Federico Merke: “La idea de que si eliminamos al malo eliminaremos el mal es muy seductora, pero en política internacional casi nunca funciona así”

-¿Se puede definir como guerra abierta la cruzada de Trump y Netanyahu contra Irán ?

-No tengo dudas de que esto es una guerra y creo que es muy difícil saber cuál será el resultado final porque en estas circunstancias ya estamos lidiando con efectos de segundo y tercer orden. Por un lado, el conflicto es una remanente de la arquitectura de seguridad de Medio Oriente post-2001, no el eje ordenador del sistema global. En ese sentido, se parece a Irak 2003. Me refiero a un actor regional disruptivo que no desafía la hegemonía global de Estados Unidos de manera sistémica, pero que Washington opta por atacar. El problema es que la analogía es algo limitada porque en 2003 Washington podía actuar unilateralmente sin costo sistémico mayor.

-Hoy cualquier acción en el Golfo tiene consecuencias directas sobre las cadenas de suministro, sobre los servicios y el turismo, sobre el precio del petróleo que necesita China y sobre la posición de Rusia. Irán, por su parte, está haciendo lo posible por regionalizar el conflicto, golpeando a sus vecinos para generar turbulencia entre la población y los mercados.

-Hubo muchas amenazas mutuas previas entre ellos. ¿Qué factores cree que se dieron para llegar a un enfrentamiento tan duro como este?

-Lo que cambió fue la estructura de incentivos en la región. Por muchos años funcionó una suerte de disuasión mutua en donde Irán sabía que no podía ganar una guerra convencional, pero tenía la capacidad de provocar costos enormes cerrando el Estrecho de Ormuz, activando Hezbollah o desestabilizando aliados en la región. Estados Unidos, por su lado, ya tenía el freno puesto por haber ido primero a Afganistán y luego a Irak y ninguna administración quería otra guerra en el Golfo, lo que impulsó a Obama a negociar el JCPOA, el acuerdo nuclear con Irán de 2015. Hoy el acuerdo está pisoteado, la red de proxies iraníes está diezmada y el régimen iraní enfrenta una crisis interna brutal, económica, social y ambiental. A esto se suma que Trump no tiene los mismos frenos políticos que sus predecesores. El resultado es que Washington y Tel Aviv concluyeron que había una ventana de oportunidad para golpear a Irán.

-¿Estamos realmente ante la posibilidad de una tercera Guerra Mundial?

-Depende de cómo definamos “guerra mundial”. Si la definición, más bien laxa, es un conflicto entre grandes potencias con frentes simultáneos en múltiples regiones, hay elementos que apuntan en esa dirección: una guerra activa en Ucrania con EEUU y Europa de un lado y Rusia del otro, y ahora un conflicto abierto en el Golfo con ramificaciones globales. Pero una Tercera Guerra Mundial en el sentido clásico implicaría un enfrentamiento directo entre potencias que hoy son nucleares, y eso todavía no ocurrió. Lo que sí podemos decir es que el orden internacional que contenía estos conflictos se está desintegrando, y eso hace que episodios que antes se aislaban hoy se encadenen. Estamos menos ante una guerra mundial que ante un desorden mundial.

-¿Cuál es el nuevo orden del que habla Marco Rubio, secretario de Estado de Donald Trump?

-Rubio tiene razón en el diagnóstico, pero omite lo más incómodo: el principal disruptor del orden liberal no es China ni Rusia, es Estados Unidos. Es Washington el que está desmantelando las instituciones que construyó y reemplazando el multilateralismo por la lógica del “cada uno para sí”. Lo significativo es que cada vez más líderes están internalizando que esto no es una pausa ni un accidente. Es un cambio estructural sin vuelta atrás. Todavía no está claro cómo se cristalizará lo que venga. El riesgo no es un nuevo orden sino un desorden permanente.

-El siglo XX fue bipolar, con Estados Unidos y la Unión Soviética. El fin de la Guerra Fría trajo consigo la unipolaridad de Estados Unidos, que se fue resquebrajando. ¿Que nos dice el conflicto con Irán?

-El conflicto con Irán vuelve a poner en cuestión dos ideas muy repetidas sobre el sistema internacional contemporáneo: que el mundo se está reorganizando en zonas de influencia relativamente estables y que estamos entrando en una era multipolar. China es sin duda un actor desafiante en el plano geoeconómico, como comercio, tecnología, finanzas o cadenas de suministro, pero en el plano militar Estados Unidos sigue siendo, de lejos, la única superpotencia capaz de proyectar poder a escala global.

-¿Coincide con que es un mundo más inestable que el de antes y los cambios se dan más rápido que en el siglo XX por lo cual es más inestable aún ?

