Robert Duvall: cuando 11 minutos le bastaron para inmortalizar una frase icónica


El Coronel “Bill” Kilgore, el más indestructible de sus personajes -que en Vietnam no usaba casco, desviaba las balas con su torso desnudo, era inmune al ruido de las explosiones y solo se preocupaba por encontrar un buen lugar para surfear-, un día murió. Robert Duvall tenía 95 años.
“Me encanta el olor del napalm por la mañana”, suelta de repente el personaje, en un absurdo momento de reflexión de la película del ’79.
Su Kilgore fue tan potente que le bastaron exactamente once minutos en pantalla para eternizarlo (tiene otra frase inolvidable: “Charlie don’t surf”). Por su actuación fue nominado al Oscar y, más acá en el tiempo, hasta se volvió meme.
Para ver a Duvall en su esplendor basta y sobra con Apocalipsis Now y las dos primeras entregas de El Padrino. También de la mano de Francis Ford Coppola -quien lo consideró uno de los “cuatro o cinco” mejores actores del mundo- en la trilogía mafiosa hace de Tom Hagen, el Corleone que no es Corleone, el abogado que es tan (o más) importante en la estructura familiar que quienes portan ese apellido.
Duvall fue un apellido transversal del Nuevo Hollywood. Estuvo en sus inicios y contribuyó con su apogeo. Como si fuera una suerte de amuleto, acompañó a varios caudillos de los setenta hasta el final. Estudió con Hoffmann, Caan y Hackman y siguió a Coppola en cinco películas, al George Lucas de antes de Star Wars, a Altman, a Peckinpah, a Hopper.
Empezó su carrera cinematográfica con un clásico: Matar a un ruiseñor, en 1962, y la finalizó -al menos espiritualmente- con una película que más o menos le rinde homenaje: El juez. Canto del cisne actoral de una carrera con decenas de títulos y un Oscar -por El precio de la felicidad-, un BAFTA, cuatro Globos de Oro y un Donostia. Después de El Juez, estrenada en 2014, aparece como secundario en una breve serie de títulos intrascendentes que culminó en 2022.
Nació en San Diego -fue “Navy brat”, hijo de militar- pero se crió en Maryland. Fue parte del ejército para luego recalar en la escuela de teatro (previo a su debut en las tablas trabajó en una oficina de correos de Manhattan como oficinista).
Ingresó en el mundo de la actuación en sus veintes, cuando hizo de piloto en una adaptación teatral de El Principito en Long Island. Durante los sesenta dio el salto a la TV, desde donde impulsó su exitosa carrera en cine.
En el medio dirigió cuatro películas de ficción y un documental, se negó a participar en El Padrino III por no cobrar lo mismo que Al Pacino, volvió al teatro, fundó su productora: Butcher’s Run Films.
Su vínculo con Argentina fue estrecho. Dejó al menos una casa, dos películas y la falta de un excelso -aunque más aún apasionado- conocedor (y bailarín) de tango.
Su romance con Argentina comenzó a finales de los ochenta. Y una cosa lo fue llevando a la otra: un show de tango en Estados Unidos a uno en Buenos Aires; una visita única se transformó en múltiple; las calles porteñas lo condujeron a una panadería, que a su vez lo hizo topar con Luciana Pedraza, su cuarta y última esposa 41 años menor, que hoy lunes quedó viuda y dio al mundo el triste comunicado de su muerte.
Fuente: www.clarin.com



