Ganó el primer Nobel de la Paz, fundó la Cruz Roja, y terminó solo en un hospicio


El último 8 de mayo se cumplió otro aniversario del nacimiento de Jean-Henry Dunant, una figura que dejó un legado vital: impulsó la creación de sociedades de socorro en tiempos de paz, así como una trascendental convención internacional para proteger a heridos, civiles y médicos durante conflictos armados.

Mas conocido por su nombre Henry, el banquero suizo nació en 1828. Su vida atravesó los polos más opuestos que se pueden experimentar, con el sufrimiento humano como una constante.

Fue educado en el seno de una familia acomodada y profundamente religiosa de Ginebra, Suiza, pero murió humildemente en 1910, en un hospicio de su tierra natal. En su juventud trabajó en prisiones y en asociaciones de ayuda, al igual que dio sus primeros pasos en el sector empresarial. Pero también padecería la indigencia.

Como se mencionó, Dunant estuvo vinculado a actividades religiosas y sociales desde temprana edad. Llegó a trabajar para la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), lo que le permitió recorrer distintos países europeos.

A los 26 años se volcó al mundo empresarial y desarrolló proyectos como representante comercial en Sicilia y el norte de África, especialmente en Argelia y Túnez. Esos viajes dieron fruto a la publicación de sus primeros libros. Allí pueden verse sus observaciones y hasta el desarrollo de temas como la esclavitud en países musulmanes y en Estados Unidos.

Pero el episodio que cambiaría su vida ocurrió en 1859. Dunant viajó al norte de Italia con la intención de entrevistarse con Napoleón III para resolver asuntos vinculados a sus negocios. Sin embargo, al llegar cerca de la ciudad Solferino se encontró con una de las batallas más sangrientas del siglo XIX.

Impactado por la falta de asistencia médica a los soldados heridos tras los combates entre franceses, italianos y austríacos, Dunant puso sus manos en acción. Colaboró en la atención de los mismos en el pueblo de Castiglione, atravesando así una experiencia que quedó registrada en el libro Un recuerdo de Solferino.

En la obra mencionada Dunant no solo describió el horror de la guerra, sino que propuso crear sociedades de voluntarios capaces de asistir a los heridos en los campos de batalla.

La propuesta encontró eco rápidamente. En 1863, un comité integrado por Dunant y otros cuatro miembros comenzó a trabajar para convertir esa idea en una organización concreta. Así nació la Cruz Roja.

Poco después, representantes de distintos países firmaron el primer Convenio de Ginebra, que estableció la neutralidad del personal médico en tiempos de guerra y adoptó el símbolo de la cruz roja sobre fondo blanco como emblema de protección.

De esta manera, Dunant promovió las bases del derecho humanitario moderno. Así y todo, a la par padeció una desastrosa situación financiera.

Sin la atención centrada en los negocios, el suizo vio a sus empresas fracasar. Acumuló deudas y en 1867 se declaró en bancarrota. El escándalo afectó también a personas influyentes de Ginebra y terminó marginado de la sociedad en la que antes había sido tan respetado.

Durante años vivió prácticamente en la indigencia. En ocasiones apenas tenía comida, dormía al aire libre, y recurría a trucos como ennegrecer su abrigo con tinta para mantener su vestimenta, contó él mismo en los extractos de sus memorias (Extraits des mémoires).

Desapareció del centro de la escena y pasó largos períodos en soledad en el olvido. A partir de 1892 se instaló en un hospicio en el pequeño pueblo suizo de Heiden, donde ocupó una habitación a raíz de las múltiples enfermedades que sufría.

Nunca abandonó dicho lugar, ni siquiera después de haber sido redescubierto y homenajeado con el primer Premio Nobel de la Paz —junto a Frédéric Passy— en 1901. Dunant tampoco utilizó el dinero del premio para beneficio personal.

Casi una década después de recibir el galardón, murió a los 82 años, sin personas afligidas a su alrededor. Y de acuerdo a sus propios deseos fue enterrado con extrema sencillez, más específicamente “como un perro”. Aun así, su legado dejó nada menos que la asistencia neutral en medio de las guerras.

Fuente: www.clarin.com

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