de hace 60 años, luego de un Congreso del Partido Justicialista en el Teatro Roma de Avellaneda, grupos de sindicalistas prolongarían los debates en la confitería La Real. Eran las 11 y media de la noche cuando en su interior dos bandas se encrespaban con hostilidades mutuas desde mesas cercanas, de las que cruzaban miradas y gestos desafiantes.

No había ambiente para las tertulias amables ni para cocinar guisos sobre desacuerdos ocasionales, como era común en esos entuertos. En unas mesas estaban sindicalistas del peronismo combativo en gestación, en donde descollaba un legendario militante de base, a quien llamaban El Griego, llamado Domingo Blajaquis, un cuadro de pasado comunista que se había convertido al peronismo en 1956 durante la Resistencia a la Libertadora, y sus fieles seguidores, a modo de escuderos, los hermanos Raimundo y Rolando Villaflor, además de Juan Zalazar, Francisco Granato, Miguel Gomar, y Francisco Alonso, entre otros.

En la vecindad del local, en el Salón Familias, se acomodaban los vandoristas, mientras el mozo que los atendió, Antonio González, debió juntar tres mesas para darles lugar a todos. Según el detallado relato de Walsh, bebían coñac y abundante escocés el propio Vandor, Rosendo García, Armando Cabo, José Petracca, Raúl Valdés, el senador Julio Sofi, Nicolás Gerardi, prosecretario del Bloque Justicialista bonaerense, Emilio Barreiro, asesor del gremio, Juan Taborda, guardaespaldas de “El Lobo” y Norberto Imbelloni, delegado de Siam Automotores, con licencia gremial, el mismo que casi dos décadas después trascendería en los bajo fondos del universo peronista por su vínculo de avería con Herminio Iglesias, caudillo de Avellaneda, conocido y admirado por su resistencia a las razzias de la Libertadora. Y quien llevaría al peronismo a punta de pistola a la primera derrota en las urnas de su historia. Según Walsh, en aquella mesa de hace seis décadas “con excepción de Imbelloni y Gerardi, todos estaban armados”. Es decir que Vandor y Rosendo también lo estaban.

De las miradas desafiantes y el desprecio gestual se pasó a las peleas a trompadas entre Raimundo Villaflor y Rosendo García, y entre Rolando Villaflor y el Beto Imbelloni, quienes en la trifulca rodarían por el suelo y seguirían dándose golpes. Fue la chispa que encendió el fuego. Pronto aquello se volvería un infierno de balas. Vandor sacó su arma. Walsh cuenta que Rosendo se puso de pie para frenar aquello, justo cuando una sola bala le partió la espalda. Lo fulminó de inmediato.

Los tiros siguieron. No fue el único caído: también caerían Blajakis, que moriría poco después, y Juan Zalazas, un militante de 38 años, casado y con cinco hijos. Según Walsh los únicos disparos habían partido de las mesas vandoristas. Con lo cual contesta el título de su libro: “¿Quién mató a Rosendo?”.

Por años habría intervención de policías, fiscales y jueces. Desfilarían en tribunales varios testigos de un lado y del otro. Imbelloni fue y vino con declaraciones judiciales cambiantes, acusando a ambos grupos mediante testimonios contradictores de sí mismo, al parecer motivado en sus equívocos por fuertes sumas de dinero negro del sindicato.

En definitiva, aquel tiroteo que aquí se evoca, más allá de cómo se había ido gestando, con el tiempo podría ser visto como una pieza objetora de la narrativa peronista de los años 70, cuya romántica épica, regada de venerados mártires, reservaba al universo de combatientes el lugar excluyente de víctimas, un resabio de la violenta represión ejercida desde los tiempos de la Libertadora.

El crimen de los tres sindicalistas en Avellaneda (1966) no había sido la obra de “gorilas vengativos”, en sus variantes de comandos civiles, militares con sed revanchista o de la represión del Plan CONINTES en tiempos democráticos de Arturo Frondizi. Había sido la primera de una larga serie de encarnizadas luchas internas que alcanzarían su clímax con los sucesos de Ezeiza, en el segundo regreso del General (1973) y en la saga de las batallas callejeras entre la Triple A de López Rega y los montoneros de Firmenich (1973-1975).

En el velatorio de Rosendo García, Vandor se dejó ver, escuchar y fotografiar delante del féretro de Rosendo, con palabras de congoja, según testigos del momento; “Yo, Vandor, Negro, ¡te lo juro!, sabés cómo sé querer yo, y yo sé cómo pensabas vos, te prometo que, si los trabajadores argentinos no ven a aparecer a los culpables en los próximos días, acá va a correr un río de sangre”. A sesenta años de aquella noche de infierno, los tres asesinatos continúan impunes. Eso sí: en seis décadas corrió demasiada sangre en la Argentina.

Fuente: www.clarin.com

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