La guerra, redefinida por la inteligencia artificial: datos, drones y algoritmos toman el frente de batalla

A medida que la Inteligencia Artificial revela una capacidad táctica muy desarrollada, la intervención humana reduce su participación en los conflictos armados.

La automatización asume tareas críticas e impone un combate quirúrgico, sin cargas emocionales. El nuevo escenario se desplaza hacia sistemas que detectan, interpretan y ejecutan acciones, como las plataformas de Scale AI o el asistente Grok.

En sus versiones más evolucionadas, estas arquitecturas definen el curso de acción y reparten objetivos sin que haya un oficial pegado a la pantalla. Las órdenes viajan a la velocidad del software y los mandos quedan relegados a validar -tarde y a distancia- lo que ya ocurrió: más que actores del frente, son espectadores que siguen las instancias por televisión.

“Esta forma de guerra dejará un margen mínimo para la intervención humana. Su velocidad, complejidad y peligrosidad serán tales que cualquier combatiente podría ser masacrado antes de comprender lo que ocurre en el campo”, señala Anthony Vinci en The Future of Espionage and the Battle to Save America.

A la vez, el razonamiento artificial exige logros inmediatos y sus algoritmos deben comprender intenciones y elegir entre alternativas antagónica. La IA se desplaza en ese terreno mediante simulaciones, donde miles de escenarios posibles son evaluados en segundos. El objetivo es reducir la incertidumbre y ofrecer ventajas decisivas en contextos donde cada minuto resulta crítico.

Así funciona la nueva guerra gobernada por IAAsí funciona la nueva guerra gobernada por IA

Como en un videojuego, los diminutos vehículos que se mueven en enjambre comparten datos y nutren un cerebro de megabytes que afina decisiones. Detectores, radares y satélites expanden la mirada sobre el terreno y transforman cada nodo en una red inteligente, apta para reconfigurarse ante cambios imprevistos y responder con coordinación ante cualquier alteración de su eje.

La proliferación de pilotos autónomos, asistentes de manejo y software predictivo naturalizó delegar la responsabilidad en lo sintético. En el ámbito militar, esa ventaja se intensifica: los sistemas armados con IA ya no sólo obedecen, sino que leen el terreno, evalúan amenazas y recalibran su respuesta en tiempo real, con un margen de error ínfimo y capacidad de anticipación inmediata.

Los enfrentamientos con drones en Ucrania anticipan una transformación profunda del combate. A través de múltiples sensores, los módulos de IA analizan los datos del campo y así organizan posiciones para ejecutar ataques coordinados. Lo que buscan es anticiparse al rival y evitar cualquier reacción posterior.

Modelos de planificación y análisis

Un ejército de perros robotizados que despejan el campo.Un ejército de perros robotizados que despejan el campo.

Estados Unidos dio un paso clave al incorporar herramientas de IA en su estructura. El Departamento de Defensa firmó acuerdos con empresas tecnológicas para aplicar modelos avanzados a tareas de planificación y observación. Entre ellos figura Grok, un sistema conversacional de xAI que se limita al manejo de información no clasificada controlada de nivel IL5.

La incorporación de Grok generó controversia por antecedentes de respuestas erróneas y contenido ofensivo. Legisladores expresaron preocupación por la poca fiabilidad y el acceso a datos sensibles. El Pentágono sostuvo que busca acelerar el manejo de información y mejorar la toma de decisiones. Algunos aspectos contractuales y su desempeño futuro no pueden comprobarse aún de forma independiente.

En paralelo, la Unidad de Innovación de Defensa impulsó Thunderforge, desarrollado junto a Scale AI. Este programa integra IA en la planificación operativa, permitiendo resumir grandes volúmenes de datos y simular maniobras. Los mandos pueden solicitar recomendaciones para mover buques o aeronaves, adaptando recursos al ritmo acelerado de los conflictos contemporáneos.

