Silvia Munné, coach para jubilados: “Nos han preparado para trabajar 40 años, pero no para vivir los 25 siguientes”

Silvia Munné lleva años acompañando a personas que atraviesan el tránsito hacia la jubilación. En ese proceso ha detectado un patrón que se repite: más que el exceso de tiempo libre, lo que paraliza es el miedo. Incertidumbre a perder identidad, a perder ingresos, a depender de otros o a convertirse en una carga.
En una sociedad que envejece más tarde y vive más años, la jubilación ya no es un epílogo, pero sigue tratándose como si lo fuera. Para Munné, el verdadero problema no es dejar de trabajar, sino no saber qué hacer con los veinte o veinticinco años que pueden venir después.
Cuando hablamos de jubilación, todavía hay una imagen muy asociada a la vejez. ¿Cómo ves a las personas que se jubilan?
Lo primero que hay que desmontar es esa imagen. Hoy una persona de 60 o 65 años no es un anciano. Puede tener perfectamente 20 o 25 años por delante con capacidad física, mental y emocional para desarrollar proyectos. Estamos envejeciendo más tarde y la vitalidad no es la misma que hace 40 años. Y, sin embargo, seguimos tratando la jubilación como si fuera la antesala del apagón.
Ese es el gran error. Porque si tú le dices a una persona que lo que viene es una especie de epílogo, se apaga. Pero si entiendes que es una etapa larga, con identidad propia, cambia completamente la mirada
Pero si entiendes que es una etapa larga. Foto: FB/silviamunnem¿Qué es lo que más le preocupa cuando se habla de jubilación?
Que no estamos preparados como sociedad. No hablo solo de las empresas o de la persona individual, hablo de un cambio de paradigma que todavía no hemos hecho. Se jubila alguien y parece que todo se resuelve con “ahora descansa”. Pero no es tan simple. La jubilación rompe rutinas, rompe dinámicas, rompe identidad. Durante 40 años has tenido una estructura clara con horarios, responsabilidades, reconocimiento, salario. Y de un día para otro eso desaparece. Te liberan del trabajo, sí, pero te dejan en un terreno que no conoces. Ahí es donde empieza el problema. Porque nadie te ha enseñado a construir lo que viene después.
Muchas personas viven la jubilación como una liberación. Viajan más, hacen planes…
Y eso puede ser maravilloso. Yo misma conozco casos de personas que se jubilan y viajan, están con los nietos, disfrutan. Pero la pregunta es: ¿eso es un proyecto de vida o es una reacción? Muchas veces funciona como una tapa. Me jubilo y viajo mucho. Perfecto. ¿Pero cuánto dura esa euforia? ¿Es sostenible? ¿Está alineado con lo que realmente quiero o es una manera de no enfrentar el vacío? Viajar puede formar parte de tu proyecto, claro que sí. Pero no sustituye una estructura. Cuando baja la intensidad, cuando vuelves a casa, el día a día puede convertirse en muy rutinario. Y si no hay hoja de ruta, aparece el vacío.
Hablas de estructura. ¿Qué ocurre cuando no la hay?
Se pierde la noción del tiempo. Si tú no diferencias un lunes de un domingo, una mañana de una tarde, el tiempo se diluye. Cuando una persona trabaja, sabe que el lunes a las ocho tiene que estar en la oficina. Ahora nadie te espera. Si no creas dinámicas propias —horarios, hábitos, objetivos—, el espacio y el tiempo se desdibujan. Y eso, cuando se vive en soledad, es peligroso. Yo lo describo a veces como una burbuja. Pero dentro de esa burbuja hay una espiral. No es romántico. Es una sensación de vacío que te va arrastrando.
Además del tiempo libre o la identidad, hay un factor que pesa mucho: el dinero. ¿Qué ocurre cuando una persona pasa de un salario alto a una pensión limitada?
Tiene un impacto enorme, y no solo en la cuenta corriente, sino en la cabeza. Hay personas que han cotizado por salarios muy altos durante años y de repente pasan a una pensión topada. Aunque tengan ahorros o inversiones, la sensación es de recorte. Y con esa sensación aparecen las preocupaciones y las preguntas: “¿Y si vivo 15 o 20 años más?”, “¿Y si necesito una residencia que cuesta 3.000 euros al mes?”, “¿Voy a poder sostenerme?”. Ese miedo no siempre tiene que ver con la realidad objetiva, sino con la percepción de seguridad.
