El jugador del Ascenso que sobrevivió a la muerte y hoy sueña con la Primera B :: Olé

El capitán de la ilusión llamada Victoriano Arenas. El caudillo en el fondo del equipo de Valentín Alsina que está segundo y que tiene aspiraciones de jugar por primera vez en sus 98 años de historia, en la Primera B. Ese es Sebastián De Luca. Un central férreo que, a base de esfuerzo y una carrera entera en el Ascenso, se ganó los pergaminos de muchos clubes de categorías menores. Hoy, a sus 36 años, goza de un presente envidiable. Pero claro, unos 15 años atrás, cuando era un pibito, la vida le puso un partido más que complicado: una bacteria le afectó el cuerpo y solamente le habían quedado sanos el pulmón izquierdo y el corazón. Hasta pensó que no se despertaría: “Soy un tipo muy energético porque literalmente charlé con la muerte”, le dijo a Olé.

El capitán de CAVA.El capitán de CAVA.

El defensor se abrió y contó cómo transitó esa enfermedad que casi le cuesta la vida, la pelea con Pablo Vicó que lo marginó de Brown de Adrogué, su otro trabajo además del fútbol y su sueño luego de colgar los botines. Mirá.

Sebastián De Luca con Olé

-¿Cómo fueron tus formativas?

-Yo arranqué de chiquito, como la mayoría. Me fui a un club de baby que se llamaba Club Esperanza gracias a Nahuel Fantín, con quien hoy en día sigo teniendo vínculo. Lo traigo a la nota porque gracias a él arranqué y es importante saber que el fútbol une para el resto de la vida. Después del Esperanza me fui al Club Castelli y ahí hice todo el resto del ciclo de baby. De hecho, salimos campeones y yo era el capitán. Siempre tuve una característica muy aguerrida y de entrenar mucho, calculo que por eso me elegían como capitán en varios de los lados donde estuve.

-¿Venís de familia futbolera?

-Sí, siempre, toda la vida. Siempre jugaba con categorías más grandes gracias a jugar desde chico. Incluso en cancha de 11 me pasaba lo mismo: la pre-novena era 89 y yo ya estaba ahí, siendo 90. Después me fui a Brown de Adrogué, donde hice la Novena División. Y en Octava dejé de jugar porque tuve un problemita con un histórico del club, Pablo Vicó…

—Me quebré el codo derecho en un partido en la cancha auxiliar de Brown de Adrogué. Imaginate: un nene de 13 años, cortito de estatura, que todavía no pegaba el estirón… En el colegio me decían “garrafita”. Después de quebrarme quedé medio gordito, y el DT me tomó de punto. Hasta que en un momento no aguanté más y lo mandé a cagar. Claro, después me dijeron que fuera a buscar el pase. Quedé libre automáticamente. Y acá viene algo muy interesante y gracioso de cómo juegan los momentos. Porque me fui a probar a Talleres de Remedios de Escalada y a Los Andes. En Talleres me probé de 8, como jugaba siempre, pero en Los Andes me probé de 9. Tuve tanta suerte que en dos amistosos metí tres goles y quedé en los dos lados: en Talleres como volante y en Los Andes como 9. En ese momento, Los Andes no estaba tan bien en la Primera B Metropolitana y Talleres sí, peleando para ascender a la B Nacional. Entonces elegí Talleres de Escalada. Ahí hice desde la Octava División en Liga Metropolitana hasta la Cuarta en AFA, donde salimos campeones.

-Sí, de hecho, a Primera División subo como 4. No soy un virtuoso con la pelota. Cuando llego a Primera, que, subía y bajaba siempre, Talleres desciende a la C y Los Andes asciende a la B Nacional. ¡Mirá las vueltas de la vida! Por eso el fútbol es tan lindo, porque no hay una fórmula secreta ni una ciencia exacta. Cuando yo alternaba en Primera, estaba Ricardo Rodríguez, RRDT, y tenía de ayudante de campo al hermano de Bochini. Él me dijo: “Sebastián, vos no tenés que ser 4. Aunque seas medio petiso para la función, vos tenés que ser central”. Así que, después de hacer todas las inferiores de 9, de 8 y de 4, llegando a Primera me pusieron de 2. A tal punto que ese mismo año, por rendimiento, me llevaron a la Selección del Ascenso en el 2010. Fueron cuatro meses gloriosos. Salimos campeones en Cuarta, yo era el capitán, pero recién me subieron a Primera cuando el club descendió.

-¿Y ahí seguiste en el club?

