Fritz Haber, el científico que posibilitó la vida de millones de personas antes de ser el padre de la guerra química

Los inventos científicos se caracterizan tanto por el avance como por el peligro. Ya lo experimentó el propio Albert Einstein.

Si bien no participó del Proyecto Manhattan —el programa nuclear secreto de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial—, en 1939 el célebre físico escribió una carta de la que se arrepentiría tiempo después.

En ella le recomendaba al Presidente Franklin D. Roosevelt el apoyo a las investigaciones en energía atómica para adelantarse a los nazis ante una posible bomba de este tipo. Sin embargo, Einstein era pacifista, razón por la que años más adelante se lamentó enormemente al enterarse del bombardeo nuclear en las ciudades japonesas Hiroshima y Nagasaki.

El nacimiento de una nueva era en la alimentación humana

Un compatriota al teórico de la relatividad también atravesó con sus estudios la fina línea entre la vida y la muerte.

El químico Fritz Haber inventó, alrededor de 1910, el proceso de amoníaco, dando una solución vital a los agricultores. Es que hasta ese momento la suerte de los cultivos dependía de los abonos naturales como el guano (excremento de aves).

La producción de los cultivos se multiplicó con el innovador proceso. Foto: Profertil/Archivo

Desde su planta en la ciudad de Ludwigshafen, Alemania, el hombre —nacido en 1868— convirtió el nitrógeno atmosférico en amoníaco. Como respaldo tenía al gigante empresarial BASF.

Así nacieron los fertilizantes artificiales. Por semejante descubrimiento fue galardonado con el Premio Nobel de Química en 1918. El mismo que recibiría más de una década después su colega Carl Bosch, quien colaboró activamente con Haber.

Pero como contraparte a la alimentación de millones de personas se encuentran las negativas consecuencias ambientales.

Además de generar una huella de carbono, las aplicaciones inadecuadas y excesivas de estos productos químicos sintéticos pueden contaminar las aguas y el aire a causa del nitrógeno que liberan.

Es que la innovación tecnológica no se logró solamente con el “pan del aire” —como decía el eslogan de ese entonces— sino que el proceso requiere hidrógeno, pasible de ser obtenido mediante el gas natural.

El infierno posterior a Haber

Por otro lado, el proceso industrial que inició Fritz Haber derivó en la proliferación de destructivos “gases de la muerte”. Si bien no los llegó a ver, estos fueron perfeccionados durante la época de los nazis.

Concretamente, el Tercer Reich utilizó dosis concentradas del pesticida con base de cianuro Zyklon B para matar a millones de judíos en los infames campos de concentración.

Judío de origen, Haber se convirtió al cristianismo en su juventud. Ello no le valió de nada cuando la persecución antisemita se enquistó en el poder de su país.

Ypres, la ciudad belga donde Haber llevó a cabo su prueba mortífera. Foto: DPA / Picture-Alliance via AFP

“La vida de Haber fue la tragedia del judío alemán: la tragedia del amor no correspondido“, resumió Einstein, con quien supo tener un trato cordial y amistoso.

Pero había algo particular que lo diferenciaba: Haber jamás se retractó por lo que provocó. Por el contrario, lo defendió fuertemente.

En la década de sus 60 años, luego de servir a su patria tanto intelectual como militarmente —encabezó uno de los institutos de la Sociedad Kaiser Wilhelm y participó en la Primera Guerra Mundial— se fue de Alemania. Así, el científico y ferviente nacionalista evitó caer en Auschwitz, donde murieron varios de sus familiares.

En 1933 se dirigió a trabajar a la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña, pero estuvo allí solo un par de meses.

El ambiente hostil y el rechazo de sus colegas por lo que se conocía del veterano alemán —y que será contado a continuación— le pesaron demasiado. Finalmente viajó a Suiza, donde falleció por un ataque al corazón en la ciudad de Basilea en 1934.

El uso de gases letales en la Primera Guerra Mundial

Durante la Primera Guerra mundial (1914-1918), más precisamente el 22 de abril de 1915, Haber estuvo a cargo de la apabullante cantidad de toneladas de cloro que se extendieron en forma de nubes en la ciudad belga Ypres. En el asfixiante teatro de operaciones murieron miles de soldados y otros tantos empezaron a escupir sangre.

