El calvario de Nada Itrab, la niña que fue secuestrada en España y sobrevivió a siete meses de abusos en la selva boliviana: “Cuando descubrí qué fue lo que realmente me había pasado fue cuando pude empezar a hacer un duelo”

Grover Morales Ortuño se hizo pasar por un vecino dispuesto a ayudar a una familia que no tenía agua ni comida. Se ganó su confianza, abusó de Nada Itrab y consiguió autorización para llevarla a Bolivia cuando tenía solo nueve años. Durante siete meses la obligó a trabajar, la violó y le impuso otra identidad.
El rescate involucró a policías de dos países, militares y una negociación con cocaleros. De regreso a España, Nada pasó casi cuatro años en centros de menores sin recibir la atención que necesitaba. En diálogo con Clarín, contó cómo empezó a reconstruir su historia recién una década después.
“Cuando descubrí qué fue lo que realmente me había pasado fue cuando pude empezar a hacer un duelo”, cuenta. Tenía 19 años cuando comenzó a leer los documentos de la investigación y a entender que aquel viaje a Bolivia no habían sido unas vacaciones turbulentas. Había sido secuestrada por un pederasta que la había elegido para cumplir con una misión religiosa.
Nada recuerda el trabajo en la selva, los abusos y la falsa identidad que la obligaron a usar. Lo que no sabía era cómo encajaban esas memorias en la investigación policial, ni que había sido víctima de trata.
Para mí siempre fue muy confuso porque estaba mi versión de la historia, la manipulada por Grover y la reconstrucción de datos”, explica hoy, a sus 21 años..
Nada Itrab tiene 21 años y es activista. Foto: Cortesía Nada Itrab El pederasta que usó el hambre para acercarse a Nada
Antes de conocerlo, Nada vivía con sus padres y sus hermanos en L’Hospitalet de Llobregat, cerca de Barcelona. Había nacido en Marruecos, donde su familia tenía una posición económica estable, pero la mudanza a España no produjo la mejora que esperaban.
El estado de indocumentación de su madre no la dejaba tener un empleo y su padre contrajo una enfermedad que no le permitió seguir trabajando. Esto los llevó a dejar de pagar los servicios básicos y a no poder tener ni comida.
Nada iba a buscar agua con garrafas a un polideportivo. Cuando cortaron el suministro de esa fuente, empezó a recogerla en un cementerio. En ese momento apareció Grover Morales, un vecino boliviano que se presentaba como “Raúl”. Trabajaba en una fábrica, hablaba de su fe y ayudaba con alimentos y tareas de la casa.
La familia lo incorporó y él aprovechó esa cercanía para buscar momentos a solas con Nada. Sabía que le gustaba dibujar y le pedía ayuda para pintar su casa; otras veces quería que lo acompañara a hacer las compras.
Así comenzaron los abusos sexuales. Ella sentía que lo que hacía estaba mal, pero por su edad no sabía cómo explicarlo y todos los adultos a su alrededor confiaban en él.
Más tarde, supo que el hombre al que conocían como “Raúl” había llegado a España con una documentación falsa. En Bolivia había sido acusado de violar a sus dos hermanas.
En el rescate de Nada Itrab se la puede ver con la vestimenta de la secta AEMINPU. Foto: Cortesía Nada Itrab También supo que dentro de la organización religiosa Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal (AEMINPU), a la que Morales pertenecía, se consideraba apta para el matrimonio a una niña menor de diez años que cumpliera determinadas condiciones de modestia y virginidad. Nada tenía 9.
En el verano de 2013, Morales le dijo a sus padres que viajaría a Bolivia para buscar joyas. Propuso llevar a Nada por una semana como recompensa por sus buenas notas y prometió volver con regalos para todos. Le compró ropa, una valija, un cuaderno y una cámara de fotos.
Sus padres firmaron ante un notario la autorización que le permitía sacarla de España.
Nada está al tanto del escrutinio público respecto a esta situación. Durante la conversación deja en claro: “No quiero hablar de mis padres, es de lo único que no hablo. Solo quiero aclarar que no fue una venta”.
Mientras preparaba el viaje, Morales había renunciado a su empleo, dejado su vivienda, despedido de conocidos y comprado únicamente pasajes de ida.
Salió con Nada de España el 28 de agosto de 2013. En Bolivia, antes de subir a un micro rumbo a Cochabamba, tiró la documentación de la pequeña en el baño de la terminal y después fingió que la había perdido.
Archivo del rescate de Nada Itrab el 8 de marzo de 2014. Foto: Cortesía Nada Itrab Nada golpeó la ventanilla y pidió por su madre. Morales le ordenó callarse y ninguno de los pasajeros intervino. Días más tarde, le permitió llamar a su casa.
Ella alcanzó a contar que ya no tenía documentos y su familia denunció el secuestro. Cuando la policía boliviana llamó a Morales para que se presentara a la comisaría con la niña, el hombre rompió el teléfono y huyó hacia la selva.