Lo que veo en consulta es que muchas personas, incluso con patrimonio, empiezan a vivir desde la lógica de la pensión como límite. Se autoimponen una contención constante. Y desde ahí cualquier gasto se interpreta como una amenaza, incluso invertir en su propio bienestar.
Se pierde la noción del tiempo. Foto: FB/silviamunnem¿Te encuentras con personas que tienen recursos, pero viven como si no los tuvieran?
Muchísimo. Me encuentro con personas que podrían permitirse un proceso de acompañamiento, pero lo viven como un gasto que reduce su colchón. No lo ven como una inversión en calidad de vida o en proyecto. Y a veces estamos construyendo algo que incluso podría generar ingresos o autonomía. Pero el recelo a gastar pesa más que la posibilidad de crecer. Es curioso porque lo que les está bloqueando ahora es lo que podría liberarles después.
Más allá del dinero en sí, ¿también aparece el miedo a perder autonomía?
Sí, totalmente. El dinero es la superficie, pero debajo está el temor a depender. A dejar de decidir. A que tu vida empiece a organizarse en función de lo que otros digan o de lo que otros puedan sostener por ti. Muchas personas no tienen tanta aprensión a vivir con menos, sino a no poderse sostener solas. A necesitar ayuda constante. A convertirse en una carga para sus hijos y a no poder elegir dónde viven, qué hacen, cómo organizan su día.
Y ahí es donde aparece la residencia como símbolo. No es solo el coste económico, que también. Es lo que representa: perder esa autonomía. Perder su casa, espacio y ritmo. Que la agenda dependa de otros. Por eso el temor es tan fuerte. Y cuando no se trabaja, condiciona el presente. Personas que podrían disfrutar más, invertir en sí mismas, construir proyectos, se frenan pensando en ese escenario futuro. Viven en previsión constante de lo peor.
Has sido muy crítica con el modelo de residencias
Porque muchas personas viven con la presión constante a acabar en una. Y además perciben que son caras y poco humanizadas. Esa sensación condiciona el presente. No gastan, no disfrutan, no se permiten cosas por si “mañana”. Y eso es vivir en previsión constante del peor escenario.
¿La jubilación también remueve las relaciones de pareja?
Sí. Porque desaparece la estructura que sostenía muchas dinámicas. Hay parejas que funcionaban bien porque cada uno tenía su espacio laboral. Cuando eso desaparece, se enfrentan a una convivencia distinta. Muchas mujeres sienten que quieren libertad. Muchos hombres no saben gestionar ese nuevo equilibrio. Y la dependencia económica ha sostenido muchas relaciones. La jubilación es un espejo. Te obliga a preguntarte si estás donde quieres estar.
Parte de su trabajo es acompañar a personas que afrontan la jubilación con dudas sobre identidad, autonomía y futuro
Se autoimponen una contención constante. Foto: FB/silviamunnemCada vez vemos más rupturas justo cuando termina la etapa laboral. Y en muchos casos son mujeres las que dan el paso. ¿Qué está ocurriendo en ese momento vital?
Lo que ocurre es que desaparece la estructura que durante años ha sostenido la relación. Mientras hay trabajo, horarios, hijos y responsabilidades externas, muchas dinámicas quedan en segundo plano. No se cuestionan porque “no toca”, porque hay otras prioridades. Pero cuando termina la etapa laboral, el tiempo se expande y aparece la verdad de la convivencia. En muchos casos son mujeres las que dan el paso porque han sostenido gran parte del engranaje familiar. Han trabajado fuera o dentro de casa, han cuidado, han organizado y, en ocasiones, han postergado deseos propios por estabilidad o por economía. Cuando miran hacia delante y se plantean los próximos 20 años, la pregunta es inevitable: “¿Quiero seguir así?”.
También influye la autonomía económica. Durante mucho tiempo, la dependencia financiera frenó muchas decisiones. Si ahora sienten que pueden sostenerse o que ya no quieren seguir posponiendo su libertad, toman una decisión que quizá llevaba años gestándose. El final de la etapa laboral actúa como espejo. Obliga a convivir más horas, a compartir más espacio, a redescubrir quién tienes delante y quién eres tú. A veces ese redescubrimiento fortalece la relación. Otras veces la cuestiona. No es que esta etapa rompa parejas; es que elimina las inercias que las mantenían en pie.
