La frase de hoy, José Ortega y Gasset: “Tus convicciones más arraigadas, las que menos te hacen dudar, son las más sospechosas”


La vigencia del pensamiento de José Ortega y Gasset, al advertir sobre la rigidez mental, permanece intacta. El filósofo sostenía que las ideas que asumimos como verdades absolutas e incuestionables son, precisamente, las que más deberían alarmarnos.
Esta premisa no busca promover un escepticismo paralizante, sino fomentar una vigilancia intelectual constante frente a los dogmas personales. En un mundo donde la información circula con rapidez, la capacidad de dudar se convierte en una herramienta de supervivencia emocional y racional.
Cuando el individuo se aferra a una convicción sin permitir el beneficio de la duda, corre el riesgo de quedar atrapado en una estructura mental estática. Ortega y Gasset diferenciaba claramente entre las “ideas”, que son construcciones que uno tiene y defiende, y las “creencias”, que son el suelo que pisamos y de las cuales no somos plenamente conscientes.
La sospecha sobre lo más arraigado invita a salir de ese automatismo para recuperar el protagonismo sobre la propia existencia. Es un llamado a la reestructuración de nuestro mapa mental interno.
La psicología moderna respalda esta visión al señalar que el cerebro humano tiende a buscar la seguridad en lo conocido. El denominado sesgo de negatividad o los prejuicios de confirmación son mecanismos que refuerzan lo que ya creemos, evitando el esfuerzo de procesar información contradictoria.
Al dudar de lo que parece obvio, se abre una puerta hacia la resignificación de la realidad. Esta capacidad de otorgar un nuevo sentido a lo que sucede es lo que permite que una persona deje de ser una víctima de las circunstancias. Actuar sobre las propias convicciones requiere un ejercicio de sensibilidad e intuición similar al de un artista.
No se trata únicamente de lo que ocurre en el entorno, sino de la interpretación que se elige construir a partir de esos sucesos. El cuestionamiento de las certezas más profundas libera espacio para la resiliencia y el crecimiento personal. Al desconfiar de lo incuestionable, se evita la trampa de la polarización y se fomenta un diálogo más honesto con uno mismo y con la sociedad que nos rodea.
La sospecha sobre lo propio no es debilidad, sino una fortaleza que permite evolucionar en un entorno de cambios constantes. Al cuestionar esas certezas que parecen talladas en piedra, el individuo recupera la facultad de elegir quién quiere ser frente a lo que le sucede. Esta gimnasia mental es la que transforma una existencia pasiva en una vida auténticamente creadora.
Fuente: www.clarin.com



