Andrea Carballo:“Incomodar también es una forma de decir verdad”


Hay películas que no buscan el impacto inmediato sino algo más persistente, más difícil de sacudir: una incomodidad que se instala. La mujer del río, de Néstor Mazzini, trabaja en ese registro. La violencia no aparece como estallido sino como acumulación, como una serie de gestos, silencios y decisiones que se van sedimentando hasta volverse inevitables. En ese territorio, Andrea Carballo construye a Érica, un personaje que no empieza acá sino que llega con una historia a cuestas, con marcas que no necesitan ser explicadas. La película construye la violencia desde la acumulación de gestos y silencios más que desde el estallido. ¿Cómo fue para Carballo trabajar ese registro más contenido? Carballo: “Yo no empecé a construir a Érica de cero en La mujer del río. Es un personaje que viene desarrollándose desde hace tiempo dentro de la trilogía Autoengaño de Néstor Mazzini. Entonces, cuando vuelvo a ella, ya hay una memoria, hay conductas, hay una forma de estar. Y eso cambia mucho, porque esos silencios no son silencios ‘vacíos’: vienen con historia, con algo que se viene acumulando. También pasa algo muy fuerte en el vínculo con Pedro, el personaje de César Troncoso. Al ser la tercera película que hacemos juntos, hay una escucha muy orgánica. Muchas cosas no están en el texto, sino en lo que pasa, y pasó, entre los personajes. Yo tenía bastante claro que mi propuesta iba por ahí, confiar en la contención. Entender que lo más intenso no necesariamente pasa por lo visible o lo dicho, sino por lo que se va acumulando”.

—Tu personaje se mueve entre la resistencia, el cuidado y cierta negociación constante. ¿Cómo pensaste ese equilibrio?

—Tratando de no simplificarla, sobre todo. Porque es muy fácil caer en lugares más comunes cuando hay este tipo de vínculos o situaciones. A mí me interesaba que pudiera ser contradictoria. Que su resistencia no sea siempre frontal, que a veces aparezca en cosas muy mínimas. Incluso el cuidado, que podría leerse de una sola manera, también es una forma de sostenerse. Y la negociación constante no la vuelve débil, sino más bien alguien que está haciendo lo que puede dentro de un contexto bastante limitado. Creo que el hecho de haberla construido en el tiempo me ayudó a no empujarla hacia ningún lugar más evidente, a dejarla ser más compleja.

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—La trilogía propone mirar el “después” de los hechos más visibles. ¿Qué te interesó de esta etapa?

—Lo del “después” para mí fue interesante incluso desde el proceso, porque no era algo que yo tuviera tan presente cuando trabajamos el material. Con el tiempo entendí que la película se mete en ese lugar más difícil, que es todo lo que queda después de algo que marca un vínculo. Y ahí es donde a mí más me interesaba el personaje. Porque Érica está en un momento muy particular, con toda la historia que trae, pero también con un intento de correrse, de reinventarse de alguna manera. Entonces lo que aparece no es solo el conflicto, sino cómo ese vínculo se sigue transformando: qué queda, qué se desgasta, qué se sostiene. Hay algo muy incómodo, porque no hay resoluciones claras. Pero también es un lugar muy verdadero.

—¿Sentís que dialoga con el presente?

—Sí, creo que dialoga de forma muy directa, pero sin volverse discursiva. Y eso me parece muy valioso. La película no le dice al espectador qué tiene que pensar, pero sí lo pone frente a situaciones muy reconocibles, muy actuales. Y en ese sentido, creo que puede generar incomodidad. Pero es una incomodidad necesaria. Yo siento que verla es como tener una piedra en el zapato. No ordena ni tranquiliza. Y me parece que ahí es donde la película encuentra su potencia.

Lo legal y lo emocional

J.M.D.

Andrea Carballo construyó una carrera atravesada por personajes intensos, muchas veces situados en zonas de conflicto donde lo emocional y lo social se cruzan sin resolución clara. Entre Argentina y España, su trabajo fue consolidando una presencia marcada por la búsqueda de verdad en escena, algo que también define su vínculo con el cine de Néstor Mazzini, con quien viene desarrollando el personaje de Érica a lo largo de la trilogía Autoengaño.

—Tu personaje se mueve entre lo legal y lo emocional, ¿cómo trabajaste esa tensión?

—Pensándola más desde lo concreto que desde una idea. Hay algo en lo legal que ordena, que pone reglas y tiempos, pero lo emocional no siempre funciona así. No se acomoda igual. Entonces me interesaba trabajar ese desajuste: qué pasa cuando alguien tiene que seguir funcionando, pero internamente está en otro lugar. No como algo teórico, sino como algo que se siente en el cuerpo.

En esa distancia entre lo que se debe hacer y lo que se puede sostener aparece uno de los núcleos más incómodos de la película. No hay una traducción directa entre norma y experiencia, y es en ese espacio donde el personaje encuentra su densidad.

—La película evita el melodrama y apuesta por una incomodidad más seca.

—Sí, y eso impacta mucho en la actuación. Porque te obliga a correrte de recursos más obvios. No podés explicar todo ni subrayar. Tenés que confiar en lo mínimo. Entonces la construcción pasa más por la presencia, por el ritmo, por lo que no se dice. Y eso, lejos de limitar, a mí me resultó bastante liberador.

Ese desplazamiento también redefine el lugar del espectador. La película no ofrece una lectura guiada, sino una experiencia que se completa en la percepción de quien mira.



Fuente: www.perfil.com

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