María García, 30 años, dejó Oviedo para vivir en una casa aislada en el monte: “Todo lo que había en la ciudad me parecía que estaba vacío”

El bosque, el silencio y los pájaros son los compañeros de trabajo de María García. A sus 30 años, su vida transcurre lejos del ruido de la ciudad en una casa aislada en medio del monte cerca de Oviedo, donde el tiempo avanza a otro ritmo y cada día empieza con el sonido de las ramas. “No la buscaba, siempre digo que la casa me encontró a mí”, asegura en una conversación con La Vanguardia. Allí no hay vecinos ni tráfico, solo un camino que se pierde entre ramas y hierbas. Hace más de seis años que esta joven decidió cambiar su vida y mudarse a vivir en medio del monte y dedicarse a restaurar una casa que estaba en ruinas.
La historia entre María y su casa comenzó en 2020, en pleno confinamiento por la pandemia del coronavirus. Entonces vivía y trabajaba en Oviedo, pero se trasladó al pueblo, donde vivía su madre, para confinarse junto a su hermana. “Tenía una vida muy de ciudad y no tenía nada que ver con un pueblo ni con la gente de aquí”, explica. Aquellos meses le permitieron conocer mejor el pueblo, el bosque y los terrenos de alrededor. Y aunque ya conocía esa casa de antes, cuando volvió a verla, “algo en mí sintió una ilusión muy grande de estar encontrando un hogar sin buscarlo”.
Cuando llegó, el terreno estaba lleno de zarzas y ni siquiera se veía la puerta. “Empecé a limpiar todo, incluso encontré que tenía un lavadero con un manantial propio. Aluciné porque, si lo buscas, no lo encuentras, aunque yo la quería desde el principio sin saberlo”, cuenta. Cuando por fin consiguió entrar y ver el interior, no dudó: llamó al propietario y le dijo que quería comprarla. Finalmente, la adquirió por 6.000 euros. “Le ofrecí un millón de pesetas, que me parecía una cifra muy simbólica y respetable porque había que invertir mucho en la rehabilitación”, explica. En septiembre del 2020, se oficializó la venta y se convirtió en propietaria.
En ese momento, la casa no tenía ni agua ni luz. El primer obstáculo fue la electricidad. Desde la compañía le dijeron que adaptar la instalación costaría unos 12.000 euros, una cantidad inasumible para ella. Tras barajar varias opciones, optó por instalar una placa solar. “Me da para vivir, pero no para conectar ni lavadora ni nevera. Es muy básica: solo para cargar el móvil, el ordenador o usar la batidora”, explica.
Vivir sola en el monte sin vecinos cerca le daba cierto respeto al principio, pero con el tiempo fue sintiendo que ese lugar era su hogar. Durante los primeros meses, cuando aún no tenía electricidad, organizaba su día en función de la luz natural. “Empecé a vivir y poco a poco fui descubriendo todo. No me forcé a nada, siempre dije que la primera cosa de mi lista era no agobiarme, pero quería vivir toda la experiencia desde el principio”, explica. Mientras rehabilitaba la casa, también sentía que iba reconstruyendo otra cosa: su propia forma de vivir. “Quería disfrutar completamente del proceso”.
A pesar de los avances, todavía no ha conseguido instalar un baño. Y después de años haciéndolo todo por su cuenta, ha asumido que algunas cosas tendrá que delegarlas. “Había muchas cosas que ocupaban mucho espacio en mi mente porque no sabía cómo hacerlas y me creaban inseguridad”, confiesa.
Aunque vive aislada, el pueblo donde reside su madre está a solo cinco minutos en coche. Captura YouTubeAunque vive aislada, el pueblo donde reside su madre está a solo cinco minutos en coche. Allí puede ducharse en invierno o cargar aparatos electrónicos cuando se agota la batería, ya que depende de la meteorología para que funcionen las placas.
