A 50 años del crimen de Mario Abel Amaya, el defensor de presos políticos que originó el “Trelewazo”, fue candidato estando detenido y al que Alfonsín lloró

“Algún día una calle o un barrio de esta provincia llevará su nombre”, desafió Raúl Alfonsín, mientras policías de uniforme y de civil escuchaban a escasos metros del féretro que contenía los restos de Mario Abel Amaya.
El Petiso, para algunos, Abel para otros, había muerto en el hospital de la cárcel porteña de Villa Devoto el 19 de octubre de 1976, a las 22:20, según el Servicio Penitenciario. Con tono marcial, explicaron que una afección cardíaca y su cuadro de asma habían provocado el deceso. Nada decía de las torturas y el calvario que había sufrido desde su secuestro, junto a Hipólito Solari Yrigoyen, en la madrugada del 17 de agosto.
Un centenar de colegas de la docencia y el Derecho, vecinos y familiares despedían y escuchaban a ese abogado de pelo engominado que había llegado en vuelo desde el aeroparque metropolitano, junto al cajón funerario.
“Venimos a despedir a un amigo sencillo, que no sabía de vanidades; no sabía de jactancias. Un amigo valiente que no sabía de cobardías. Un amigo altruista que no conocía el egoísmo”, dijo Alfonsín en medio de ese ejercicio catártico que sufría, al ver como asesinaban impunemente a los suyos (hacía poco más de un mes, habían hallado masacrado al abogado, Sergio Karakachoff en las afueras de La Plata).
“Que a Amaya lo llore el marxismo”, fue la respuesta del principal diario del sur bonaerense, que acusaba al exdiputado de “aliarse con los delincuentes y asesinos”. “A nosotros, su muerte, las protestas radicales, las lágrimas comunistas y demás actitudes por el estilo no nos merecen el menor respeto”, concluyeron impiadosos, quienes celebraron su muerte.
En su Dolavon natal, Amaya había conocido el compromiso militante, con solo 16 años, en la campaña de Ricardo Balbín y Arturo Frondizi de 1951. Con esas convicciones, cuatro años más tarde, marchó a Córdoba, la ciudad que cobijó su vida universitaria en la algarabía estudiantil del reformismo.
Con materias del cuarto año aprobadas, en 1964, reanudó su carrera en Tucumán, donde se graduó. Título en mano, regresó al sur, y se metió de lleno en la docencia y en la profesión, donde se desenvolvió como abogado penalista y defensor de presos políticos y gremiales, durante los años dictatoriales que sucedieron a los 990 días del presidente Arturo Illia.
Mario Abel Amaya, abogado radical y exdiputado asesinado en 1976.El regreso de la vida política, la gremial docente y su tarea desde el estudio jurídico, donde compartía despacho con un referente local justicialista, hicieron del Petiso, un hombre con peso propio.
Finalmente, el radicalismo se reorganizó, y llamó a internas para mayo de 1972. Alfonsín, en una carta desgarradora, comunicó que iba a dar batalla por el mando partidario. Solari Yrigoyen y Amaya encabezaron la boleta chubutense de la renovación, y arrasaron con más del 70 por ciento de los votos.
La fuga del Penal de Rawson de agosto del 72, encontró al abogado radical en el aeropuerto de Trelew, adonde los guerrilleros fueron para abordar un vuelo de Austral. El fallido operativo de las organizaciones armadas desató una matanza, horas más tarde. La presencia de Amaya allí, marcó a fuego su destino.
Días después, al Petiso lo arrancaron de un bar céntrico de Rawson y lo trasladaron al penal de Villa Devoto. La injusticia de su detención generó una pueblada que se conoció como el Trelewazo, donde más de seis mil vecinos de la región se movilizaron por su libertad.
La UCR, con su internismo a cuestas, volvió a llamar a elecciones para resolver sus cuentas pendientes. Amaya, a pesar de estar preso, fue designado para encabezar la lista de precandidatos de la renovación. Liberado por la presión social, su regreso a Chubut desató una caravana interminable de autos y vecinos que salieron a saludar su vuelta; días después, votó y volvió a ganar.
Por eso, juró en el Congreso el 25 de mayo de 1973, y formó parte del reducido grupo de los siete legisladores alfonsinistas que no comulgaban con el presidente de bloque, Antonio Tróccoli. Aquí, la memorabilia ucerreísta sostiene que los balbinistas acusaban a Amaya de bolchevique y comunista. Mote que aplicaban a vastos sectores del minoritario alfonsinismo de aquellos años.
Su presencia en Buenos Aires, le permitió volver a abrazar la docencia desde la Facultad de Derecho de la UBA, donde junto a Karakachoff, dictaban una materia introductoria. El sueño duró poco, y el golpe de timón de la misión Ivanissevich, los desplazó de las aulas. La “infiltración marxista” debía ser extirpada sostenía el gobierno isabelino.
