El periodista y escritor argentino Ceferino Reato y su nueva obra

Los indultos a militares y guerrilleros fueron la medida más controvertida del presidente Carlos Menem para fundar la “pax menemista”, un período de estabilidad y predominio político para el cual debía calmar la interna militar, seducir a los antiperonistas y mantener el respaldo de las bases del peronismo.
Ocurrió en el primer año y medio de su gobierno, entre el 8 de julio de 1989 -asumió cinco meses antes por una gravísima crisis económica y social- y el 31 de diciembre de 1990, cuando todavía no había dado con la tecla salvadora de la Convertibilidad, el plan económico basado en la paridad 1 a 1 entre el peso y el dólar.
En un país regido por la “ley del odio”, según la definición de 1910 del jurista y escritor riojano Joaquín V González, la “pax menemista” abarcó también el sorpresivo abrazo con el almirante Isaac Rojas, emblema del antiperonismo, que tanto molestó a peronistas y “gorilas”; la construcción del primer monumento a los muertos en Malvinas en Buenos Aires, que fue tan resistido, y la repatriación de los restos del brigadier general Juan Manuel de Rosas, odiado por sus rivales unitarios.
El Menem de este libro no es el engalanado que recibe halagos y homenajes en los años dorados de la Convertibilidad; tampoco, la caricatura de un político exótico, sino que es el Menem que prueba un sendero propio, y que no puede saber si eso lo llevará a algún lado. Mientras tanto, disfruta de todos los oropeles del poder, desde los partidos con Maradona y la Ferrari colorada hasta las fiestas con vedettes y actrices.
TAPA | VIDELA Y FIRMENICH EN SUS PRIMERAS APARICIONES PÚBLICAS LUEGO DEL INDULTO.
En aquel primer año y medio, el país anduvo a los tumbos, entre volteretas ideológicas, decisiones polémicas, rebrotes inflacionarios, escaramuzas con la primera dama, corrupción, peleas internas y hasta un nuevo levantamiento militar. A pesar de todo, Menem nunca perdió el control de la agenda y mantuvo una elevada imagen positiva.
Luego de 2003, el relato apabullante del kirchnerismo instaló que los indultos de Menem habían sido impulsados por los militares condenados por violaciones a los derechos humanos, pero eso no es verdad. Más aún: algunos estuvieron a favor, como el ex almirante Emilio Massera, pero otros no porque el indulto borraba la pena y no el delito y, como consideraban que no habían cometido ningún crimen, querían ser reivindicados por su “victoria en la guerra contra la subversión”.
Era el caso del exdictador Jorge Videla, quien se veía en la cárcel como “en un puesto de combate”; como “un preso político, un símbolo de la lucha por la reivindicación de la guerra victoriosa que las Fuerzas Armadas liberaron para defender a la República, atacada por el terrorismo marxista”, según dijo el día anterior a la primera tanda de indultos, el 6 de octubre de 1989, al periodista José Gobello para el libro “Charlas en la Cárcel (Con Videla)”, que permanece inédito. Además, en aquella tanda, la más masiva, fueron más los guerrilleros perdonados (64) que los militares (39).
En realidad, las medidas de “pacificación y reconciliación nacional” fueron propiciadas por los exmontoneros, reciclados como una corriente interna del peronismo aunque mirados con desconfianza por otros sectores partidarios. Y apoyados por exguerrilleros de otros grupos, como los “erpianos” del Ejército Revolucionario del Pueblo, que pertenecían a una izquierda clásica, marxista, sin los componentes nacionalistas o peronistas que distinguían a los seguidores de Firmenich.
Ahora es un empresario experto en negocios que no son para cualquiera -seguridad y defensa-, con sólidas amistades militares y policiales, y relaciones asombrosas en Israel y Estados Unidos, sus enemigos de los 70, pero en marzo de 1988, treinta y ocho años atrás, Mario Montoto solo buscaba coronar su militancia montonera con un indulto que liberara de la cárcel a su jefe y amigo, Mario Firmenich.
Faltaban varias horas para el acto en Punta Alta, la mayor base de la Armada, a unos seiscientos setenta kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Menem -el candidato ungido por el excomandante Firmenich y los montoneros- recién se había despertado de la siesta.
“Carlos, mirá, te quiero leer una serie de puntos de algo que nosotros pensamos -le dijo Montoto apenas entró en la habitación del hotel-. Es el momento para que en tu discurso metas algún tema que te diferencie y ofrezca un futuro mejor. Y acá nomás esta la base más importante de la Marina; podes empezar a ganar el voto de la familia militar”.
