la historia del basquetbolista Andriy Grytsak


El último fin de semana, el sueño deportivo terminó para su equipo. Jujuy Básquet no pudo sacar adelante el quinto partido y quedó afuera. Sin embargo, en medio de la tristeza por la eliminación, quedó en primer plano otra historia: la del jugador que debió irse de su país para seguir persiguiendo sus sueños y que, en el norte argentino, encontró afecto, contención y un lugar especial.
Un camino largo: de Ucrania a Jujuy
Andriy contó que se fue de Ucrania cuando era chico. A los 7 años dejó su país y se instaló en España, donde vivió gran parte de su vida junto a su mamá. Allí creció, se formó y construyó buena parte de su carrera, aunque más tarde decidió volver a Ucrania para seguir jugando al básquet.
Ese regreso parecía una nueva etapa, pero todo cambió con el inicio del conflicto bélico. “Me tuve que ir, obviamente, para poder seguir jugando al baloncesto”, relató. Primero pasó por Roma y después siguió su carrera en Uruguay, donde jugó dos temporadas en Defensor Sporting. Más tarde, tras una lesión, compitió en el ascenso y logró subir de categoría con Atenas.
Cuando terminó esa etapa, apareció la posibilidad de llegar a Jujuy. La charla con el entrenador Guillermo Tasso fue clave. Según contó, le hablaron de un proyecto con jugadores jóvenes, con ganas de entrenar y crecer, una idea con la que se sintió identificado de inmediato. “Yo soy también de ese estilo, de ese palo. Me gusta entrenar, me gusta esforzarme todos los días, dar siempre al 100% de mí”, expresó.
La primera imagen del norte argentino
Antes de tomar la decisión, Andriy empezó a mirar desde lejos cómo era Jujuy. Su novia fue una de las primeras en contarle sobre ese destino tan al norte de Argentina. Él apenas conocía Buenos Aires, así que todo lo demás era nuevo (y muy diferente a Jujuy).
A medida que investigaba, empezó a entusiasmarse. Vio paisajes, lugares por conocer, imágenes del estadio y también de la hinchada acompañando siempre al equipo. “Empecé a mirar, vi que había cosas lindas para ir a conocer”, recordó. Esa mezcla entre desafío deportivo y curiosidad por el lugar terminó inclinando la balanza.
Y no se equivocó. Más allá del resultado deportivo, Jujuy terminó siendo mucho más que una escala en su carrera.
El dolor de perder y la obsesión por ganar
La derrota en el quinto partido dejó una marca fuerte. Andriy reconoció que el sabor fue “agridulce”, porque sentía que el equipo merecía un poco más y también que la gente se había ganado algunas alegrías extra en la temporada.
“Estuvimos luchando hasta el final y espero que eso haya quedado en los corazones y en la cabeza del pueblo”, dijo, con la sensación de haberlo dejado todo. Para él, perder duele, y no solo por este presente: viene arrastrando una exigencia personal enorme en cada equipo en el que juega.
Recordó que en Uruguay también quedó eliminado en una semifinal en un quinto partido, y que en Ucrania perdió una final. Son recuerdos que no logra soltar del todo. “Yo si no salgo como campeón, como que no lo cuento del todo”, confesó. Esa frase resume bastante de su personalidad: un jugador competitivo, exigente y convencido de que el verdadero logro está en levantar un título.
El momento en que escapó de la guerra
Uno de los tramos más impactantes de su relato tiene que ver con el inicio de la guerra en Ucrania. Andriy contó que salió del país apenas dos días antes de que comenzara todo. Estaba jugando en la capital y, en medio de una pausa de la temporada y mientras se recuperaba de una lesión, su familia le pidió que viajara para estar con ellos.
Aceptó casi sin imaginar que esa decisión le cambiaría la vida. Poco después comenzaron los llamados de amigos que le avisaban que estaban cayendo bombas y que todo había empezado. “Tuve mucha suerte”, resumió.
Mientras él lograba salir, otros no corrieron con la misma fortuna. Algunos compañeros seguían en la capital y sus abuelos y familiares también debieron atravesar una situación muy compleja, lejos de su tierra, de su rutina y de la vida que habían construido. También contó que sus primos estuvieron presentes en esos primeros momentos del conflicto, una experiencia muy dura que siguió de cerca.
El cariño de la gente, la huella más fuerte
Si hubo algo que lo atravesó especialmente en su paso por Jujuy, fue el acompañamiento del público. Andriy habló con emoción del apoyo de la gente y dejó claro que eso fue una de las cosas más valiosas que se lleva de esta etapa.
“Siempre me llevaré en mi corazón a toda esa gente que estuvo en el equipo, todos mis compañeros”, dijo. Incluso recordó que después del último partido quedó devastado, casi entre lágrimas, y que todo lo vivido lo conmovió profundamente.
También destacó que la cancha estuvo llena casi en cada presentación y que el equipo sintió ese respaldo de manera permanente. Para él, la hinchada fue una parte real del plantel. “Ellos son, al final, parte de nuestro equipo”, aseguró, al describir a ese público que acompañó como si cada noche fuera una final.
Un futuro abierto y un recuerdo imborrable
Sobre lo que viene, Andriy fue sincero: todavía no tomó una decisión. Dijo que todo terminó de forma muy repentina y que aún no sabe qué hará en los próximos meses. Entre las posibilidades, aparece la opción de volver a España, aunque también dejó abierta la puerta a seguir ligado al básquet argentino. “Me gustó mucho”, dijo sobre Jujuy.
Mientras tanto, se lleva postales bien jujeñas: una visita a las Salinas, los paisajes del norte, las tortillas, el mate y, sobre todo, el calor humano.
Su historia excede al básquet. Habla de un chico que dejó su país, que escapó de una guerra, que siguió viajando para no renunciar a su vocación y que, en una provincia lejana para su mapa original, encontró una hinchada que lo hizo sentir en casa. Y eso, aun en medio de una eliminación dolorosa, también es una victoria.
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Fuente: www.todojujuy.com



