El relevante papel que jugó la Iglesia en los acontecimientos previos al último golpe militar

A medio siglo del golpe va saliendo a la luz el relevante papel que jugó discretamente la Iglesia católica en torno a los acontecimientos que darían paso a la instauración de la última dictadura militar. Desde conservaciones con la presidente Isabel Perón para convencerla de que supuestamente no estaba bien informada de la gravedad de la situación del país y considerar su posible renuncia a ser la mediadora y portadora de su dimisión tras su derrocamiento.
El rol de los obispos surge con nitidez de la desclasificación de los archivos de la Iglesia en el país y del Vaticano volcada en “La verdad los hará libres”, una monumental obra de investigación en tres tomos encomendada por la Conferencia Episcopal a la UCA sobre la actuación de la Iglesia católica frente a la violencia en la Argentina entre 1966 y 1983 que fue difundida en 2023 tras cinco años de trabajos de un grupo de académicos.
El importante rol de la Iglesia en los acontecimientos previos al último golpe militar.Los archivos no sólo reflejan que la cúpula eclesiástica –por entonces muy mayoritariamente conservadora- no sólo estaba al tanto de la gestación del golpe, sino que la mayoría de los obispos lo avalaron porque consideraban que la violencia política que vivía el país, signada por los atentados terroristas, era insoportable y era urgente que se restableciera la paz como lo muestra un documento que difundieron dos meses después del golpe.
Revelan esos archivos que el entonces presidente de la Conferencia Episcopal, el arzobispo Adolfo Tortolo, le solicitó al teólogo dominico Domingo Basso un informe sobre la “guerra justa” porque los obispos querían contar con un “sólido fundamento teológico-moral respecto de qué era lo lícito o lo ilícito” en la lucha contra la subversión y que le fue entregado en noviembre de 1975.
Con párrafos concesivos hacia los alcances de la respuesta violenta, los investigadores dicen que Tortolo “utilizó algunos de sus argumentos” del informe en una reunión de obispos de marzo de 1976 en la que estos “estaban preocupados por la posibilidad de que hubiera un golpe de Estado y que esto llevara a una represión del Estado o una ‘guerra interna’ como Tortolo les explicaría”.
Los investigadores consignan que Tortolo “mantenía una cercanía espiritual con la presidente, quien depositaba en el arzobispo una gran confianza. Puede decirse -añaden- que la relación entre ambos superaba lo estrictamente institucional. Por ejemplo, en la Navidad de 1975, Tortolo había preparado un texto para que la presidente lo expusiera públicamente en un momento de particular preocupación por la creciente violencia”.
Cuentan, además, que “a inicios de febrero de 1976 la primera mandataria le solicitó una entrevista a Tortolo” en la que la viuda de Perón comenzó manifestándole cuál era el motivo principal de la reunión: decirle que “no iba a renunciar al cargo” e incluso agregando: “‘de aquí me sacan muerta’”. Y que monseñor Tortolo llegó a decirle: “Usted es una mujer cautiva que no está debidamente informada”, cosa que ella negó.
Isabel Perón le explicó que no podía renunciar “porque había recibido un legado de Perón y porque, de hacerlo, correría un ‘río de sangre’”. Tortolo le advirtió que las Fuerzas Armas estaban preocupadas por muchas cosas, entre ellas por la posibilidad de que “la guerrilla se engrose con peronistas”. Al final ella le dijo: “Haré lo que Dios me pida. Si la voluntad de Dios es que me quede, me quedo, si no, no”.
Los investigadores señalan que “la relación entre ambos se mantendría aún después del golpe y durante la reclusión en ‘El Messidor’ (Isabel Perón estuvo cinco años presa en la residencia del gobernador de Neuquén)”, al punto que Tortolo jugó un papel importante tras su derrocamiento al oficiar de mediador para la firma de su renuncia y ser el correo que le llevó el documento a las autoridades de facto.
