La luna en el antiguo Egipto: símbolo religioso y clave en su astronomía


La luna siempre fascinó a los egipcios. No solo iluminaba las noches a orillas del Nilo, sino que en el antiguo Egipto también guiaba la vida cotidiana y los rituales sagrados. Era un símbolo religioso que, además, resultaba clave en su astronomía.
Cada fase tenía su propio significado: la luna nueva daba inicio al ciclo y anunciaba nuevos comienzos; el primer cuarto creciente representaba crecimiento y expansión; el plenilunio simbolizaba madurez y plenitud; y el último cuarto menguante invitaba a la reflexión y a prepararse para un nuevo ciclo.
Observar el cielo era mucho más que mirar estrellas: era interpretar mensajes que conectaban lo humano con lo divino. Niños y aprendices estudiaban los ciclos lunares, mientras los sacerdotes y faraones los utilizaban para organizar ceremonias, festivales y hasta decisiones políticas.
La precisión con la que registraban los movimientos de la luna muestra un conocimiento empírico impresionante, que incluía los eclipses y fenómenos inusuales, interpretados como señales de advertencia o presagios.
Este profundo interés por la luna no solo estaba vinculado al calendario y la agricultura, sino también a la espiritualidad. Cada creciente y menguante era un recordatorio de los ciclos de la vida, la muerte y la renovación, reforzando la idea de que el cosmos y la existencia humana estaban íntimamente conectados.
En el arte y la religión egipcia, la luna se representaba mediante diversas metáforas que se detallan a continuación:
Desde el Reino Nuevo, la iconografía lunar se volvió más explícita: la luna aparecía como un disco sobre la media luna, a veces con el wedjat inscrito, diferenciándose claramente del sol. En templos como Dendera y Esna, procesiones de 14 divinidades ilustraban el crecimiento lunar día a día, con imágenes ubicadas en los dinteles y techos del lado norte del templo, asociado con la noche.
La arquitectura y el arte se conectaban directamente con la astronomía y la religión. Y los mitos también incorporaban la luna en narraciones sobre regeneración y conflictos divinos. Algunos de los más conocidos incluyen:
La luna tenía un papel central en la vida nocturna egipcia. Para una civilización sin iluminación artificial avanzada, su resplandor representaba seguridad y claridad, mientras que las noches sin luna se vinculaban con el caos y la desorientación.
Por eso la luna Iluminaba caminos, rituales y templos; recordaba la continuidad de la vida y los ciclos naturales; y actuaba como guía y protector nocturno, un “segundo sol”. El cruce entre la luna y el sol, especialmente durante el plenilunio, simbolizaba la alternancia ordenada del día y la noche, reflejando el maat, principio del equilibrio universal.
Los faraones también se identificaban con la luna para reforzar su autoridad. Conocer y respetar estos ciclos era parte de su responsabilidad: el correcto curso de la luna se interpretaba como aval del poder legítimo y garantía de estabilidad para el mundo.
Además de formas humanas o abstractas, la luna también aparecía en representaciones animales:
La luna era percibida como un gobernante nocturno, subordinada y reflejo del sol. Su luz regulaba el tiempo y mantenía el orden cósmico, reproduciendo en el cielo la jerarquía de la sociedad egipcia.
En los períodos tardíos, la luna fue llamada “pilar jubiloso”, representando luz y sustento del orden cósmico. Su presencia no solo iluminaba la noche, sino que sostenía la estructura del universo, conectando lo humano, lo divino y lo cósmico de manera inseparable.
Fuente: www.clarin.com



