El genial García Lorca siempre está volviendo

Federico García Lorca continúa generando nuevas lecturas casi noventa años después de su asesinato. Así lo demuestran la exposición organizada a partir de nuevos documentos del archivo de la Fundación Federico García Lorca; las imágenes inéditas difundidas por Rtve; la publicación del epistolario No te olvides de escribir: “La familia García Lorca en sus cartas”, editado por Víctor Fernández, y la película premiada en Cannes y Toronto “La bola negra”, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, recientemente elegida por España para representar al país en la categoría de Mejor película internacional en los Oscar.

La explicación no reside únicamente en la extraordinaria calidad de su obra. Lorca pertenece al canon, sí, pero también al imaginario colectivo. Su figura ha experimentado un proceso constante de resemantización: cada época ha seleccionado un Lorca diferente y lo ha incorporado a su propia idiosincrasia.

El mito no nació en 1936. Cuando fue asesinado, Lorca ya era una celebridad. El éxito del “Romancero gitano”, sus obras teatrales, “La Barraca” y su extraordinaria capacidad como comunicador habían creado alrededor del escritor una poderosa imagen pública. El propio poeta contribuyó a su “mitologización biográfica”. Su carácter, sus recitales, sus interpretaciones al piano y los testimonios de amigos como Cernuda, Buñuel, Dalí o Alberti contribuyeron a proyectar la imagen de un artista magnético. Pero Lorca participó también conscientemente en esa autofiguración, creando su propia “aura o máscara legendaria”.

A ella se superpusieron pronto otras imágenes: el Lorca del folclore y el duende, el “icono andaluz”, el poeta identificado con una determinada idea de España y, gracias a sus viajes y vínculos americanos, una figura de dimensión panhispánica. Su faceta musical resulta especialmente reveladora: había estudiado piano y recopiló y armonizó canciones tradicionales que grabó en 1931 con La Argentinita. Esa dimensión musical tendría después una importancia inesperada en la pervivencia de su figura.

Su fusilamiento en agosto de 1936 convirtió la fama en leyenda. Lorca pasó a encarnar al intelectual víctima de la Guerra Civil y, fuera de España, exiliados, hispanistas y compañías teatrales mantuvieron viva su obra. Su teatro recorrió escenarios hispanoamericanos, franceses y británicos mientras dentro del país permanecía mudo. En la década de 1960 este silencio comenzó a resquebrajarse: volvieron a los escenarios españoles “Yerma” y “La zapatera prodigiosa”; en 1962, “Bodas de sangre”, y, en 1964, “La casa de Bernarda Alba”. Era el comienzo de una recuperación que también parecía un intento de convertir a Lorca en elemento cohesionador de las “dos Españas”. La música participó de ese proceso.

Fuente: eltribunodejujuy.com

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