Qué significa el apretón de manos: el origen histórico del gesto político más analizado


El saludo entre Donald Trump y Xi Jinping frente al Gran Palacio del Pueblo en Pekín duró exactamente 14 segundos. Como ocurre con cada apretón de manos presidencial, los analistas no tardaron en buscarle un significado. Pero la historia de este gesto —que se remonta al siglo IX antes de Cristo— advierte que su simbolismo nunca fue tan simple como parece.
De acuerdo con The Conversation, la representación más antigua de un apretón de manos que se conoce proviene de un relieve de piedra caliza hallado en el actual territorio de Irak. En él aparecen el rey asirio Salmanasar III y el rey babilónico Marduk-zakir-shumi I con las manos unidas, en un gesto que sellaba la renovación de un tratado entre Asiria y Babilonia, dos potencias que raramente se llevaban bien. La imagen es del siglo IX a.C. y ya cargaba con todo el peso político que hoy le atribuimos.
El origen exacto del gesto, sin embargo, sigue siendo objeto de debate. Una teoría popular sostiene que surgió como señal de buena fe: mostrar la mano vacía significaba no portar armas. Otra interpretación, menos romántica, sugiere que el movimiento de sacudir el brazo tenía el propósito práctico de hacer caer cualquier arma escondida en la manga, lo que desdibuja bastante la idea de un acto de confianza pura.
En el arte griego clásico, el apretón de manos aparece también como gesto de despedida. Los relieves funerarios representaban a los muertos estrechando la mano de los vivos en lo que se conoce como dexiosis —la unión de las manos derechas—, un símbolo del lazo que persistía más allá de la muerte. Los romanos, por su parte, asociaban la mano derecha con Fides, la divinidad de la confianza y la buena fe. Así, el apretón de manos tenía carácter casi sagrado y se usaba en bodas y alianzas políticas.
La historia también registra casos en que el apretón de manos fue usado como pantalla. Los emperadores romanos Caracalla y Geta, hijos de Septimio Severo, gobernaron juntos tras la muerte de su padre en el año 211 d.C. La iconografía imperial los mostraba con las manos derechas extendidas en señal de armonía. Ese mismo año, Caracalla convocó a su hermano con el pretexto de una reconciliación y lo hizo asesinar, supuestamente en brazos de su propia madre.
La mitología griega ofrece un antecedente igual de oscuro: Heracles aparece en pinturas antiguas estrechando la mano del centauro Folo en señal de bienvenida. El encuentro termina en tragedia cuando una horda de centauros ebrios ataca al héroe y Folo muere alcanzado por una flecha envenenada. Ni entre semidioses el gesto garantizaba un final feliz.
En la política contemporánea, el apretón de manos se filma, se ralentiza, se analiza fotograma a fotograma. Los de Trump son leídos con frecuencia como demostraciones de dominio: presión prolongada, cuerpo cerrado, tirón hacia sí. Cuando se encontró con el presidente francés Emmanuel Macron en Bruselas en 2017, las imágenes mostraron un duelo de nudillos blancos que dio la vuelta al mundo.
Macron explicó después que aquello había sido deliberado. “No quería hacer concesiones, ni siquiera simbólicas”, señaló en aquel momento. El año pasado, los dos volvieron a darse la mano frente a las cámaras: esta vez, durante 26 segundos.
El rechazo a un apretón de manos puede ser igual de elocuente. Durante los incendios que arrasaron el sureste de Australia en el verano de 2019-2020, el entonces primer ministro Scott Morrison visitó la localidad de Cobargo, en Nueva Gales del Sur, y tendió la mano a un bombero.
“No tengo muchas ganas de darte la mano”, respondió el hombre. Morrison se la tomó de todas formas. La escena se viralizó y se convirtió en uno de los emblemas de la gestión caótica de esa crisis.
La pandemia de COVID-19 parecía haber sentenciado al apretón de manos. Las autoridades sanitarias desaconsejaron el contacto físico y proliferaron los saludos alternativos, entre ellos el choque de puños, un gesto con historia propia: proviene del saludo “dap” asociado a los soldados afroamericanos durante la Guerra de Vietnam.
Aun así, el apretón de manos sobrevivió. Y cuando Trump extendió la mano ante Xi Jinping en Pekín, repitió sin saberlo —o quizás sabiéndolo muy bien— un ritual que los seres humanos practican desde hace más de tres mil años, con toda la ambigüedad que eso implica.
Fuente: www.clarin.com