En esta casa solitaria rodeada de naturaleza, ha construido una rutina sencilla y tranquila. Cuando decidió trasladarse, recibió el apoyo total de su familia. “Confían ciegamente en que lo que hago lo afronto con seguridad y certeza y que no me estoy metiendo en un lío del que me tendrán que salvar y que no es un capricho”, añade. Entre sus amigos, en cambio, las reacciones fueron más diversas. “La gente de la ciudad no lo entendía. Veían que tenía proyección en mi trabajo, que me iban a ofrecer un contrato indefinido y que estaba renunciando a una gran oportunidad”.
Sin embargo, para ella las prioridades habían cambiado: “El dinero no me daba la felicidad, sino el poder estar aquí y aprender qué es un manzano o un ciruelo, que después pueda hacer mermelada con los frutos. Aquí he descubierto la esencia de la vida”.
Aquí he descubierto la esencia de la vida. Captura YouTubeAdemás, destaca una ventaja inesperada de su nueva rutina: “No hay forma de gastar el dinero”. Los trabajos de la casa corren de su cuenta y casi todo es reciclado, lo que reduce mucho el coste de la reforma. Pese a que inicialmente se planteó combinar la rehabilitación de la casa con el trabajo en la ciudad, se dio cuenta de que “era inviable, y pensé que me metía a tope o no podía sostener esta película”. Porque aunque el acceso al terreno lo tiene que hacer en coche, para llegar a la casa tiene que caminar casi 1 kilómetro porque no hay acceso directo, y eso complicaba más salir a trabajar cada día.
Ese distanciamiento ha provocado que haya perdido amistades. “Cambié mi vida y de repente todo lo que había en la ciudad me empezó a parecer que estaba vacío. Todo era una rutina de ir a trabajar, salir con amigos y así todos los días. Con eso también era feliz, pero ya no me encajaba del todo”. Aunque para muchos era una locura, “sentía que estaba asentando mi vida desde lo simple”.
Hace unos años, María instaló un taller de artesanía en casa y se dedica a hacer joyas, que vende por internet. Captura YouTubeHace unos años, María instaló un taller de artesanía en casa y se dedica a hacer joyas, que vende por internet o en pequeñas ferias locales. Sin embargo, este año ha decidido parar esta actividad y centrarse totalmente en la obra. “Es muy difícil encontrar el equilibrio entre estar haciendo un suelo por la mañana y hacer un collar de macramé por la noche”, explica.
“Había ciertos proyectos que los estaba procrastinando y me estaban causando malestar”, añade. Otra fuente de ingresos es su canal de YouTube, donde muestra su experiencia viviendo en el campo y restaurando la casa, que arrancó durante la pandemia del covid porque “sentía que a la gente de la ciudad le faltaba ilusión y estaba tan bien aquí que pensé que era buena idea para que la gente vea que hay otras opciones para poder estar contento”.
A nivel personal, esta experiencia está suponiendo un aprendizaje constante. “Aparte de ser un hogar, para mí es como una escuela donde cada día aprendo y me supero”, reflexiona. La soledad fue uno de los mayores retos al principio: “Nunca había estado tanto tiempo sola, pero visto desde el disfrute, no pesa”, afirma. Además, María asegura que gracias a su casa “he aprendido a ser más yo sin tener en cuenta todo ajeno o externo que en otros momentos me perjudicaba”. “La gente me preguntaba que si no me daba miedo estar aquí sola, pero en vez de centrarme en lo malo, me veía en casa y decía: ¿Quién va a venir aquí?”, asegura.
María también intenta no romantizar este estilo de vida. Captura YouTube“En la ciudad tenía la idea de trabajar para pagar, y desde que llegué aquí me cambió la perspectiva y vivo mucho mejor, mucho más feliz y sé poner mucho mejor los límites porque me conozco más”, afirma.
A través de sus redes, María también intenta no romantizar este estilo de vida porque “hay días o momentos en los que pienso que no puedo más”. El futuro es incierto, pero esta joven tiene claro que “no volvería nunca a la ciudad. Mi cabeza no entiende la vida en la ciudad como algo natural. Los ritmos, los sonidos, los vecindarios… Aquí puedo hacer y deshacer a la hora que sea porque no molesto a nadie y eso es un privilegio”.
Fuente: www.clarin.com