“Como puede inferirse, el presidente de la Conferencia Episcopal -que era a la vez vicario castrense- estuvo informado acerca de los acontecimientos y comunicaciones que se estaban dando en los días inmediatamente previos al golpe”, dicen y señalan que en la reunión de obispos de marzo informó sobre su reunión con la presidente y “el pensamiento de las Fuerzas Armadas en la situación actual del país”.
Tortolo les expresó su preocupación acerca de “bajo qué signo se haría la revolución” porque dijo tener información de que “hay una serie de individuos que están preparados para integrar el eventual nuevo gobierno que son de un signo marcadamente liberal”, mientras que el arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, sumó que el “entorno” de los revolucionarios “está formado por masones”.
El importante rol de la Iglesia en los acontecimientos previos al último golpe militar.Tras analizar allanamientos de sedes religiosas y detenciones de sacerdotes ocurridas en los últimos meses, los obispos acordaron difundir una declaración que ya venían pergeñando en su próximo plenario, previsto para mediados de mayo. En ese pronunciamiento afirmaban que “el Estado no cumple con su misión cuando se transforma en un mero espectador de los atropellos, del caos o de los diversos tipos de inmoralidades”.
Decían que no podía pretenderse que “los organismos de seguridad actuaran con pureza química de tiempo de paz, mientras corre sangre cada día; o que se arreglaran desórdenes, cuya profundidad todos conocemos, sin aceptar los cortes drásticos que la solución exige; o no aceptar el sacrificio, en aras del bien común, de aquella cuota de libertad que la coyuntura pide; o que se buscara con pretendidas razones evangélicas implantar soluciones marxistas”.
Pero también marcaban límites si “en el afán por obtener esa seguridad que deseamos vivamente, se produjeran detenciones indiscriminadas, incomprensiblemente largas, ignorancia sobre el destino de los detenidos, incomunicaciones de rara duración”, o si “se confundieran con la subversión política con el marxismo o la guerrilla los esfuerzos generosos, de raíz frecuentemente cristiana, para defender la justicia, a los más pobres o a los que no tienen voz”.
En definitiva, uno de los investigadores, el historiador, politólogo y teólogo Federico Tavelli, dice que la mayoría de los obispos que ocupaban los puestos más importantes en la Iglesia “estaban bastante de acuerdo con el golpe porque consideraban que la situación de violencia era muy grave y había que restablecer la paz” y que “si bien algunos pensaban que la represión iba a ser dura y requería tolerar algunas cosas, no en la dimensión en que sucedió”.
En pos de tener en cuenta el clima de época, el cardenal Jorge Bergoglio dice en el libro “El jesuita” que en los meses previos a la irrupción de la dictadura “casi todo el mundo comenzó a ‘golpear las puertas de los cuarteles’ para que el gobierno fuese derrocado. “El golpe -señaló- lo aprobaron casi todos, incluso la inmensa mayoría de los partidos políticos (…) aunque también es verdad que nadie, o muy pocos, sospechaban lo que sobrevendría”.
Hubo, sin embargo, alguna que otra voz preclara en la Iglesia como el director de la revista católica Criterio, por entonces el padre Jorge Mejía, quien en el editorial de la edición de marzo de 1976 afirmaba que “para nosotros no se han agotado las posibilidades de cambio dentro del régimen. Sigue abierta la posibilidad de influir en el gobierno, sigue abierta la instancia electoral y hay libertad suficiente para organizar una mayoría alternativa”.
Mejía -quien llegaría a ser cardenal y Bibliotecario y Archivista de la Santa Sede- advertía que “al carecer de legitimidad de origen, la lucha política e ideológica contra la guerrilla se le hará terriblemente dificultosa a un gobierno militar. Porque la guerrilla lo sabe, está buscando el golpe desde que accedió el peronismo al poder. ¿No hay una manera más civilizada de decidir quién manda en una sociedad que el recurso a la fuerza?”.
Y concluía sus proféticos conceptos que casi nadie o muy pocos estaban dispuestos a prestarle atención en aquel momento: “Si la prioridad nacional es acabar con la guerrilla y las demás formas de violencia, la primera preocupación debería ser organizar la paz”.
Fuente: www.clarin.com



