“La bolsa o la vida. Los jóvenes y las apuestas online”. Escribe Lucas Perassi

Cuando uno se detiene a pensar la frase, descubre que encierra una paradoja: los jóvenes ludópatas no apuestan para cumplir sueños, sino porque han aprendido que los sueños ya no funcionan. Prefieren la estadística de una minúscula posibilidad de ganar un millón, antes que la incertidumbre vital de hacer un esfuerzo, de estudiar una carrera que quizá no les dé ni para el alquiler.

Pero empecemos por el principio. Hay un dato que me hizo correr un escalofrío por la espalda cuando lo escuché: algunos varones argentinos empiezan a apostar a los 11 años. ¡Once!!! A la edad en la que coleccionan figuritas del mundial, al mismo tiempo están apostando en aplicaciones que prometen riqueza instantánea.

Claro que no son adictos desde el primer clic. Primero está el videojuego, con sus loot boxes, las cajas sorpresa que operan con el mismo mecanismo de recompensa intermitente que las tragamonedas. Dice Santiago Bilinkis que las grandes empresas tecnológicas descubrieron (como las máquinas de Matrix), que al ser humano no hay que darle todo lo que quiere, sino que la forma más adictiva es un “sistema de recompensas variables intermitentes”. Por eso este sistema no lo usan sólo tragamonedas y videojuegos, sino también las redes sociales, para manipular el cerebro mediante la incertidumbre. En concreto: si te dieran todo lo que te gusta (y que ellos saben), no habría tanto scrolleo, y probablemente mucho menos FOMO (miedo a perderse algo).

Volviendo a los videojuegos, muchas veces el “vicio” comienza con la compra de loot boxes, para lo cual los niños deben usar la tarjeta de sus padres (con o sin permiso). Después, vienen las apuestas. La frontera es tan porosa que muchos no notan en qué momento cruzaron: de repente están usando la plata que les transfirieron los padres para el almuerzo en apostar al resultado de un partido de fútbol. O roban. Débora Blanca cuenta un caso dramático, el de un joven que consumió en apuestas los ahorros de toda la vida de su madre, destinados a comprarle a él un departamento. El juego le dejó la adicción, la culpa y la vergüenza… y se llevó gran parte de su futuro.

Ahora bien, ¿por qué lo hacen? ¿Qué parámetros culturales les estamos enseñando que un niño/adolescente/joven apuesta su vida a un todo o nada? La psicóloga es clara: los pibes dicen que quieren ser millonarios. Lo dicen así, sin eufemismos. Y esa crudeza es reveladora. El fin ya no tiene un medio: no es que quieren ser ingenieros, músicos, emprendedores, etc., para con ello hacerse ricos. Quieren hacerse ricos, directamente.

Algo parecido pasó hace unas décadas con el paso de los famosos (gente que aparecía en los medios por ser otra cosa: actores, cantantes, artistas, en general) a los mediáticos (gente que estaba y vivía en y de los medios, sin ser haber sido nada más que eso).

Acá, igualmente, el ser millonario es un fin en sí mismo. La riqueza es pensada como estado ontológico, no como consecuencia de un proyecto vital. ¿Por qué? Por un lado, porque han internalizado que el esfuerzo sostenido ya no garantiza nada. Que el título universitario puede terminar en un trabajo precarizado. Que el trabajo honesto (ese mantra que repetimos las generaciones anteriores) hoy apenas alcanza para sobrevivir. Y no menos importante, que el trabajo honesto sólo es la vía de los boludos, cuando el deshonesto te ofrece riqueza instantánea. ¿Para qué soñar con un futuro que requiere décadas de sacrificio cuando existe una app que te ofrece el mismo resultado en tres minutos? Una lógica que aparece constantemente en los discursos actuales sobre trabajos remotos, formas de emprender, etc., que te harán rico de un día para otro (y en eso engancha con el delito, como profundizaremos en otros artículos). Así, la apuesta compulsiva es una manifestación de un tipo de racionalidad más amplia, en un mundo quebrado que, sin embargo, promete el cielo a los más astutos. Es el homo economicus adolescente aplicando teoría de juegos a su propia existencia: si las probabilidades de éxito por la vía tradicional son mínimas y lentas, mejor apostar a la lotería existencial.

Volviendo a las condiciones de posibilidad, ayuda mucho una confusión generacional sobre el dinero: gracias a las transferencias instantáneas y las billeteras digitales, la idea de dinero se volvió algo líquida e intangible. Un adolescente no siente el billete en la mano, ni la billetera adelgazando en el bolsillo; la desmaterialización del dinero digital facilita su evaporación. Y muchos padres, en su afán de ser modernos y confiados, habilitan.

Pero no vamos aquí a culpar a los padres, sino que vamos a hablar de complicidades sistémicas. Los pibes apuestan desde sus cuartos mientras un coro de voces adultas susurran a su oído:

  • Hay influencers que posan frente a autos de lujo o yates promocionando casas de apuestas con la misma naturalidad con se promocionan zapatillas: “hacelo, es fácil, mirá cómo me hice rico yo”.
  • Hay un Estado que desregula, porque las arcas públicas necesitan recaudar, y cierra los ojos ante una industria que factura millones mientras destruye vidas: “hacelo, no pasa nada, es tan seguro e inocuo que ni siquiera hay que regularlo”.
  • Hay periodistas deportivos que meten las casas de apuestas en medio de los relatos: “hacelo, es divertido, ahora el deporte se vive de este modo con más intensidad”.

