Del traje de la peste negra a las batas blancas: la evolución de los uniformes médicos

Mucho antes de las batas blancas, los ambos en tonos pastel y los guantes de látex, los médicos podían aparecer cubiertos de cuero oscuro, con una máscara de pico que parecía salida de una película de terror y un bastón para mantener la distancia con los pacientes.

Aunque hoy esa imagen quedó asociada a la peste negra, lo cierto es que pertenece a una época posterior y responde a la idea, de ese momento, de que las enfermedades viajaban por el aire.

Con el paso de los siglos, esa teoría cayó, aparecieron nuevos descubrimientos científicos y el uniforme sanitario cambió tantas veces como la manera de entender el cuerpo humano.

Los antecedentes de una vestimenta médica aparecen mucho antes de que existiera un uniforme oficial. En el Antiguo Egipto quienes se dedicaban a curar solían vestir túnicas de lino blanco, una prenda común de la época que, además, transmitía la idea de pureza.

Algo similar ocurría en la Antigua Grecia, donde utilizaban túnicas de lana o algodón en tonos claros o sin teñir. Sin embargo, todavía no existía una ropa que permitiera distinguir a un médico del resto de la población, porque la medicina no estaba consolidada como una profesión con identidad propia.

Una curadera egipcia con sus ropajes de lino blanco. Foto: Instituto Valenciano de Egiptología

La máscara de pico nació tres siglos después de la peste negra

Si existe una imagen imposible de separar de la medicina es la del médico de la peste negra con su máscara de pico. Lo curioso es que, pese a que suele asociarse automáticamente con la Edad Media, ese traje apareció recién en el siglo XVII.

Incluso hoy, los historiadores siguen debatiendo cuánto tuvo de realidad y cuánto de representación satírica, ya que muchas representaciones fueron realizadas tiempo después y ni siquiera existen registros visuales contemporáneos a la gran peste del siglo XIV.

El responsable de ese diseño fue el médico francés Charles Delorme. Pensó un conjunto que cubría completamente el cuerpo con cuero o lona encerada, incorporó botas, guantes, un sombrero y una máscara cuya nariz alcanzaba unos quince centímetros de largo.

Lejos de ser un detalle extravagante, ese pico respondía a la teoría del miasma, según la cual las enfermedades se propagaban mediante un aire contaminado por materia de descomposición.

Para combatirlo, el interior de la máscara se llenaba con flores secas, hierbas aromáticas, canela, clavo, miel, mirra, vinagre, entre otros ingredientes, convencidos de que esas fragancias limpiarían el aire antes de llegar a los pulmones.

Traje que usaban los médicos para no contagiarse de la peste. Foto: Wikipedia

Hoy se sabe que la peste bubónica se transmitía principalmente por pulgas infectadas, fluidos contaminados o partículas respiratorias. Sin quererlo, parte del uniforme terminó funcionando porque el cuero impermeable dificultaba el contacto con esos fluidos y también impedía que muchas pulgas atravesaran la ropa. La protección, sin embargo, era mucho menor a la que ellos creían.

El bastón también cumplía un papel importante. Servía para mantener distancia con los pacientes, indicarles movimientos durante la consulta o examinarlos sin tocarlos directamente. Con el tiempo, aquella figura quedó tan ligada con la muerte que pasó a formar parte de la comedia italiana, del Carnaval de Venecia y, siglos después, de películas, videojuegos y disfraces de Halloween.

La ciencia evolucionó y los uniformes cambiaron con ella

Durante buena parte del siglo XIX los médicos seguían atendiendo pacientes con su ropa de calle. En algunos casos, sumaban un delantal para protegerse de la sangre y otros fluidos, pero el negro seguía predominando por varios motivos: transmitía seriedad, ocultaba la suciedad y acompañaba el carácter solemne de una profesión que muchas veces llegaba cuando ya había poco por hacer.

Las enfermeras recorrían un camino diferente. Sus primeros uniformes estaban inspirados en los hábitos religiosos porque durante siglos habían sido las monjas quienes cuidaban a los enfermos.

Esa imagen comenzó a transformarse gracias a Florence Nightingale, quien impulsó la profesionalización de la enfermería y diseñó una indumentaria fácilmente reconocible que buscaba transmitir autoridad, respeto y profesionalismo en un ámbito dominado por hombres.

Florence Nightingale, la precursora de la enfermería profesional. Foto: Wikipedia

Además de reorganizar la formación de las enfermeras, fundó una escuela independiente de la religión y convirtió esa tarea en una profesión con identidad propia.

Con las décadas, el uniforme fue adaptándose a las necesidades del trabajo. Se incorporaron bolsillos para transportar instrumentos, las faldas comenzaron a acortarse, desaparecieron progresivamente las cofias, llegaron los pantalones y el calzado cómodo reemplazó los tacos.

La evolución respondió también a los cambios sociales, al ingreso de los hombres a la enfermería y a una búsqueda constante por priorizar la practicidad antes que la apariencia.

Un romance dio origen a los guantes de látex

En medio de esa transformación ocurrió una historia inesperada. Caroline Hampton, una enfermera del hospital Johns Hopkins, desarrolló una fuerte dermatitis por el uso permanente de desinfectantes. El cirujano William Halsted, enamorado de ella, encargó unos guantes de trabajo mucho más finos para evitar que abandonara su trabajo.

Hampton y Halsted, el romance que creó los indispensables guantes de látex. Foto: Science History Institute

La solución terminó extendiéndose al resto del personal médico y dio origen al uso masivo de guantes en hospitales de todo el mundo. En paralelo, la historia terminó con ambos casándose.

Sin embargo, el cambio que más transformó la imagen de los médicos llegó cuando la medicina entendió finalmente cómo se propagaban las enfermedades. Las investigaciones de Louis Pasteur sobre los gérmenes y las observaciones de Ignaz Semmelweis acerca de la importancia del lavado de manos modificaron por completo las normas de higiene.

Por eso, las batas blancas comenzaron a reemplazar a la ropa negra. Cualquier mancha podía verse enseguida y eso obligaba a mantener la ropa limpia y esterilizada. El blanco también ayudó a construir una imagen alrededor de que una visita al médico no estaba asociada a la muerte, sino a una profesión respaldada por la ciencia.

Esa percepción fue tan fuerte que todavía hoy existe el llamado “sesgo de la bata blanca”, un fenómeno psicológico por el que muchas personas tienden a confiar más en alguien simplemente por verlo vestido de esa manera.

Aunque la bata blanca sigue siendo la prenda más asociada de la medicina contemporánea, dentro de un quirófano prácticamente desapareció. Sus mangas podían transportar bacterias y el reflejo de las luces sobre la tela blanca generaba fatiga visual durante las operaciones.

Imágen ilustrativa de los los ambos celestes. Foto: Archivo

Los uniformes verdes y azules resolvieron ambos problemas; reducen el deslumbramiento, mejoran el contraste con el rojo de la sangre, permiten distinguir con mayor claridad los tejidos y ayudan a descansar la vista durante procedimientos prolongados.

El verde, además, produce una sensación psicológica de calma, una característica especialmente útil en un lugar donde cada movimiento puede resultar decisivo.

Después de miles de años, la ropa médica dejó de ser una simple prenda para convertirse en una herramienta más de trabajo. Cada cambio respondió a una epidemia, a un descubrimiento científico o a una necesidad concreta dentro de los hospitales.

Fuente: www.clarin.com

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