¿Por qué Rinoceronte, hoy? | Perfil


Poner hoy en escena Rinoceronte de Eugène Ionesco no es un gesto nostálgico ni arqueológico. Es, más bien, encender una luz incómoda en una habitación donde muchos preferían la penumbra. La obra habla de la transformación colectiva no como un espectáculo fantástico, sino como una epidemia de sentido: la gente deja de pensar, deja de dudar y se vuelve parte de una masa que avanza con una lógica implacable y, al mismo tiempo, profundamente absurda.
Hay textos que envejecen y otros que esperan su momento para volver a hablar con una claridad inquietante. Rinoceronte pertenece a esa segunda especie.
En una ciudad común, los habitantes comienzan a transformarse en rinocerontes. Lo extraordinario y lo absurdo irrumpen de manera gradual hasta volverse costumbre. Allí reside una de las grandes intuiciones de Ionesco: las sociedades no siempre caen de golpe en la irracionalidad; muchas veces se deslizan hacia ella paso a paso, entre excusas, cansancio, descarte y adaptación.
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Hoy vivimos tiempos atravesados por polarizaciones, fanatismos, violencia, desinformación y una creciente presión por pensar en bloque, impulsada por la necesidad de pertenecer. Las redes amplifican el ruido, la pertenencia inmediata y la reacción automática. En ese contexto, Rinoceronte adquiere una vigencia notable. La metamorfosis de los personajes puede leerse como metáfora de cualquier forma de contagio ideológico que borra matices y vuelve sospechosa la diferencia.
La obra no solo denuncia: también pregunta. ¿Qué precio tiene sostener una voz propia cuando todos avanzan en otra dirección? ¿Cómo se resiste a la seducción de la masa? ¿Qué parte de comodidad, miedo u oportunismo participa en cada renuncia personal? ¿En cada elección que hacemos?
La resistencia, en estos tiempos violentos, es inclaudicable. Existe una pasión teatral en Buenos Aires y en cientos de otras ciudades y pueblos de la Argentina que asombra a propios y extraños. Nos mueve un fuego sagrado heredado de nuestros antecesores, cierta ritualidad en el encuentro con el instante de la creación.
No se trata de ofrecer respuestas cerradas, sino de abrir una experiencia. Que cada espectador salga del teatro con una sospecha, con una pequeña alarma encendida. Si algo nos recuerda Ionesco es que la transformación nunca ocurre de golpe: empieza lentamente, casi de manera imperceptible… hasta que un día, cuando queremos darnos cuenta, el ruido de los rinocerontes ya lo ocupa todo.
Hoy ese fenómeno ni siquiera necesita metáforas zoológicas para ser reconocido. La presión por adherir, por repetir consignas, por simplificar la complejidad del mundo en frases contundentes y binarias, está más vigente que nunca. Las redes, la política e incluso ciertos discursos culturales que proponen una “revolución cultural” funcionan muchas veces como esa estampida de rinocerontes: quien no corre con ellos queda expuesto, señalado, casi ridiculizado.
Bérenger es el protagonista: un hombre frágil y contradictorio. No es un héroe clásico; es alguien que duda, que se equivoca y que, sin embargo, encuentra en esa imperfección su verdadera potencia. Es el único que resiste. Llevarlo hoy a escena implica reivindicar la duda como acto político y la fragilidad como forma de resistencia.
En tiempos donde lo desmesurado intenta volverse norma, poner en escena Rinoceronte es recordar que defender la humanidad sigue siendo una tarea diaria. También supone una pregunta estética: ¿cómo representar hoy la deshumanización sin caer en lo obvio? La respuesta no está solo en el texto, sino también en el dispositivo escénico. El cuerpo del actor, el espacio, la música, los sonidos y la repetición pueden construir esa sensación de contagio invisible, de transformación que no siempre se ve, pero sí se percibe. El teatro, como hecho vivo, tiene la capacidad de hacer que el espectador sienta en su propio cuerpo ese desplazamiento que nos convoca a la reflexión.
*Director de Rinoceronte que se presenta a partir los sábados a las 18h en Andamio 90.
Fuente: www.perfil.com