Sí, pero no por mucho. En 2011 viene Osvaldo Ruggero como DT a Talleres. Los primeros seis meses fui al banco y no entré ni un minuto. Me condenó un partido en la cancha de Argentino de Merlo. Ruggiero se me acerca y me dice: “De Luca, usted está todo el día con una sonrisa en la cara y nunca juega”. Y yo, por mi respuesta, creo que me gané el no ser citado nunca más. Le dije: “Sí, estoy feliz porque sé que cuando me toque entrar no salgo nunca más, por eso usted no me pone”. Efectivamente, no me puso más.

-Te peleaste con Vicó y con Ruggero siendo un pibe…

-Soy de defender bastante los principios. La coherencia para mí es fundamental. Trato de ir siempre con la verdad, y por ahí eso duele o choca. Puede sonar medio chocante, pero yo digo lo que siento. Ojo, tiene sus consecuencias, y me pasa hasta el día de la fecha. En Deportivo Merlo, el lugar donde ascendí a la B Nacional. Fui, les canté las cuarenta y me limpiaron como a un ajo. En Claypole me lastimé el tobillo.. Yo sentía que había algo más, porque conozco mi cuerpo. Le fui a plantear esto a los médicos y en el club dijeron: “De Luca tiene problemas psicológicos”. ¿Qué hice? Me pagué la resonancia por mi cuenta y tenía dos ligamentos rotos. Me enteré 45 días después de haberme lesionado. Fui, junté a todo el cuerpo técnico y a la junta médica y les dije: “Discúlpeme, este muchacho no me atiende nunca más. Es una falta de respeto, tengo 33 años, soy un profesional y no vengo acá a que cuestionen mi psicología, vengo a defender mi trabajo”. Se lo dije en la cara. Lógicamente, me pasé cinco meses afuera, volví, jugué dos partidos y no me pusieron más. Trae sus consecuencias, no lo niego. En el Ascenso me respetan justamente porque me porto bien y voy de frente. Y un poco también por lo que tuve que vivir.

La enfermedad que le cambió la vida

-Osvaldo Ruggero me da a préstamo a Victoriano Arenas para tener la continuidad que en Talleres no iba a tener. Para mí fue grandioso porque di mis primeros pasos en Primera. Me asenté y era titular y sub-capitán a los 22 años. Hasta clasificamos al Reducido. Pero ahí empezó el problema de salud. Fue un domingo, me empecé a sentir muy mal, a tener fiebre y a vomitar. Después de dar un millón de vueltas, un médico amigo me mandó a hacer ver porque decía que tenía algo en el hígado. Estuve un mes sin poder comer, bajé muchísimo de peso y me alimentaba únicamente por suero mientras los médicos intentaban resolver qué tenía, porque era complicado y no le daban en la tecla. Y a mí me mataba perderme los partidos del Reducido. Le pedía a mi familia que me traiga fotos mías jugando porque lo único que tenía en la cabeza era eso. Fueron en total 45 días internado. En el 38 más o menos, viene el médico y me dice: “Sebastián, falta un puntito muy chiquito para terminar de sacar la infección”. Cuando me van a hacer la intervención quirúrgica, resulta que ese puntito no era lo que quedaba, sino que era el núcleo de una infección que abarcaba casi todos los órganos de mi cuerpo, menos el corazón y el pulmón izquierdo.

Me tuvieron que hacer dos punciones. Me tenían que sostener entre tres personas porque yo pegaba gritos; no querían dormirme porque estaba muy débil y el riesgo era mayor. En la segunda punción sacaron una jeringa de unos 15 centímetros llena de pus. Sacaron otra exactamente igual y el médico me dijo: “Flaco, te tenemos que dormir y operar ya”. Yo les pedía por favor que no lo hagan. Lo que iba a ser una intervención simple de 15 minutos se agravó. Me hicieron firmar un consentimiento a mí y buscaron a mi vieja para firmar otro. La cirugía duró más de cinco horas. Ahí estuvieron mi mejor amigo, Ricardo Bengochea, y mi hermano Gastón de Luca. No hubo un solo día de los 45 que estuve internado que faltaran. Cuando me dijeron que me tenían que dormir, me preocupé. Le dije al doctor: “Bueno, doctor, dígale a mi mamá que la amo”. Se me cruzaron dos cosas por la cabeza: o se terminaba mi plano en esta tierra, o me levantaba con caños por todos lados. Gracias a Dios fue la segunda.

