La frase de hoy, Aristóteles: “Yo prefiero confiar sin fiarme”


El filósofo griego Aristóteles dejó una reflexión que sigue resonando en el presente: “Yo prefiero confiar sin fiarme”. La frase plantea una idea sencilla pero profunda: la confianza es necesaria para convivir con otros, pero no puede ser ciega. Entre la ingenuidad y la sospecha permanente existe un punto intermedio.

En la vida cotidiana solemos asociar la confianza con algo positivo. Confiar implica abrirse a los demás, esperar que las cosas salgan bien y construir relaciones. Sin embargo, cuando esa confianza se vuelve absoluta o irreflexiva puede transformarse en un problema.

Aristóteles advertía que muchas virtudes humanas nacen justamente de evitar los extremos. Una persona que desconfía de todo termina aislándose, incapaz de cooperar o establecer vínculos duraderos. Pero quien cree sin examinar corre el riesgo de caer en la credulidad.

Por eso proponía una actitud más matizada: confiar con prudencia. Es decir, mantener una disposición abierta hacia los demás, pero sin renunciar al juicio crítico ni a la experiencia acumulada.

En obras como Ética a Nicómaco y Retórica, Aristóteles analizó la confianza como una pasión que se opone al miedo. Para él, confiar significa esperar razonablemente que algo suceda de manera favorable. Esta expectativa no es buena ni mala por sí misma. Como ocurre con muchas emociones humanas, su valor depende de la forma en que se ejerce y del contexto en el que aparece.

Cuando la confianza se mantiene dentro de una medida razonable, permite construir amistad, cooperación y convivencia. Pero cuando pierde ese equilibrio puede convertirse en ingenuidad o en una fe injustificada. Por eso el filósofo insistía en que la virtud no está en los extremos. La prudencia consiste precisamente en encontrar ese punto medio que permite actuar con sensatez.

El pensamiento aristotélico defendía la idea de que el ser humano prudente evita las posiciones radicales. La desconfianza absoluta impide cualquier forma de convivencia y destruye los lazos sociales. Pero el extremo opuesto también resulta problemático. Quien se fía de todos sin examinar su carácter puede terminar siendo manipulado o engañado con facilidad.

Entre ambos extremos aparece la actitud que Aristóteles consideraba razonable: confiar sin abandonar el criterio. Es decir, aceptar la vulnerabilidad propia de cualquier relación humana, pero manteniendo siempre la atención y la reflexión. Este equilibrio exige observar las acciones, el carácter y los hábitos de los demás antes de depositar plenamente la confianza en ellos.

La idea aristotélica adquiere relevancia en un momento en que muchos pensadores hablan de una crisis de confianza en las sociedades contemporáneas. El filósofo español Jorge Freire ha retomado este concepto al criticar el cinismo moderno. Según él, el cínico vive sospechando de todo y termina desconfiando incluso de quienes le rodean más de cerca.

Otros pensadores han analizado fenómenos similares. José Antonio Marina advierte que la proliferación de “hechos alternativos” debilita la confianza en la verdad compartida. Por su parte, la filósofa Victoria Camps señala que el individualismo y la indiferencia han erosionado la confianza entre las personas. En ese contexto, la propuesta de Aristóteles vuelve a cobrar sentido.

Confiar sin fiarse no significa vivir con miedo ni con ingenuidad. Significa practicar una confianza consciente, guiada por la experiencia y la prudencia.

Fuente: www.clarin.com

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