-Sí. Es así. Hasta más o menos la crisis de 2008, la geopolítica operaba dentro de un orden relativamente estable. Había conflictos, como Afganistán o Irak, pero se entendían como episodios dentro de un sistema que en lo esencial seguía funcionando. La geopolítica, incluso cuando era violenta, estaba al servicio de ese orden. Hoy ocurre algo distinto. La rivalidad entre potencias se dirige contra la infraestructura misma de la globalización como las cadenas de suministro, tecnología, sistemas financieros o estándares regulatorios. Por eso la sensación de inestabilidad es mayor. No es solo que haya más crisis. Es que las crisis ahora afectan directamente los mecanismos que hacían predecible la economía mundial.

-¿Con qué teoría coincide? ¿Con que Estados Unidos es un Hegemón Depredador -así lo definen en el último número de la revista Foreign Affairs- o con que estamos en un mundo de matones donde se impone el más fuerte?

-Creo que ambas captan algo de lo que está pasando. Por décadas, Estados Unidos actuó como garante del orden internacional diseñando reglas e instituciones que hacían el sistema relativamente predecible. Hoy Estados Unidos sigue siendo la potencia central, pero usa cada vez más las herramientas del sistema para competir estratégicamente, desde sanciones hasta controles tecnológicos. Desde afuera eso puede parecer una hegemonía más depredadora, pero también refleja algo más amplio, un mundo donde el poder pesa más que las reglas en general cuando se trata de las grandes potencias

-¿Con lo que han hecho Donald Trump y Netanyahu en Irán o lo que hizo Trump en Venezuela se legitiman acciones como la de Vladimir Putin en Ucrania?

-Rusia intenta hacer ese argumento, pero en mi opinión es una falsa equivalencia. Que otras potencias actúen de manera unilateral puede debilitar normas internacionales, pero eso no convierte automáticamente cualquier invasión en legítima. Invadir y anexar territorio de otro Estado sigue siendo una de las violaciones más claras del derecho internacional.

-Hay algo flotando en el sentido de que la maldad del capturado o eliminado (Nicolás Maduro o Ali Khamenei) justifica la acción unilateral. ¿Coincide ? Por lo menos en la opinión pública hoy prima esa idea…

-La idea de que si eliminamos al malo eliminaremos el mal es muy seductora, pero en política internacional casi nunca funciona así. Los conflictos rara vez dependen de una sola persona. Suelen reflejar rivalidades, intereses y estructuras de poder que sobreviven a los líderes. Además, si cada potencia se reserva ese derecho, el derecho internacional pasa a funcionar como un casting moral. Cada uno elimina a sus villanos favoritos. Por otra parte, Israel y Estados Unidos quieren hacer varias cosas con Irán, desde destruir su sistema de misiles hasta eliminar el apoyo a los proxies en el Líbano o Gaza, pasando por el desmantelamiento del programa nuclear. El problema es que nada de esto es posible sin un cambio de régimen. Y lograr eso será muy difícil desde al aire. La suma de éxitos tácticos no da un triunfo estratégico.

-Trump dijo que no importa si el futuro Irán es democrático o lo conduce un líder religioso, que lo importante es que quede castrado. Con Venezuela Delcy Rodríguez permaneció en un cogobierno con el republicano. ¿Qué está pasando?

-Venezuela hoy es una suerte de protectorado. El modelo es “decapitar y delegar”. Trump busca hacer eso en Irán, pero son dos casos muy distintos. La cultura estratégica de Irán se construyó a fuerza de muchas amenazas existenciales a lo largo de su historia. En la guerra contra Irak murieron mas de 250 mil hombres. Venezuela no dispara un tiro desde hace más de 100 años.

-¿Cree en la posibilidad de que Estados Unidos entre en una guerra real con China más allá de la rivalidad que enfrentan hoy?

-Es posible, pero poco probable. Ambos saben que una guerra directa sería extraordinariamente costosa. No solo militarmente, sino también para la economía mundial. El escenario más plausible no es una guerra total sino una competencia cada vez más dura, con episodios de tensión alrededor de lugares como Taiwán, pero con incentivos muy fuertes para evitar que el conflicto escale.

-¿En este mundo qué espacio puede ocupar Argentina con o sin Milei?

-Con o sin Milei, el desafío es parecido y consiste en estabilizar la economía, crecer y construir una política exterior predecible. Sin eso, el problema no es qué lugar ocupa Argentina en el mundo, sino que el mundo deja de prestarle demasiada atención. En política internacional la credibilidad se construye con consistencia en el tiempo. Y ese ha sido históricamente el talón de Aquiles argentino.

¿Qué opina de la política exterior que exhibe el gobierno de Milei?

-Milei quiere hacer negocios con muchos pero hablar con pocos, combinando diplomacia identitaria con política comercial pragmática. Al final, reduce mucho la banda ancha de la inserción del país y apuesta casi todo por un solo caballo; no desarrolla una red, no amplia vínculos, desprecia el multilateralismo y la acción colectiva. Creo que está haciendo una apuesta que, de triunfar, puede tener un rédito pero ante una crisis la Argentina quedará muy sola.

-¿Es bueno o malo lo que hace Milei en su incondicionalidad con Trump ?