Cuando me abrieron, encontraron que tenía una infección gigante. Tenía la panza con 12 puntos, catéter en el hígado, en el pulmón derecho, en el intestino delgado, en el intestino grueso y sonda vesical. Tenía tubos por todos lados. Todo el sector derecho estaba infectado; lo único limpio era el corazón y el pulmón izquierdo. Cuando salieron, los médicos le dijeron a mis viejos: “Señora, lo único que queda es esperar y rezar”. Ni siquiera sabían qué virus o bacteria había causado semejante infección. Pero lo más lindo de todo es que, si bien el dolor fue inmenso, una vez que se me fue la anestesia la infección desapareció por completo. No me quería dormir por miedo a no despertarme. Estaba con tan poca energía que sentía que si cerraba los ojos, me moría. Entonces, al que se quedaba a cuidarme pasar la noche yo le sacaba charla como un boludo para mantenerme despierto. Estuve cuatro días más con los caños, me bajó la fiebre, se me fue el malestar y me los fueron sacando. La recuperación fue rapidísima: a los siete días ya estaba en mi casa. Le agradezco de por vida al doctor que se animó a abrirme como a un pollo para salvarme.

-¿Cómo se portó tu club en ese momento?

-Victoriano se portó diez puntos. Los dirigentes me iban a visitar al hospital y estaban en contacto permanente con mi familia para ponerse a disposición por si faltaba algo. Para que te des una idea, el presidente Domingo Sganga, me llevó al hospital la camiseta con la que debuté en el club para darme fuerzas. Ese gesto creó un lazo enorme. Cuando estás en la lona o sentís que se te puede terminar la vida, que la gente del club esté presente es algo para destacar y no pasar por alto. El plantel entero me fue a visitar. Hubo muchos compañeros que estuvieron al pie del cañón para hacerme más aliviado un momento que era grave de verdad.

En cambio, Talleres, que era el dueño de mi pase, no se portó bien. Un tiempo después, cuando todo sale a la luz, resulta que me terminaron dejando libre. Podría haberles hecho un juicio o algo por el estilo, pero la verdad es que no lo sentí apropiado. Preferí manejarme por la senda de la tranquilidad, sabiendo que el tiempo pone todo en su lugar. Por suerte, después pude meter una carrera de 15 años.

-¿Y creés que jugar tantos años en Victoriano Arenas es una forma de devolverles ese cuidado que te dieron?

-Sí, totalmente. En el 2018 volví al club en condición de libre. Como venía del fútbol profesional y el club estaba en la Primera D, por reglamento de la categoría yo no podía jugar, pero pertenecía al plantel. Me integraron de una manera extraordinaria. Ese año ascendieron y me dieron una medalla como si hubiese jugado, mis compañeros me decían que yo era parte porque le inyectaba energía al grupo. No jugué ni un minuto, no me lo adjudico, pero todos me hacían sentir parte. Iba a todas las canchas, era uno más y tiraba para adelante. Por eso, después del ascenso, fui el primer refuerzo para jugar en la Primera C. Jugué todo el torneo de 2018, el de 2019, el de 2020 y ahí llegó la pandemia. Después me fui libre a Deportivo Merlo, donde por suerte también conseguimos el ascenso. Pero yo había dado mi palabra de honor de que iba a volver a Victoriano antes de retirarme. Kelo, el utilero, cada vez que puede me lo recuerda y lo agradece, porque muchos dicen que van a volver y después no pegan la vuelta. Ahora me toca resignar un poco en lo económico y un poco en salud, porque viajo una hora y cuarenta minutos todos los días para ir a entrenar. Pero no hay nada como volver a donde uno fue feliz y donde se sintió importante. Lo hago con gusto. Con la experiencia y la energía que tengo hoy, siento que es el momento ideal para darle al club algo de lo tanto que me dio.

El central ascendió con el Charro. @seba_delucaEl central ascendió con el Charro. @seba_deluca

-¿Cuánto tardaste en volver a jugar después de la operación?

-Hice la rehabilitación en el gremio, en Futbolistas Argentinos Agremiados. Me dieron el alta médica a los pocos meses, y para noviembre de ese mismo año yo ya estaba en condiciones de jugar. Ahí es donde entró la parte mala de Talleres, porque no me anotaron en la lista de buena fe pensando que mi recuperación iba a durar ocho meses, y yo la resolví en seis. Cuando llegó diciembre me vi libre con 22 años y sin club. En Victoriano Arenas quise regresar en ese momento, pero el entrenador de turno me dijo que no porque lógicamente me veía muy flaco después de haber perdido 15 kilos. No me permitieron volver ahí ni en Talleres, así que tuve que moverme para conseguir club porque necesitaba asentar los primeros pasos de mi carrera. Ahí apareció el Turco García y me llevó a Juventud Pueyrredón de Venado Tuerto. El Turco jugaba con nosotros al fútbol-tenis en los reducidos; una bestia futbolística, un privilegiado. Él confió en mí después de la enfermedad y me puso como capitán. Le agradezco muchísimo. Volví a jugar prácticamente después de un año de estar parado y encima esa noche jugábamos de visitante contra Rivadavia de Venado Tuerto, una cancha donde el club nunca en su historia había podido ganar. Terminamos ganando 1 a 0 con un gol mío. Imaginate, sentí que tenía al cosmos y al “Barba” a mi favor. Volví con todas las luces.

