La verdadera moda de la Regencia que Netflix convirtió en fenómeno con Bridgerton

Con el estreno de la nueva temporada de Bridgerton en Netflix, la fiebre por el estilo “Regencycore” volvió a copar las búsquedas de moda y las vidrieras de medio mundo. Pero bajo la explosión de colores neón, las lentejuelas plásticas y los peinados imposibles que vemos en la pantalla, se esconde una realidad histórica mucho más sutil y, a su manera, bastante más escandalosa.

El Londres del verdadero 1813 (donde transcurre la serie) no necesitaba recurrir a la paleta de colores de un paquete de caramelos para demostrar estatus; le alcanzaba con la blancura impoluta de una muselina de algodón y la precisión casi quirúrgica de un nudo de corbata.

Lo que hoy consumimos como un festín visual es, en rigor, una reinterpretación de la era de la Regencia británica (1811-1820). En aquel entonces, la moda era una cuestión de vida o muerte social, un tablero de ajedrez donde cada encaje y cada bota de cuero fino comunicaba quién era uno y, sobre todo, cuánto dinero tenía para gastar en algo que se ensuciaba con solo mirarlo.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Llegó a Netflix la cuarta temporada de Bridgerton: cuántos capítulos son y cuándo se estrena la segunda parte

El verdadero Bridgerton: el imperio del algodón y el escándalo de la transparencia

Regency

La silueta que define a las protagonistas de la serie es el vestido de talle imperio. Si bien Netflix respeta la línea —esa cintura elevada hasta justo debajo del busto que alarga la figura—, el material original era el verdadero protagonista.

La muselina, un algodón finísimo importado de la India, era la obsesión de la época. A diferencia de las pesadas sedas y brocados del siglo XVIII, la muselina era ligera, etérea y, para muchos críticos de la moral, peligrosamente reveladora.

El capitán Rees Howell Gronow, un dandi de la época que vivió intensamente la noche londinense, dejó constancia de este cambio radical en sus memorias. En su crónica sobre la moda de aquellos años, señaló el impacto visual que generaban estas nuevas telas: “La moda de la época era tan diferente de lo que había sido antes que parecía un nuevo mundo; las damas habían descartado los aros y el polvo, y aparecían con vestidos de muselina tan finos que apenas ocultaban sus formas“.

Esta “transparencia” no era solo un efecto visual. Existía la leyenda urbana de que algunas mujeres humedecían sus vestidos para que se pegaran al cuerpo, emulando las estatuas griegas. Aunque los historiadores dudan de que fuera una práctica generalizada en el clima londinense, la sola idea alimentaba los pasquines satíricos.

En la realidad, la decencia se mantenía con la chemisette (una suerte de pechera de encaje) que cubría el escote durante el día, un accesorio que la serie suele omitir para favorecer una estética más moderna y audaz.

Todo sobre la cuarta temporada de Bridgerton: cuándo se estrena, de qué trata y quiénes se unen al reparto

Blancura: el lujo de lo que se ensucia

Mientras que en la ficción vemos a los Featherington vestidos con amarillos cítricos y verdes vibrantes, la aristocracia real —el ton— prefería el blanco. No por falta de imaginación, sino por pura ostentación. En un Londres gris, cubierto por el hollín de las chimeneas de carbón y con calles de barro, vestir de blanco inmaculado era la prueba definitiva de que uno no tenía que trabajar y, además, poseía un ejército de lavanderas trabajando a destajo.

Jane Austen, cuya vida coincidió con este apogeo, era una observadora implacable de estas sutilezas. En sus cartas a su hermana Cassandra, la moda aparece no como un sueño romántico, sino como una gestión constante de telas y tendencias. En una misiva de mayo de 1801, Austen describe sus propios esfuerzos por estar a la altura: “Me he hecho un nuevo vestido de noche de muselina blanca, con flores pequeñas y hojas verdes; creo que es muy bonito, aunque mi madre dice que es demasiado joven para mí“.

Esa muselina “salpicada” o bordada (sprigged muslin) era el estándar de elegancia. Los colores fuertes quedaban relegados a los abrigos, las capas de terciopelo o los chales de cachemira, que eran los accesorios más caros del guardarropa. Un auténtico chal de la India podía costar lo mismo que el alquiler de una casa en Mayfair por un año.

Bridgerton 4: el amor entre Benedict y Sophie llega con una historia de cuento y fechas confirmadas

La tiranía del almidón: el “rey de la moda” de la Regencia

Si las mujeres buscaban la fluidez, los hombres buscaban la estructura. El gran responsable de la moda masculina de la época fue George “Beau” Brummell. Él terminó con las pelucas empolvadas y las casacas de colores chillones del siglo XVIII, imponiendo un uniforme que es el antepasado directo del traje moderno: pantalones ajustados, botas altas y chaquetas oscuras de corte perfecto.

Pero el centro de gravedad del caballero era la corbata. No era un simple trozo de tela, sino una arquitectura de lino almidonado. El ritual de anudarla podía llevar horas. Si el nudo no quedaba perfecto al primer intento, la tela se arrugaba y debía descartarse. Se cuenta que el ayudante de Brummell salía a veces de su habitación cargando un brazo lleno de corbatas arrugadas, diciendo: “Estos son nuestros fracasos”.

La importancia social de este accesorio era tal que en 1818 se publicó un manual titulado Neckclothitania, donde se categorizaban los nudos con una seriedad casi académica: “Una corbata bien anudada es el primer paso serio en la vida de un hombre; sin ella, el resto del atuendo carece de significado y el carácter del individuo queda en entredicho“.

El estreno más esperado del 2026: llegan los cuatro episodios iniciales de Bridgerton 4 a Netflix

Este rigor obligaba a los hombres a mantener el cuello rígido y la cabeza alta, lo que contribuía a esa imagen de altivez y reserva que tanto caracteriza a personajes como Lord Anthony Bridgerton o el Duque de Hastings.

En la serie, los bailes son eventos de una saturación cromática total, pero en la Regencia real, las reglas de Almack’s —el club más exclusivo de Londres— eran inflexibles. Si un caballero no llevaba calzones cortos hasta la rodilla (knee-breeches) y corbata blanca, no entraba, aunque fuera el mismísimo Duque de Wellington.

Las crónicas de la época destacan que el calzado para estas noches de gala consistía en zapatos de salón planos, conocidos como “pumps”, a menudo adornados con hebillas de plata o cintas. Las mujeres, por su parte, abandonaron los tacones del siglo XVIII por zapatillas de seda que apenas duraban una noche. El gasto en calzado era astronómico para las familias que presentaban a sus hijas en sociedad.

La moda de la Regencia no era solo estética; era un lenguaje de clase. Cada detalle, desde la calidad del encaje hasta la altura de la pluma en el tocado, servía para posicionarse en la implacable pirámide social británica.

ds



Fuente: www.perfil.com

Artículos Relacionados

Volver al botón superior