Julia Ayuso, arquitecta: “Regar el suelo de un patio o terraza puede bajar entre 6 y 10 grados su temperatura”

Regar el suelo para refrescarlo no es un invento recién salido del horno. Mucho antes de que el aire acondicionado fuera nuestra primera respuesta frente al calor, mojar patios, aceras y entradas ya era una costumbre muy extendida.

En Japón tiene incluso un nombre propio, uchimizu, una tradición centenaria que consiste en echar agua sobre el suelo, especialmente a primera hora de la mañana o cuando empieza a caer el sol. En España la escena también resulta familiar. Pero pese a ser una práctica de toda la vida, apenas sabemos cuánto funciona realmente.

La arquitecta Julia Ayuso, especialista en sostenibilidad y que vivió durante dos años en Tokio, se interesó por esta costumbre. Al revisar los estudios disponibles, las cifras hablaron por sí solas.

“El suelo puede enfriarse entre 6 y 10 ºC, mientras que la temperatura del aire baja bastante menos, alrededor de 1,5 ºC”, asegura en diálogo con La Vanguardia.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cobra más sentido cuando se tiene en cuenta que nuestro cuerpo no percibe únicamente lo que marca el termómetro, sino también el calor que irradian el pavimento, las fachadas y el resto de superficies que nos rodean.

Aun así, Ayuso advierte de que regar no debería convertirse en una receta universal contra las altas temperaturas. Su eficacia depende mucho de las condiciones. Funciona mejor en climas secos, sobre superficies capaces de retener el agua y cuando el pavimento ya no recibe sol directo.

Julia Ayuso, arquitecta: “Regar el suelo de un patio o terraza puede bajar entre 6 y 10 grados su temperatura”

A eso se suma, en un país como España, otra cuestión importante: el consumo de agua. Por eso, la arquitecta insiste en que esta técnica debe entenderse como un complemento y no como la primera medida frente al calor. “Regar es el último gesto, no el primero”, resume.

“No sentimos únicamente la temperatura del aire, sino también el calor que irradian las superficies que nos rodean”

-¿Qué ocurre exactamente cuando mojamos una superficie caliente y hasta qué punto puede reducir la sensación térmica?

-Cuando mojas una acera caliente, el agua se convierte en vapor y, para hacerlo, tiene que robar calor. Lo toma primero del suelo, que está en contacto directo, y solo después del aire. Por eso el efecto es tan desigual: las mediciones hablan de entre 6 y 10 grados menos en el suelo, alrededor de 1,5 grados en el aire y entre uno y dos grados en temperatura percibida.

Y esto último es importante, porque cuando estamos en la calle en agosto no sentimos únicamente la temperatura del aire, sino también el calor que irradian las superficies que nos rodean.

Hay mediciones en Arizona con el aire a 48 ºC y una temperatura radiante de 76 ºC, casi treinta grados de diferencia entre lo que marca el termómetro y lo que recibe el cuerpo. El suelo es uno de los grandes emisores de ese calor y enfriarlo cambia mucho la sensación.

-¿Cuánto dura ese efecto y cuál es el mejor momento del día para regar?

-Ahí está una de sus limitaciones. En Kobe se midió durante un verano entero el riego municipal de las calzadas y, en un día soleado, el efecto duraba menos de media hora.

Se produce una paradoja: cuanto más caliente está el pavimento, más enfría el agua, pero menos dura porque se evapora antes. Por ejemplo, vaciar un cubo de diez litros sobre una terraza de diez metros cuadrados cancela aproximadamente cuarenta minutos de sol, y eso en el mejor de los casos.

En París, donde regaron una calle entera cada media hora durante toda la tarde, el asfalto se mantuvo entre 6 y 13 grados por debajo del de una calle de control. Por eso la tradición japonesa recomienda regar a primera hora o al atardecer y, preferiblemente, en zonas de sombra.

En el estudio de Delft, el mayor enfriamiento del aire se produjo precisamente en la parcela sombreada, mientras que en la más caliente, con el suelo a casi 48 ºC, el aire no se enfrió nada. Regar al mediodía no es contraproducente, pero sí bastante efímero.

-¿Funcionaría igual en una terraza, un patio o un balcón de una vivienda española?

-En un patio, muy bien; en un balcón, poco. El patio español ya es, por sí mismo, un buen dispositivo de refrigeración.

Hay seis patios de Sevilla y Córdoba monitorizados por la Universidad de Sevilla en los que el pico de temperatura llega a situarse entre 7 y 14 grados por debajo del de la calle. Pero ese resultado procede sobre todo de la geometría y de la sombra: el riego suma, pero no las sustituye.

También depende muchísimo del clima. En agosto, la humedad media está alrededor del 41 % en Madrid y del 48 % en Sevilla, mientras que alcanza aproximadamente el 68 % en Barcelona y Valencia y el 72 % en Bilbao.

El enfriamiento por evaporación necesita aire seco, así que tiene más recorrido en el interior peninsular y en el valle del Guadalquivir que en el litoral mediterráneo o en el norte, donde parte de lo que ganas en frescor puedes perderlo en sensación de bochorno.

Los materiales responden de distintas maneras a esta técnica. Foto: EFE/ Archivo

“El material no enfría por sí mismo; es el agua lo que enfría”

-¿Qué superficies responden mejor a esta técnica?

-El material no enfría por sí mismo; es el agua lo que enfría. Lo que importa es cuánto tiempo consigue mantenerla cerca de la superficie, y ahí mandan sobre todo la rugosidad y la porosidad.

En París, la acera y la calzada se regaron al mismo tiempo, con la misma cantidad de agua y bajo el mismo sol, y la acera se enfrió menos y durante menos tiempo simplemente porque su asfalto era más liso y el agua se escurría.

Un pavimento poroso o rugoso, como el barro cocido sin esmaltar, la piedra natural sin pulir o el hormigón con textura, retiene mejor el agua que una superficie lisa o esmaltada. Y la tierra y las plantas tienen todavía más efecto: en verano un pavimento duro puede superar en más de diez grados la temperatura de una superficie con hierba.

-¿Se puede conseguir que ese frescor dure más tiempo?

-Sí. En Japón llevan años utilizando pavimentos diseñados expresamente para retener agua por capilaridad en lugar de dejar que se filtre o se escurra.

Con esos materiales, el efecto no dura media hora, sino que puede mantenerse durante toda la noche regando solo de día. Es, en el fondo, la misma idea del botijo (una vasija tradicional de barro poroso diseñada para conservar y enfriar el agua potable de forma natural) aplicada a una calle.

-Con el consumo de agua que supone, ¿qué lugar debería ocupar realmente esta técnica frente al calor?

-Hay que ponerla en perspectiva. Regar puede aportar uno o dos grados menos de sensación térmica; la sombra, quince o veinte. Por tanto, las prioridades deberían ser primero la sombra de los edificios, después la de los árboles y solo en tercer lugar el tratamiento del suelo.

Además, en España el agua no es un detalle menor. Baldear de forma eficiente supone unos dos litros por metro cuadrado, así que una terraza de quince metros cuadrados necesita alrededor de treinta litros, casi una cuarta parte de lo que consume una persona al día.

El efecto de este sistema depende mucho de las condiciones del lugar. Foto: IA/Chat GPT

Por eso merece la pena utilizar agua de lluvia recogida o, por ejemplo, el agua que dejamos correr mientras esperamos a que salga caliente de la ducha. Barcelona ha aprobado además una ordenanza de aguas grises que permitirá reutilizar agua procedente de las duchas, entre otros usos, para baldear.

Paula Martínez, La Vanguardia

Fuente: www.clarin.com

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