-Además de futbolista, tenés otra profesión. ¿Cómo es jugar al fútbol y trabajar al mismo tiempo?

-Es complicado. Soy productor de seguros. Empecé en el 2017. Como tenía la tarde libre me puse a estudiar para tener un plan B por si el fútbol se terminaba. Bueno, gracias a Dios hoy es mi ingreso principal. De hecho, mi novia tuvo que dejar su laburo para darme una mano y ahora está haciendo la tecnicatura en seguros también. Es un mundo avasallante porque manejamos muchísimos asegurados y hay que responderle a todo el mundo. Mi prima también trabaja con nosotros; es un emprendimiento familiar. Hoy tenemos una oficina chiquita pero la idea es hacerla crecer. Estoy todo el día con el teléfono en la mano contestando mensajes, mails, visitando clientes y dando charlas. Pero el seguro es lo que hoy me permite el lujo de seguir jugando al fútbol, aunque el desgaste psicológico y físico sea enorme. Terminás de entrenar muerto y tenés que ponerte a laburar. De todos modos, trato de mezclar los dos mundos para armar algo y poder ayudar a los jugadores del ascenso que no llegan a la élite, para que tengan un respaldo y una protección cuando dejen la carrera.

-¿Hoy te sentís más empresario o futbolista?

-No, yo siempre me siento primero futbolista, después todo lo demás. El que está alrededor mío sabe que es así. Una vez me hicieron una nota para TyC Sports cuando jugamos Copa Argentina contra Gimnasia en la cancha de Quilmes. Me preguntaron a qué me dedicaba y les dije: “Soy jugador de fútbol, los del seguro que me esperen mañana”. Primero el fútbol, siempre.

-¿Quéres ser DT en un futuro?

-Ya terminé el curso de tres años. Como soy muy inquieto hago de todo: a la mañana entreno, a la tarde laburo en la oficina y además soy novio y nos estamos construyendo nuestra propia casa con placas de construcción en seco. Hago todo esto porque me di cuenta de que el fútbol es muy efímero. La carrera me pasó volando y siento que recién empiezo, eso es lo más triste. Voy a tratar de estirarla lo más que pueda mientras el físico me acompañe. Tengo 36 años, termino los partidos entero y todavía no me acalambro, mientras que los chicos más jóvenes sí se acalambran. Soy un tipo muy energético porque literalmente charlé con la muerte. Siento que hoy puede ser mi último día, de verdad. Por eso voy y festejo un gol o entreno como si fuera el último. Parece una frase trillada, pero a cualquiera se le puede terminar la vida de un momento a otro. No me perdonaría pasar a otro plano quedándome con las ganas de vivir algo. Por eso hice parapente, me tiré en paracaídas, hice salto al vacío, buceo y me subí a un auto de carrera porque mi papá y mi hermano corren. Todo lo que está a mi alcance lo experimento.

-Cuando llegue el momento del retiro, ¿vas a postularte directo para ser DT o vas a tomarte un descanso?

-El fútbol es la enfermedad más linda que tenemos los argentinos, es pura pasión y no me imagino un día de mi vida sin estar vinculado a este deporte. Siento que el día de mañana puedo ocupar bien el papel de director técnico. Estuve en unos diez clubes a lo largo de mi carrera y en nueve fui el capitán. Eso es un indicio de que tengo presencia y llegada en los planteles.

-¿Tenés algún club en el que digas “yo quiero dirigir acá sí o sí”?

-En Victoriano Arenas. Si el presidente no quiere, lo voy a obligar, ja. Aunque hoy lo veo lejano porque me siento muy bien físicamente para seguir jugando. El otro lugar, el gran sueño, sería Racing. Y si no, otro club donde me encantaría es Deportivo Merlo, donde la gente me tiene un cariño bárbaro. Sé que a veces el cariño del ídolo o del jugador querido se pone en juego cuando pasás a ser técnico, pero no me importa el riesgo. Sería hermoso defender esos colores a los que ya les di una alegría como jugador, y ojalá el día de mañana les pueda dar otra desde el banco de suplentes.

Fuente: www.ole.com.ar

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