Era carpintero y abandonó su trabajo para plantar 450 árboles de una fruta exótica: “Gracias a Dios resultó bien”


Durante más de veinte años, Vilson Jacó Vogel se dedicó a la carpinteria. Tenía empleo fijo, un buen sueldo y una rutina conocida. Hoy, a sus 55 años, eso quedó atrás: su vida transcurre entre plantas de pitahaya, clientes que le escriben por WhatsApp y cosechas que pueden llegar a seis toneladas por temporada.
Vilson vive en São Miguel do Oeste, una ciudad del extremo oeste del estado de Santa Catarina, en Brasil. Fue ahí donde, hace nueve años, se le ocurrió una idea que él mismo describió como modesta: plantar algunas plantas de pitahaya para sumar un ingreso adicional. Lo que empezó como un proyecto paralelo a su trabajo en una empresa local terminó por reemplazarlo por completo.
“Yo era carpintero en una empresa de la ciudad, con un buen sueldo, pero me preocupaba tener un ingreso extra. Fue ahí cuando surgió la idea de plantar pitahaya, y esa idea se convirtió en un sueño realizado”, contó en diálogo con NSC Total.
La transición no fue de un día para el otro. Fue gradual, hasta que la realidad del campo empezó a imponerse sobre la del taller. “Yo cosechaba pitahaya y los clientes venían a mi casa cuando yo no estaba. Agarraban la fruta que había sobre la mesa y dejaban el dinero. Fue ahí cuando decidí dejar el trabajo”, relató.
Hace cuatro años tomó la decisión definitiva. Abandonó la carpintería —aunque conserva el taller— y se convirtió en productor a tiempo completo. Desde entonces, sus ingresos dependen de una sola fuente.
Hoy tiene cerca de 450 plantas. La producción oscila entre cinco y seis toneladas por temporada, un período de cuatro a cinco meses que cambia según el clima. Ese factor es, a su criterio, el más difícil de controlar y el que más incide en el resultado de cada cosecha. “Mi producción varía bastante, depende del clima, pero está en ese promedio”, explicó.
La venta de la fruta combina dos canales: los mercados de São Miguel do Oeste y una red de clientes particulares que él mismo armó con el tiempo. “Logro abastecer los mercados de la ciudad y tengo buena clientela particular. Tengo clientes fijos y hasta un grupo de WhatsApp”, dijo.
En una de las temporadas más productivas, la demanda local no alcanzó para absorber todo lo que recolectó y tuvo que salir a buscar compradores en otras ciudades. “Hubo una cosecha récord y São Miguel no pudo consumir todo. Entonces negocié con una empresa de Chapecó”, recordó.
El cultivo de pitahaya en la región no está exento de desafíos. Las heladas son el principal riesgo, sobre todo en los primeros años de vida de la planta. Vilson consideró que su ubicación le da cierta ventaja frente a zonas más frías.
“El mayor cuidado es en los primeros dos años. La planta es más frágil y las heladas pueden matarla. Estoy en un lugar privilegiado. Aquí hace frío, pero hay pocas heladas. La pitahaya no se adapta bien en lugares muy fríos”, afirmó.
Uno de los cambios más notorios de los últimos años, sin embargo, no tiene que ver con el clima sino con el mercado. El precio de la pitahaya cayó de forma pronunciada a medida que más productores se sumaron al cultivo en distintas regiones del país.
“Antes era 40, 50 reales el kilo. Hoy la encontrás a 4, 5, 6 reales”, dijo. Y advirtió que la situación afecta más a quienes trabajan a mayor escala: “Quien necesita pagar empleados no va a poder sobrevivir con ese precio. Hay regiones que venden a 3,50 reales el kilo”, señaló.
Para Vilson, el cultivo sigue siendo una apuesta válida, pero con condiciones. La escala pequeña y el control directo de la venta son, a su criterio, las claves para mantenerse a flote en un mercado cada vez más competitivo. “Para el pequeño productor todavía conviene, pero hay que cuidar, hay que seguir el mercado”, reflexionó.
De la carpintería a los cactus frutales —porque eso es la pitahaya, técnicamente— el recorrido de Vilson Jacó Vogel no siguió ningún manual. Fue la suma de una inquietud económica, una fruta poco común y clientes que dejaban dinero sobre una mesa vacía. El resultado, dice él, habla por sí solo. “Gracias a Dios resultó bien”, finalizó.
Fuente: www.clarin.com