-En política internacional los gobiernos no suelen apostar por personas, sino por intereses. Los alineamientos duraderos suelen construirse con Estados y con sistemas de reglas, no con líderes específicos. Apostar por un líder del exterior me suena más a religión que a política. Cuando la apuesta se vuelve demasiado personalista, la estrategia queda atada al ciclo político de otro país. Y eso introduce un grado innecesario de fragilidad.

-Washington quería a un Milei liderando un bloque de derecha, y Milei se entusiasmó y dijo que lo iba a ser pero, no va a cumbres, y este sábado se lo vio en una foto en primera fila junto a Trump y en otra en segunda fila detrás de Trump. ¿De qué habla esa foto?

-La foto captura el dilema de la política exterior de Milei. Quiere ser el líder de una derecha regional, pero actúa más como un fan distinguido del trumpismo global. En política internacional la proximidad al poder no sustituye al poder.

Académico y especialista en relaciones internacionales

La popularidad de Federico Merke en el ámbito académico se extendió cuando dirigió la maestría de Política y Economía Internacionales de la Universidad de San Andrés, cargo de gestión que ya no ocupa. Profesor asociado hoy de la UdeSA es un académico que interesa por los momentos de transición del orden internacional. Su trabajo explora la geopolítica, la economía global y el cambio climático que, señala se entrelazan para redefinir el poder y las reglas del sistema internacional. También ha dicho que desde América Latina, se observa un mundo donde los Estados vuelven a competir, las cadenas de suministro se politizan y la transición energética abre nuevas disputas.

Usted focalizado estudios en temas como el cambio climático y el Sur Global que entran de lleno en el debate entre soberanistas y globa listas. Usted para Trump sería un woke y para Milei “un zurdo” ¿Cómo cree que se va a resolver esa dicotomía que se ha convertido en un debate y pelea política feroz?

Si para Trump soy “woke” y para Milei “zurdo”, probablemente sea porque el debate se volvió muy tribal. El mundo real es menos ideológico: los Estados quieren soberanía, pero también necesitan cooperación para problemas que no respetan fronteras. La política internacional siempre fue esa mezcla. El problema hoy es que muchos prefieren etiquetas antes que análisis.

-¿Qué observa de América Latina? Hay euforia por el fin de las izquierdas “rosas” en Bolivia, en Chile, por la captura de Nicolas Maduro y el reclamo de caigan las dictaduras de Venezuela, Cuba y Nicaragua. ¿Cree hay una ola compacta hacia la derecha?

-La derecha está avanzando, no cabe duda. Pero no veo una ola ideológica compacta hacia la derecha. América Latina sigue votando más contra los gobiernos que a favor de proyectos ideológicos. Cuando la economía o la seguridad fallan, los electorados cambian de signo político. Por eso la región oscila: más que un giro a la derecha, lo que vemos es volatilidad política.

-¿Cómo lee el hecho de que llamado progresismo se confundió en no condenar fenómenos de resistencia que se transformaron en dictaduras de izquierda o creyendo que, al combatir a Estados Unidos o Israel, el régimen de Irán, o grupos como Hezbollah o Hamas han sido represores de mujeres, minorías y propagadores de la violencia terrorista?

-El progresismo suele caer en una simplificación: si alguien desafía a Estados Unidos o a Israel, entonces debe ser parte de la resistencia. Este razonamiento confunde antiimperialismo con emancipación. El problema es que la política internacional está llena de actores que son anti occidentales y, al mismo tiempo, profundamente autoritarios. La política exterior es el reino de los dilemas, donde los valores chocan con los intereses o un valor choca contra otro valor.

Federico Merke 
Foto: Mariana Nedelcu

ITINERARIO

Federico Merke es Profesor Asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad de San Andrés e Investigador Independiente del CONICET. Especialista en geopolítica, cambio climático y política exterior latinoamericana. Durante 15 años trabajó en la formación de diplomáticos en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. En 2025 publicó “¿Por qué no queremos salvar el mundo?” (editado por Siglo 21), un libro que explora por qué la humanidad conoce el problema climático pero no logra resolverlo, cruzando geopolítica, economía y sociedad. Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador. Hizo su maestría en Estduios Internacionales en la Universidad de Warwick con una beca Chevening del gobierno británico, y se doctoró en FLACSO, donde investigó entre identidades políticas y política exterior de Argentina y Brasil. Nació en Buenos Aires en 1971. Anteriormente coeditó con Juan Gabriel Tokatlian una edición con múltiples autores sobre lo que llamaron “La impetuosa irrupción del sur. Como Asia, America Latina y Africa ganan protagonismo en un mundo fragmentado”

AL TOQUE

Un proyecto: Un libro sobre la geopolítica de las cosas

Un líder: el ex primer ministro Tony Blair (Reino Unido)

Un recuerdo: pasear a caballo en Parque Camet

Una sociedad: la argentina

Un placer: jugar al tenis

Un sueño: una sociedad más integrada

Una pelicula: Sophie Scholl, de Marc Rothemund!

Una serie: Extrapolations}

Un libro: La crisis de 20 años de E. H. Carr

Fuente: www.clarin.com

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