Proverbio vikingo: “El hombre sensato no presume de sabio. Anda con tiento y con tacto. Callado y cauto acude a la aldea evitando enredos. No le falla su aliado más fiel: la cordura que le acompaña”


Un proverbio vikingo describe al hombre sensato de una manera bastante concreta: no como aquel que demuestra permanentemente cuánto sabe, sino como quien llega a un lugar, observa lo que ocurre y evita hablar o actuar antes de tiempo.
La frase pone en escena algo cotidiano incluso fuera de la sociedad nórdica: entrar en un ambiente desconocido sin conocer todavía a las personas, sus relaciones ni los conflictos que existen entre ellas.
En ese escenario, mostrarse inteligente no consiste necesariamente en tener una respuesta preparada. La sabiduría vikinga sobre la prudencia colocaba también el valor en saber cuándo convenía permanecer callado.
Proverbio vikingo: “El hombre sensato no presume de sabio. Anda con tiento y con tacto. Callado y cauto acude a la aldea evitando enredos. No le falla su aliado más fiel: la cordura que le acompaña”
La frase presenta primero una característica llamativa: el hombre considerado sensato no necesita anunciar que lo es. Su comportamiento aparece antes que cualquier demostración de conocimiento.
Anda “con tiento y con tacto”, dos expresiones que llevan la enseñanza hacia la conducta. Antes de intervenir, mira dónde está, quiénes lo rodean y qué puede ocurrir si se mete en un asunto que todavía no comprende.
La aldea tampoco es un detalle menor. Para un viajero que llegaba a un asentamiento desconocido, encontrarse con personas cuyos vínculos, disputas y jerarquías ignoraba exigía cierta capacidad para leer el ambiente.
Hablar demasiado pronto podía significar revelar información propia, tomar partido en un conflicto ajeno o provocar a alguien sin siquiera advertirlo.
Por eso el verso presenta a la cordura como un “aliado”. No es una cualidad abstracta: funciona como una herramienta que acompaña a la persona cuando todavía no dispone de toda la información necesaria.
Las enseñanzas nórdicas reunidas en textos como el Hávamál prestan mucha atención a lo que ocurre alrededor de una mesa, durante un viaje o cuando alguien entra como huésped en una casa.
Son escenas en las que una persona debe relacionarse con otros sin controlar completamente la situación. Allí aparecen consejos sobre cuánto beber, cómo tratar a un anfitrión, cuándo marcharse y qué conviene decir.
Una de las preocupaciones que se repite es precisamente el exceso de confianza. Quien habla sin medir sus palabras puede terminar mostrando más de lo que pretendía o entrando en una discusión que podría haber evitado.
La situación puede trasladarse fácilmente fuera de una aldea medieval. Una reunión de trabajo, una comida familiar o una discusión entre amigos también pueden presentar el mismo dilema.
Alguien escucha una afirmación que considera equivocada y puede corregirla inmediatamente. Otra opción es esperar, entender de qué se está hablando y decidir si realmente vale la pena intervenir.
El proverbio tampoco recomienda quedarse callado frente a cualquier situación. El propio Hávamál valora saber preguntar y responder cuando corresponde.
Lo que critica es otra cosa: la necesidad de mostrarse sabio delante de los demás
Esa diferencia aparece varias veces en el poema. Una de sus estrofas señala que quien nunca calla termina diciendo muchas insensateces y que una lengua sin freno puede terminar perjudicando a quien habla.
Otra advierte que una persona puede parecer sabia mientras nadie le haga preguntas difíciles.
En ese sentido, el verdadero problema aparece cuando debe demostrar aquello que aseguraba conocer.
Fuente: www.clarin.com



