Nazareth Castellanos, neurocientífica: “Las neuronas que se activan cuando hay silencio ayudan a la limpieza del cerebro”


El cerebro no solo trabaja cuando recibe información del exterior. También lo hace cuando esos estímulos desaparecen. La neurocientífica Nazareth Castellanos analizó un estudio experimental que revela cómo ciertos grupos de neuronas responden específicamente a la ausencia de sonido, una evidencia que replantea el valor del silencio desde la neurociencia.

La investigación en cuestión fue realizada en ratas, aunque con indicios de que procesos similares podrían ocurrir en humanos, según indicó la especialista en el programa radial La Ventana.

Su hallazgo central es que no todas las neuronas reaccionan igual ante los estímulos auditivos. “Hay neuronas que se activan cuando escuchamos cosas y hay neuronas que se activan cuando hay silencio”, señaló Castellanos.

La distinción no es menor: implica que el sistema nervioso tiene circuitos dedicados específicamente a procesar la ausencia de ruido.

Esas neuronas, según explicó la especialista, no son un residuo pasivo del sistema auditivo. Están vinculadas a zonas cerebrales asociadas al descanso y la recuperación. “Las neuronas que se activan cuando hay silencio trabajan más en las zonas del descanso, ayudan a la limpieza del cerebro, ayudan a calmar”, precisó. En términos funcionales, su activación estaría relacionada con la regeneración del tejido cerebral.

Ese proceso conecta con lo que la neurociencia conoce como sistema glinfático, el mecanismo encargado de eliminar residuos metabólicos del cerebro. Aunque este sistema se activa principalmente durante el sueño, la hipótesis que abre el estudio sugiere que el silencio podría favorecer procesos similares de restauración incluso en estado de vigilia.

A partir de ese marco, Castellanos mencionó una práctica concreta orientada a la prevención en salud mental: la privación sensorial breve. No se trata de aislamiento ni de procedimientos complejos, sino de algo accesible dentro de la rutina cotidiana. “Es buscar lo que se llama la privación sensorial al menos unos minutos a lo largo del día”, indicó la neurocientífica.

La práctica consiste en reducir al mínimo los estímulos durante dos o tres minutos: cerrar los ojos, evitar sonidos y suspender la interacción con el entorno. Ese margen, aunque breve, sería suficiente para que el sistema nervioso inicie un proceso de reajuste.

Castellanos lo describió con precisión: “cuando las neuronas empiezan a perder los estímulos que vienen de afuera, se encogen un poquito”.

Esa contracción no equivale a desconexión ni a pérdida de función. Es, en cambio, una respuesta adaptativa del cerebro ante la reducción de carga sensorial, un movimiento hacia estados más calmados que el propio sistema nervioso parece estar preparado para ejecutar.

Fuente: www.clarin.com

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