Muchas personas asumen que, al jubilarse, toca cuidar nietos y estar disponibles para la familia. ¿Dónde queda el espacio propio?
Ahí es donde tenemos que revisar el paradigma. Durante 30 o 40 años muchas personas han estado entregadas al trabajo, a la economía familiar, a la crianza. Han cumplido con todo. Y cuando llega este momento, casi de manera automática, asumen que ahora toca cuidar nietos, estar disponibles, cubrir huecos.
Si eso nace del deseo, es maravilloso. El problema es cuando nace de la inercia o de la expectativa social. Cuando ni siquiera se plantea la pregunta de “¿qué quiero yo?”. La jubilación no debería ser una nueva etapa de renuncia. Debería ser un momento de elección. Y elegir no es abandonar a la familia, es equilibrar. Es entender que ayudar no significa anularte. Que puedes querer a tus nietos y, al mismo tiempo, querer estudiar, viajar, emprender, aprender algo nuevo o simplemente dedicarte tiempo.
Lo que observo es que muchas personas no se permiten ese espacio propio porque sienten culpa. Como si priorizarse fuera egoísmo negativo. Y yo hablo de un egoísmo sano, que es necesario. Amor propio, límites claros, responsabilidad individual. Si tú no te eliges en esta etapa, vuelves a postergarte. Y la pregunta es: ¿hasta cuándo? Por eso insisto tanto en construir un proyecto propio. La familia puede formar parte, pero no puede ser el único eje.
No es solo el coste económico, que también. Foto: FB/silviamunnemTambién están los casos de jubilados que organizan su vida alrededor del médico
Sí. El médico es necesario, pero no puede ser el eje de tu identidad. Veo agendas construidas en torno a citas médicas. Si no hay cita, parece que no hay estructura. Integras la salud en tu vida, pero no construyes tu vida alrededor de la enfermedad. Delegar toda la responsabilidad en el médico es una forma de renunciar a tu propia capacidad de decisión. Y cuando la cita médica se convierte en el único hito de la semana, el problema ya no es sanitario, es existencial.
¿Dónde está la mayor responsabilidad?
La responsabilidad última es individual, pero la sociedad no ha hecho un trabajo preventivo. No existen suficientes espacios públicos que acompañen este proceso. Y luego lo pagamos en forma de más medicación, más soledad y más deterioro emocional. Hemos preparado a la gente para trabajar 40 años, pero no para vivir los 25 siguientes.
Si dependiera de ti, ¿Qué cambiarías para que esta etapa dejara de vivirse con tanto miedo?
Introduciría prevención real. No esperar a que la persona esté ya jubilada y desorientada. Igual que se planifica la carrera profesional, debería planificarse la transición hacia la jubilación. Y eso no puede recaer solo en iniciativas privadas.
Necesitamos espacios públicos de acompañamiento, información sobre el impacto económico, educación emocional y financiera antes de llegar al momento crítico. Porque lo que no se trabaja antes, luego se paga en forma de soledad, medicación y deterioro.
También cambiaría la narrativa social. Dejar de tratar la jubilación como una retirada y empezar a verla como una etapa con identidad propia. Estamos desaprovechando talento, experiencia y capacidad. No se trata de obligar a nadie a seguir produciendo, sino de facilitar que quien quiera pueda seguir aportando, creando, aprendiendo. Y, finalmente, fomentar la responsabilidad individual. No podemos delegar toda nuestra vida en el sistema, ni en el médico, ni en la familia. El cambio también empieza en cada persona.
También están los casos de jubilados que organizan su vida alrededor del médico. Foto: FB/silviamunnem¿Qué le dirías a alguien que está a cinco años de jubilarse?
Que no espere al último día para preguntarse quién quiere ser cuando deje de trabajar. Que empiece ahora a construir intereses propios, redes sociales y proyectos. Que observe cómo quiere organizar su tiempo cuando ya no tenga una estructura impuesta y que revise su situación económica con realismo, sin miedo pero sin autoengaños.
Y, sobre todo, que no vea la jubilación como un final, sino como una etapa larga. Si tienes 60 años, puedes tener 20 por delante. Eso no es un epílogo. Eso es una vida entera. Si te anticipas, no llegas con incertidumbre. Llegas con proyecto.
Fuente: www.clarin.com