Menem lo miró con desconfianza, todavía adormilado. Corría desde atrás en la interna del peronismo frente a Antonio Cafiero, el favorito para el 8 de julio de 1988. ¿Cómo podía ganarle ese exótico candidato de la pequeña y marginada La Rioja al poderoso gobernador de la provincia de Buenos Aires, el principal distrito electoral, que, además, controlaba el aparato político partidario y sindical?
En calzoncillos, Menem se acomodó la cabellera y se sentó en la cama toda revuelta, con los ojos más cerrados que abiertos. Montoto comenzó su letanía.
-Es hora de que los argentinos dejemos de mirar hacia el pasado y abramos los brazos a un futuro de unidad nacional, sin rencores ni persecuciones. Solo así podremos superar la crisis terminal que estamos viviendo. Para ello, debemos dejar atrás la violencia de un lado y del otro a través de la autocrítica sincera de todos los sectores y de medidas de pacificación nacional que vuelvan a hermanar a militares y civiles…
-No, Marito, pedime cualquier cosa menos algo así para estos milicos hijos de puta que, cuando me tenían preso, ni me dejaron ir al entierro de mi madre.
-Me parece que te equivocás. Hay que mirar para adelante, y quién mejor que vos para hacerlo, que estuviste preso tantos años.
-No, Marito, eso no… Los militares del Proceso son unos hijos de puta.
“Y yo me sentí el tipo más frustrado del planeta -recordó Montoto- por su respuesta, pero principalmente porque le había leído todo eso a un tipo que estaba sentado en la cama, pero que para mí se dormía”.
CHAMICAL 1989 | PRIMERA TANDA DE INDULTOS (GENTILEZA VÍCTOR BUGGE).
Montoto estaba tan molesto que no quiso subir al palco: “Me quedé abajo, con la gente. Veía que mientras lo presentaban y hablaban otros dirigentes, Menem me miraba y me miraba; cuando le tocó el turno, lanzó por primera vez la propuesta de pacificación nacional repitiendo prácticamente todo lo que le había dicho. Le habló a la ‘familia militar’ de un futuro ‘sin rencores ni persecuciones’. íEste hijo de puta, y lo digo con admiración, no solo no estaba durmiendo sino que se había aprendido todo memoria!”.
Montoto se puso contento no solo por su amigo preso en Devoto -eran tan cercanos que se convirtió en padrino de una de sus hijas- sino también por él porque quería cambiar de piel y dejar atrás, para siempre, el nombre de guerra, Pascualito, que lo perseguía como una marca. “Se lo había dicho a Firmenich: ‘El día que te saque de acá adentro, me retiro’, y luego también a Menem, de quién me hice muy cercano: ‘El día que lo saque, me voy'”.
El acto en Punta Alta soldó definitivamente el acuerdo entre Menem y los montoneros, que, tras la derrota militar y el abandono de las armas al final de la dictadura, se habían reciclado primero en el Movimiento Peronista Montonero y luego, a partir de 1985, en el Peronismo Revolucionario.
Eran dos los puntos principales del acuerdo:
1)- La liberación de Firmenich, el exnúmero uno de Montoneros, Pepe su nombre de guerra, condenado a treinta años de prisión por el secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, que incluyó el asesinato del chofer Juan Carlos López y de Alberto Bosch, gerente de Molinos Río de la Plata, una de las empresas del grupo Bunge & Born.
Cuando comenzaba la campaña interna del peronismo, Pepe Firmenich tenía todavía para mucho tiempo en la cárcel, hasta el mediodía del 13 de febrero de 2014.
2)- Por las causas judiciales reabiertas por el presidente Raúl Alfonsín ya en 1983, otros jefes montoneros estaban prófugos, como los excomandantes Rodolfo Perdía y Fernando Vaca Narvaja, así como exgobernadores, entre ellos Oscar Bidegain, de Buenos Aires, y Ricardo Obregón Cano, de Córdoba.
Tampoco podía volver al país Rodolfo Galimberti, que fue el jefe militar de Montoneros en la zona norte del conurbano bonaerense; la persona que organizó y ejecutó el secuestro de los Born. (Ceferino Reato, periodista y escritor, extraído de su último libro “Pax menemista”).
Fuente: eltribunodejujuy.com