“Los procesos de planificación militar actuales se basan en tecnologías y metodologías de hace décadas, lo que crea un desajuste entre la velocidad de la guerra moderna y nuestra capacidad de respuesta”, anotó Bryce Goodman, director de Thunderforge.

La lógica industrial empuja la mutación: las fuerzas occidentales demandan plataformas baratas, de producción veloz y actualización sencilla. También se reordena el gasto: no es viable abatir un blanco con un misil que cuesta tres veces más. Se impone, en cambio, un esquema que identifica, prioriza y neutraliza amenazas en serie y opera a escala, de manera sostenida.

Empresas como Anduril y Palantir desarrollan software capaz de fusionar sensores y acelerar el proceso que va de la detección al disparo. Sistemas como TITAN procesan información en nodos móviles y asisten en segundos. Más que una mejora incremental, representan un cambio cultural: la superioridad militar depende cada vez más de la calidad del código.

China también impulsa la militarización de la robótica y los drones. En exhibiciones oficiales mostró prototipos humanoides y cuadrúpedos orientados a tareas de combate, apoyo logístico y operación coordinada. Equipados con diferentes tecnologías de reconocimiento, reducen el tiempo entre identificación y neutralización de objetivos.

Las maniobras combinadas entre tropas de elite y sistemas no tripulados buscan reducir al mínimo las bajas. Los robots ingresan primero, abren paso en los sectores hostiles y aseguran el reabastecimiento. Recién después avanzan los soldados, con la zona ya despejada. El método deja atrás el asalto por oleadas, costoso en vidas y traslada el riesgo a las máquinas.

A medida que estas tecnologías maduran, la velocidad se convierte en el factor decisivo. La guerra se libra también en milisegundos de procesamiento y en la capacidad de anticipar los planes enemigos. Los sistemas aprenden, se adaptan y modifican su comportamiento sin esperar órdenes, desplazando progresivamente al ser humano de la línea directa de acción.

La IA ya aporta ventajas tácticas, pero su margen de decisión —sobre todo cuando intervienen dilemas políticos— sigue siendo ambigua. El riesgo es un escenario distópico: que el conflicto escale más rápido de lo que las autoridades pueden comprender, y que la automatización tome la delantera sobre el juicio humano.

La guerra del futuro

La guerra soñada por una IA.La guerra soñada por una IA.

Un equipo de investigadores intentó proyectar cómo sería la guerra del futuro. ChatGPT fue utilizado como herramienta de simulación para explorar escenarios hipotéticos basados en antecedentes históricos y datos estratégicos. La respuesta se apartó de los esquemas tradicionales que dominan los manuales.

El escenario proyectado no concibe tanques cruzando fronteras ni batallas en trincheras, sino una escalada letal y silenciosa que impactaría de forma simultánea en todo el planeta desde el primer minuto, sin fases previas claramente identificables. Estas respuestas no constituyen predicciones, sino proyecciones de riesgo que ayudan a identificar zonas de posible escalada militar.

Según este análisis, el eje del conflicto se desplazaría al ciberespacio, coordinado por algoritmos y acompañado por armas hipersónicas capaces de recorrer continentes en minutos.

Las zonas más sensibles se ubicarían en torno a las grandes potencias militares y económicas actuales, con Estados Unidos y China liderando los bloques principales, junto a aliados clave como la OTAN y Rusia, aunque los efectos se propagarían globalmente, arrastrando a países sin capacidad real de mantenerse neutrales.

El mayor riesgo no sería la destrucción inmediata, sino el colapso interno. La fragilidad de infraestructuras críticas frente a ciberataques, sumada a la falta de defensas antimisiles eficaces, podría paralizar Estados enteros. Flotas autónomas ejecutarían sabotajes y anularían comunicaciones sin intervención humana, en una guerra orientada a derrumbar sistemas antes que ciudades.

Fuente: www.clarin.com

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