En 1610, Galileo divisó una pequeña luna que orbitaba Júpiter y lo documentó; 400 años después, los científicos confirmaron que probablemente alberga el océano más grande del sistema solar


En enero de 1610, Galileo Galilei apuntó un pequeño telescopio hacia Júpiter y detectó varios diminutos puntos luminosos que cambiaban de posición noche tras noche. Aquellas observaciones, registradas en sus cuadernos, demostraron que no todos los cuerpos celestes giraban alrededor de la Tierra y marcaron un antes y un después en la historia de la astronomía.
Uno de aquellos puntos era Europa, una de las cuatro grandes lunas jovianas conocidas hoy como satélites galileanos. Para Galileo no era más que un pequeño objeto en movimiento, imposible de estudiar con el instrumental de la época. Sin embargo, aquel descubrimiento abrió una línea de investigación que continúa más de cuatro siglos después.
Durante siglos nadie conoció la verdadera naturaleza de Europa. La situación cambió en 1979, cuando las sondas Voyager 1 y Voyager 2 sobrevolaron el sistema joviano y enviaron imágenes sorprendentes.
Las fotografías mostraban una superficie extremadamente brillante y con muy pocos cráteres de impacto, atravesada por largas grietas y bandas oscuras. Para los científicos, aquello era una señal de que el hielo había sido renovado en tiempos relativamente recientes desde el punto de vista geológico.
Años más tarde, la sonda Galileo proporcionó una de las pruebas más importantes. Durante sus múltiples sobrevuelos detectó alteraciones en el intenso campo magnético de Júpiter alrededor de Europa. La explicación más aceptada es la existencia de una capa conductora bajo el hielo, compatible con un enorme océano de agua salada.
Las estimaciones más recientes indican que Europa está cubierta por una gruesa corteza de hielo. Durante décadas, los modelos utilizados por la NASA situaron su espesor entre 15 y 25 kilómetros, pero en 2026, gracias a nuevas mediciones de la misión Juno, los científicos estimaron que en la región analizada la capa helada tendría un espesor medio de unos 29 kilómetros, con un margen de incertidumbre de ±10 kilómetros.
Debajo de esa corteza existiría un océano global de agua salada cuya profundidad podría oscilar entre 60 y 150 kilómetros, suficiente para contener más agua que todos los océanos de la Tierra juntos.
La propia NASA considera que la evidencia de ese océano es muy sólida, aunque todavía no existe una confirmación directa mediante observaciones del agua. De confirmarse completamente, ese océano podría contener incluso más agua que todos los océanos terrestres juntos.
Algunos estudios incluso sugieren que Europa podría albergar uno de los mayores depósitos de agua líquida del Sistema Solar, aunque los investigadores recuerdan que otras lunas como Ganímedes también podrían contener volúmenes aún mayores.
Europa se encuentra en una región extremadamente fría, donde la luz solar es mucho más débil que en la Tierra. La energía que mantiene líquido su océano no procede del Sol, sino de Júpiter.
La enorme gravedad del planeta gigante estira y comprime continuamente el interior de la luna debido a su órbita ligeramente elíptica. Ese fenómeno, conocido como calentamiento por marea, genera suficiente calor interno para impedir que todo el océano se congele.
Este mecanismo también explica por qué otros satélites helados, como Encélado, también albergan océanos ocultos bajo su superficie.
Este fenómeno convierte a Europa en uno de los objetivos científicos más importantes no es únicamente la presencia de agua.
En la Tierra existen ecosistemas completos en las profundidades oceánicas que sobreviven sin recibir luz solar, alimentándose únicamente de la energía química liberada por fuentes hidrotermales del fondo marino.
Esto ha llevado a muchos investigadores a plantearse si un entorno similar podría existir bajo el hielo de Europa. Sin embargo, hasta el momento no existe ninguna evidencia de vida en esta luna.
Las grandes incógnitas siguen siendo si el océano entra en contacto con un fondo rocoso, si existen reacciones químicas capaces de aportar energía y si el intercambio entre el hielo superficial y el agua líquida ha sido suficiente para mantener un entorno potencialmente habitable durante millones de años.
Más de cuatro siglos después de que Galileo anotara aquel pequeño punto luminoso junto a Júpiter, Europa ha pasado de ser una simple luna desconocida a convertirse en uno de los lugares más prometedores para comprender si la vida puede desarrollarse en otros rincones del Sistema Solar.
Fuente: www.clarin.com



