Tenía 10 años y ya trabajaba como peón de campo: hoy produce el mejor vino tinto crianza del mercado


La historia de superación de Carmelo Rodero sitúa sus raíces en la provincia de Burgos, España, donde pasó de ser un niño peón de campo a un referente de la Ribera del Duero. Desde su centro operativo en la localidad de Pedrosa de Duero, logró que su apellido sea sinónimo de calidad indiscutida ya que produce uno de los mejores vinos tintos de crianza del mercado.

El inicio de este camino se remonta a una niñez marcada por la exigencia del entorno rural en la meseta castellana. Con apenas 10 años, Rodero desempeñaba tareas de pastoreo y agricultura básica para colaborar con la economía de su hogar en Burgos.

Estas jornadas extensas en el campo le permitieron desarrollar una conexión instintiva con los ciclos de la naturaleza y la resistencia de las vides ante el clima extremo de la región. A diferencia de otros productores que heredaron grandes infraestructuras, Carmelo Rodero construyó su patrimonio mediante la adquisición progresiva de parcelas seleccionadas en su pueblo natal.

Durante décadas, su labor principal consistió en proveer uvas de calidad superior a bodegas de renombre mundial, como la mítica Vega Sicilia. Esta etapa fue fundamental para entender que la calidad del vino tinto nace exclusivamente de la gestión minuciosa del viñedo.

La bodega familiar en Pedrosa de Duero implementa un sistema de vinificación por gravedad que elimina el uso de bombas mecánicas. Esta decisión técnica busca preservar la integridad del fruto y evitar la oxidación prematura de los caldos durante el traslado.

El diseño arquitectónico de la planta permite que el mosto se desplace naturalmente, garantizando que los matices del terruño burgalés se mantengan intactos hasta llegar a las barricas de roble. El uso de madera de roble francés y americano en proporciones equilibradas define el perfil sensorial de sus ejemplares más premiados internacionalmente.

Según investigaciones del Consejo Regulador de la Ribera del Duero, la estabilidad térmica de las naves de crianza de Rodero es un factor determinante en la evolución de los taninos. Este control riguroso asegura que cada botella presente una estructura compleja y una longevidad excepcional para el consumidor exigente.

La supervisión constante de sus hijas, Beatriz y María, ha integrado la innovación tecnológica con los métodos tradicionales del patriarca en Burgos. La incorporación de sistemas de monitorización hídrica y análisis digital de suelos permite ajustar la cosecha al punto exacto de maduración fenólica.

Esta sinergia generacional es la que permite sostener un volumen de producción comercial sin sacrificar la identidad artesanal que define a la marca. El éxito de Rodero no se explica solo por la técnica, sino por la ubicación estratégica de sus viñedos, muchos de ellos con más de treinta años de antigüedad, donde principalmente se cultiva uva Tempranillo con toques de Cabernet Sauvignon.

La altitud y la composición calcárea del suelo en esta zona de España aportan una acidez natural que equilibra la potencia del alcohol. Así, el vino tinto crianza de esta casa se diferencia por una elegancia que remite directamente al esfuerzo de aquel niño que cuidaba animales.

Fuente: www.clarin.com

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