A pesar de su perfil bajo, ante la comparecencia del ministro del Interior, Antonio Benítez, reclamó explicaciones por las tareas que cumplían los policías, Rodolfo Almirón, Juan Ramón Morales y Miguel Rovira, todos integrantes de la Triple A; y, citando a la prensa, acusó a la organización de, al menos, ochenta asesinatos.
“Benitez dijo desconocer la existencia de las AAA”, fue el título de tapa de Clarín la mañana siguiente. Tres días después y ante el evidente escándalo, Isabel Perón desplazó al ministro. Hacía un par de meses, que la estructura paraestatal lopezreguista le había volado el estudio en Trelew, la misma madrugada en que volvieron a atentar contra Solari Yrigoyen, pero esta vez, en su domicilio de Puerto Madryn. Corría agosto del 75.
Tapa del diario Clarín del 7 de agosto de 1976.Tras el golpe de marzo de 1976, una red de dirigentes radicales lo protegió. El término “guardado” se volvió cotidiano. Fuera de Chubut, en el norte de la provincia de Buenos Aires, el Petiso fue cobijado por su excompañero de bancada, Raúl “El Flaco” Borras. En ese período, también se refugió en un campo cercano. Sin embargo, y a pesar del pedido generalizado de sus amigos, decidió regresar a su casa materna en Trelew.
Lamentablemente, tanto desde la Marina como del Ejército, lo tenían identificado desde hacía tiempo. Solo restaba que resolvieran cuando y como. Impunidad mediante, nada importaba, abogados, figuras públicas en sus distritos, legisladores nacionales arrancados de sus bancas, primero; y de sus casas, luego.
Cincuenta años después, hay barrios, plazoletas, calles, escuelas y decenas de comités y ateneos partidarios que llevan su nombre, tal como preanunció Alfonsín en aquella mañana nublada de octubre de 1976.
Abogado, diputado nacional por la UCR y defensor incansable de los derechos humanos y las libertades públicas.
Mario Abel Amaya fue perseguido, secuestrado y torturado por defender sus convicciones y los derechos de quienes más lo necesitaban. pic.twitter.com/0ac0RdcWBH
— Unión Cívica Radical (@UCRNacional) October 19, 2026
Discurso de Raúl Alfonsín frente a la tumba de Mario Abel Amaya el día de su funeral
Raúl Alfonsín en el cementerio de Trelew, durante el funeral de Mario Abel Amaya. (Foto original mejorada con IA). Fuente: Efemérides Radicales.Venimos a despedir a un amigo entrañable, adornado con virtudes singulares, nada comunes. Un amigo que llevaba al máximo su carácter bondadoso pero que, al mismo tiempo, sabía mantener con firmeza insólita sus convicciones. En ocasiones, una apreciación superficial podría hacerlo aparecer como un tanto ingenuo, cuando esto no era sino el abrirse permanentemente a cualquier posición para comprender al prójimo.
Un amigo sencillo, que no sabía de vanidades: no sabía de jactancias. Un amigo valiente que no sabía de cobardías. Un amigo altruista que no conocía el egoísmo. Un hombre cabal, de extraordinaria dimensión humana, encerrada en un cuerpo de salud precaria.
Pero venimos también a despedir a un distinguido correligionario, a un hombre radical, a un hombre de la democracia, que no la veía constreñida a las formalidades solamente, sino que la vitalizaba a través de la participación del pueblo para poner el acento en los aspectos integrales, en los aspectos sociales. Y venimos también a despedir a un hombre calumniado, infamemente calumniado, juntamente con otro correligionario que está sufriendo una cárcel que nadie se explica: Hipólito Solari Yrigoyen.
Se pretende tergiversar el sentido de la lucha de estos dos extraordinarios correligionarios, cuyo único pecado es pretender solucionar los problemas de los desposeídos, cuyo único pecado es sostener con Yrigoyen la defensa del patrimonio nacional y, por encima de cualquier otra cosa, una concepción de la moral pública, que es lo que está pidiendo nuestra Argentina.
Raúl Alfonsín con Hipólito Solari Yrigoyen, el gran compañero de Mario Abel Amaya. Venimos, pues, a despedir a este amigo entrañable, a este correligionario extraordinario y a este hombre calumniado. Algún día una calle de esta ciudad llevará su nombre, porque su lucha se realizará y fructificará. Ruego a Dios que haga que el alma de Mario Abel Amaya descanse en paz.
Ruego a Dios que permita sacarnos cuanto antes de esta pesadilla, de esta sangre, de este dolor, de esta muerte, para que se abran los cielos de nuevo; que en algún momento podamos venir todos juntos a esta tumba con aquellos recuerdos agridulces y recordar el esfuerzo del amigo y poder decirle que se realizó, que dio por fin sus frutos”.
Fuente: www.clarin.com



