Erasmo de Rotterdam, filósofo humanista neerlandés: “La verdadera sabiduría consiste en conocerse a uno mismo”


Erasmo de Rotterdam (1466-1536) fue un filósofo humanista, filólogo y teólogo católico neerlandés, una de las figuras más reconocidas del Renacimiento europeo. Su frase “la verdadera sabiduría consiste en conocerse a uno mismo“, tiene siglos de inspiración detrás y aún hoy en día una vigencia inédita.

El autor de “Elogio de la locura“, una sátira en la que critica la sociedad de su tiempo, fue respetado tanto por sus pares académicos como reyes y religiosos. Sus escritos incluyen traducciones, libros, ensayos y oraciones, entre otros.

Sin alejarse del catolicismo y sin quererlo, fue uno de los impulsores de la Reforma Protestante al ser autor de críticas a la Iglesia, con declaraciones, anotaciones y comentarios que influirían para tal fin.

“La verdadera sabiduría consiste en conocerse a uno mismo”: la frase de Erasmo de Rotterdam

Sus palabras no dan ningún concepto nuevo para pensar el autoconocimiento, pero tiene una “vuelta de tuerca”. Es que la frase “Conócete a ti mismo“, se trata de uno de los aforismos más famosos de la antigüedad y se encontraba escrito como “Gnothi Seauton” en el Templo de Apolo en Delfos.

Aquel santuario que para los antiguos griegos era el “ombligo del mundo“, fue testigo del origen de esa frase, que se interpretó miles de veces. Los autores antiguos le daban un significado práctico que le recordaba al ser humano su propia condición mortal: no son dioses y deben conocer su finitud.

El aforismo luego alcanzó más trascendencia a través de Sócrates. El filósofo ateniense lo tomó como una misión de vida y reinterpretó la máxima muchas veces, hasta elevarlo a categoría de herramienta filosófica.

Erasmo de Rotterdam retoma este legado clásico pero le añade la pata del humanismo renacentista: el autoconocimiento transciende el reconocer la finitud, ya que se trata de una herramienta fundamental para la libertad individual.

Para el pensador neerlandés, conocerse a uno mismo era algo inevitable y un paso necesario para cualquier transformación espiritual. No hay sabiduría si no se conocen los límites de hasta dónde se puede llegar. Cabe para cualquier actividad práctica o sentimental: si no sabemos lo que podemos dar, no lo haremos de la mejor forma.

El autor sostenía que la verdadera ceguera no era la falta de vista, sino la falta de introspección (mirarse y reconocerse por dentro). Como toda su apuesta de pensamiento, la propuesta es sencilla: mirar hacia adentro para actuar mejor hacia afuera.

Esta “vuelta de tuerca” del renacentista ante el aforismo griego, sugiere que nadie puede ser verdaderamente sabio si no se conoce. Hay que identificar lo que nos mueve, lo que nos apasiona, los errores y virtudes, para poder dar más.

Fuente: www.clarin.com

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