El discurso público no ayuda. Seguimos trivializando el problema (“es solo un juego”), culpando sólo a los padres que no controlan (“¿a dónde estaban?, ¿por qué le dieron el celular?, ¿por qué le habilitaron la tarjeta?”) o culpabilizando al chico que no puede salir. “Es cuestión de tener voluntad”, decimos, como si la voluntad pudiera contra algoritmos diseñados por equipos de psicólogos y matemáticos para maximizar la adicción; como si la adolescencia fuera el momento ideal para enfrentar a una industria multimillonaria; como si miles y miles de adultos, aún antes de toda esta revolución digital, no hubieran perdido ahorros, casas, autos, fortunas en el juego compulsivo.

Como si fuera poco, en ese marco general, el hecho de que exista el aparato, el teléfono, lo facilita todo. Antes, en el juego presencial, el cuerpo del adicto “dejaba rastros” (olía a cigarrillo, llegaba tarde, se ausentaba de un cumpleaños), pero en el juego virtual el cuerpo habita el mismo espacio que la vida real. El chico está apostando en el cumple de su hermana, en el viaje de egresados, en el colectivo de camino a la escuela. Al mismo tiempo, la patología se mimetiza con la normalidad social: nadie nota que estás jugando, porque todos estamos mirando nuestras propias pantallas.

Los padres, por eso mismo, ni enterados: crecimos con límites físico más claros, donde el casino era un edificio, el juego tenía un “cuerpo”, un lugar, un horario. Hoy tenemos que vigilar un peligro que no tiene rostro, y que vive en el mismo dispositivo donde nuestros hijos hacen sus tareas o hablan con amigos. Mientras sigamos permitiendo (como sociedad y como Estado) que las apps de apuestas operen con la misma libertad que una heladería, seguiremos formando generaciones que no sueñan con cambiar el mundo, sino con ganar lo suficiente para escaparse de él

Lo que nos lleva de nuevo a la frase inaugural: no es que los jóvenes no quieran soñar, no están pudiendo soñar, no los estamos dejando soñar. ¿Qué sentido tiene soñar con una profesión si tu tío ingeniero conduce Uber porque no hay laburo o un único sueldo ya no alcanza? ¿O qué sentido tiene soñar con emprender en una sociedad que exalta el camino rápido? ¿Qué sentido tiene soñar con el ascenso social si la estadística y la práctica demuestran que la mayoría de los que nacen pobres mueren pobres por más esfuerzo que hagan? Las conclusiones de Joseph Stiglitz para Estados Unidos son aplicables a la Argentina actual: en primer lugar, que la suerte de un individuo depende más del ingreso de sus padres que de su propio esfuerzo; y en segundo lugar, que el concepto de “movilidad social” (el “sueño americano” en EE.UU.) es actualmente más un mito que una realidad estadística, aunque sí tuvo mucho sentido en el pasado.

Las consecuencias de la ludopatía también tienen que ver con las clases: en los sectores más vulnerables, cuando el joven no puede saldar lo apostado, aparece como horizonte el narco: “Yo te pago la deuda, vos trabajás para mí”. En la clase media, quizás la deuda se liquida con algún ahorro de toda una vida, con la venta de un auto, o de una casa. Pero el daño psíquico es transversal: la ludopatía tiene el índice más alto de suicidio entre todas las adicciones. No es casualidad. El jugador que lo pierde todo, se siente un fracasado, siente culpa, siente vergüenza, no ve la posibilidad de un futuro más que por un golpe de suerte (que nunca llega). Es la bolsa o la vida.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es sólo cómo prohibir las apuestas, sino qué vidas, qué sueños estamos ofreciendo a cambio. Seguimos vendiendo la ilusión del millonario instantáneo por medio de apuestas, de inversiones (la timba financiera), de venta del cuerpo en Only Fans, por generación de contenidos digitales que se virilizarán solos, etc., etc., etc. hay una especie de “pensamiento mágico” que alimenta la misma lógica que destruye a los chicos. Los pibes no apuestan por estupidez; apuestan porque les enseñamos (con palabras y con hechos) que el atajo es la única vía, que el mérito es una ilusión burguesa, que la suerte, en un mundo desquiciado, es más confiable que el esfuerzo.

En fin, el drama no es que apuesten; el verdadero drama es que nuestros jóvenes ya no creen que exista otra opción. Y eso no es su culpa. Es nuestra.

En principio, necesitamos reconstruir (en lo discursivo, pero sobre todo en lo material) el valor del esfuerzo sostenido, del proyecto a largo plazo, de la satisfacción que viene del trabajo bien hecho. ¿Podemos, como sociedad, ofrecer un relato CREÍBLE donde estudiar, trabajar, esforzarse, tengan sentido?

Pero aquí hay otro problema inmediato: ¿acaso esas promesas tendrán sentido en un futuro próximo? Si la tecnología digital remplaza trabajadores, si la crisis económica provoca el cierre de empresas, ¿qué opciones vamos a proponerles a nuestros jóvenes que no sean el delito o la apuesta? ¿Cuál va a ser nuestra propuesta para un sistema donde solo tenga ingresos una minoría de personas? ¿O el futuro va a ser por pertenecer a esa minoría y los demás no importan?

¿Las apuestas online nos van preparando para el futuro, entonces, donde deberemos jugarnos al todo o nada? Porque ya sabemos: el todo siempre es de unos pocos, la nada es para casi todos.

*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



Fuente: www.lavozdejujuy.com

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