Dicho sea de paso, en el ámbito internacional ya se había condenado el uso de estas armas. En 1675, al firmar el Acuerdo de Estrasburgo, Francia y Sacro Imperio Romano Germánico acordaron prohibir el uso de “bombas cargadas de veneno”. Así se replicó a mayor escala en 1899, en la Primera Conferencia de Paz Internacional celebrada en La Haya.

Las tropas francesas fueron sorprendidas por el ataque con gas de cloro. Foto: Gonzalo Bonfante

Por su parte, desde el fin de la Gran Guerra se realizaron numerosos trabajos diplomáticos para instrumentalizar la prohibición de este tipo de armas, siendo 1968 el año en que se empezó a discutir por separado las biológicas de las químicas. Actualmente se encuentra en vigor —desde 1997— la Convención sobre las Armas Químicas, que tiene como objetivo “erradicarlas para siempre”.

El ascenso de Haber y su consecuente tragedia

Volviendo atrás en el tiempo, el ataque en Bélgica hacia los contrincantes de las potencias centrales precedió tanto la glorificación militar de Haber como un suicidio en su círculo más íntimo.

Casado con la química Clara Immerwahr, dentro del hogar las diferencias eran una efusión. La mujer —que fue la primera en doctorarse en la Universidad de Breslavia— no avalaba las aplicaciones militares de las sustancias mencionadas.

Haber (señalando con el dedo índice) durante la Primera Guerra Mundial Foto: Archivos de Max Planck Society

Entre las discusiones maritales, Haber llegó a excusar sus acciones con la idea de que las armas químicas eran más “humanas” que las convencionales porque “acortan las guerras”, señaló el docente argentino Miguel Katz en su apartado “La química y sus contextos: el caso Fritz Haber”.

Y acá empiezan los fatalismos personales: en el jardín de la casa berlinesa, Clara Immerwahr se disparó en el pecho con la pistola de su marido. Lo hizo no muchos días después de lo sucedido en Ypres, y antes de que Haber partiera nuevamente al frente, aunque ahora como capitán del ejército.

Clara Immerwahr dejó una sangrienta imagen a su hijo adolescente.

Fue justamente el episodio en Bélgica el motivo de designación del científico con el alto grado, a partir de un decreto imperial del káiser Guillermo II.

El dramático final que repitió el hijo de Fritz Haber

La tragedia familiar en Berlín dejó en soledad al hijo de Haber, de 13 años. El adolescente llamado Hermann había sido cuidado por su madre, relegada a las tareas domésticas ante un ambiente dominado por hombres en el área que la apasionaba.

Clara Immerwahr, la esposa de Haber, tenía un fuerte posicionamiento ético. Foto: Dominio público

De hecho, entre las cualidades que Haber destacó de ella estaba “su silenciosa colaboración”, según le dedicó en su libro Thermodynamik technischer Gasreaktionen (1905).

El primogénito de Haber, una vez adulto, emigró a los Estados Unidos. Pero a fines de 1946 repitió lo sucedido en su atormentadora historia familiar: Hermann se quitó la vida a los 44 años, la misma edad con la que partió su mamá, de quien jamás olvidó su última y ensangrentada imagen.

Vale destacar que parte del contexto de ese entonces eran los juicios de Nuremberg, donde jueces de los países Aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética) sentenciaron penas contra funcionarios del régimen de Adolf Hitler.

Los juicios de Nuremberg, una parte del contexto mundial que vivió Hermann Haber. Foto: EFE / Daniel Karmann

El oro en el mar y la inagotable devoción por Alemania

Desde 1917 a 1927 Haber sostuvo su segundo matrimonio con Charlotte Nathan —una secretaria desinteresada de la ciencia— con quien tuvo otros dos hijos. Ella fue quien acompañó al Premio Nobel durante el golpe anímico de la primera derrota bélica.

Ocurre que Haber fue considerado un criminal de guerra, aunque en sus propias filas ponderaron su papel en la Primera Guerra Mundial.

“Alemania no estaba predestinada a salir victoriosa de esta guerra. Que no sucumbiera ya durante los primeros meses ante la superioridad de los enemigos por escasez de municiones, dinamita y otros compuestos químicos de nitrógeno lo debemos, en primer lugar, a ti”, le escribió Heinrich Scheüch, Ministro de Guerra, en una carta con fecha 27 de noviembre de 1918.

La devoción de Haber incluso lo animó a intentar buscar oro disuelto en el agua de mar para las indemnizaciones que Alemania debía pagar. Sin embargo, ese proyecto no obtuvo un resultado satisfactorio.

Fuente: www.clarin.com

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