Le dijo que desde entonces se llamaría Evelyn, que tenía diez años, que era boliviana y que debía presentarse como su sobrina. También la obligó a usar los vestidos largos y velo de AEMINPU. Si alguien le hablaba, Morales respondía por ella.
“Mientras estaba en lo de Dos Santos (terrateniente para el que trabajaba) no podía hablar con nadie porque Grover no me dejaba. Él respondía por mí y no se despegaba”, recuerda Nada.
Trabajar para pagar un regreso que nunca llegaba
En la zona de Entre Ríos, en el sureste boliviano, Morales ofreció a Nada como mano de obra a un propietario rural llamado Santos. La niña trabajaba desde la mañana hasta la noche en los cultivos y los pocos centavos que producía quedaban en manos de su secuestrador.
Dormían en una cabaña compartida con la familia del hombre. Durante el día, Nada era explotada en el campo. Durante la noche, Morales abusaba de ella.
“Yo trabajaba muy duro porque él me hacía creer que con lo que ganara me iba a poder comprar mi boleto de vuelta a España”, cuenta. Nunca recibía el dinero, pero seguía trabajando porque quería volver a la escuela.
Había conseguido conservar la libreta que llevó al viaje. Cuando encontraba un momento, se escondía detrás de un bananero para estudiar catalán, castellano e inglés. En España, el aula había sido un lugar donde se sentía reconocida pese a la pobreza de su casa. En Bolivia, se aferró a la idea de regresar.
Los sábados, Morales la llevaba a las reuniones AEMINPU. Allí vio a otras niñas tratadas como esposas y comprendió que una ceremonia en la que había participado la había unido a él. El pederasta pretendía utilizar ese supuesto matrimonio para ganar posición dentro de la organización.
Nada Itrab hoy es estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales. Foto: Cortesía Nada Itrab Morales también usaba la religión para prohibirle estudiar y exigirle obediencia. Cuando ella le preguntó cómo alguien como él podía creer en Dios, le clavó un machete en el pie.
Nada retiró el arma por su cuenta, “Creo que tenía tanta adrenalina en el cuerpo que ni lo sentí”, recuerda. Sin atención médica, una mujer le tiró gasolina sobre la herida y tuvo que seguir trabajando.
No intentó escapar, tampoco sabía dónde estaba, en algunas zonas no podía comunicarse con quienes hablaban quechua y había visto cómo otros adultos presenciaban los golpes sin intervenir.
“No podía pedir ayuda porque, aunque hubiera entendido lo que estaba pasando, el nivel de ignorancia de la gente en ese contexto es tal que probablemente no me hubieran podido ayudar”, explica.
Morales reforzaba el aislamiento diciéndole que la policía quería encerrarla en una cárcel boliviana y que él era la única persona capaz de protegerla. Mientras lo buscaban, la trasladó cada vez más lejos. Nada terminó trabajando en plantaciones de coca, entre hombres armados y laboratorios clandestinos, con heridas en las manos y los pies.
Una llamada telefónica intervenida permitió localizarla en marzo de 2014. Una noche llegaron hombres armados a la cabaña, encerraron a Morales en un baúl y mantuvieron a Nada bajo la amenaza de una pistola hasta que amaneció. Ella no sabía que formaba parte de un acuerdo para protegerla.
La negociación incluyó 500 kilos de azúcar. A la mañana siguiente aparecieron los helicópteros y el capitán español José Miguel Hidalgo le preguntó si era Nada. Ella respondió que sí y salió de la selva. Grover Morales fue condenado a 17 años de prisión por abuso sexual y trata de personas.
Nada Itrab junto al comandante Hidalgo, quién la rescato en 2014. Foto: Cortesía Nada Itrab La encontraron en la selva y la perdieron en España
Nada volvió convencida de que vería a su familia y retomaría las clases. En el aeropuerto de Barcelona estuvo con sus padres menos de cinco minutos.
Es que como ellos estaban siendo investigados por abandono de menores, quedó bajo la tutela de la administración catalana y fue enviada a un centro de acogida. Después pasó a otro. En total permaneció casi cuatro años institucionalizada.
Durante ese tiempo nadie le explicó lo ocurrido con palabras que pudiera entender; es más, hicieron como si nada. Nadie abordó con ella el secuestro, la trata, las violaciones o los rituales de la secta. “Durante la adolescencia no tuve secuelas de lo que pasó porque todos actuaban como si nada y yo era muy chica para qué era lo que realmente había pasado”, dice.
Nada ha contado que le pedía a los educadores que no la llevaran de excursiones a la montaña porque le recordaba a la selva, pero iban de todos modos. Recibió atención psicológica que no trató específicamente la violencia que había sufrido. Tampoco fue reconocida formalmente como víctima de trata ni obtuvo la documentación y el apoyo que esa condición requería.
A los 14 años la administración decidió devolverla con sus padres. Los informes registraban que la familia seguía sin vivienda adecuada, empleo, agua, electricidad ni comida asegurada. Nada regresó al lugar cuya pobreza Morales había aprovechado para acercarse.
Aun así, consiguió terminar la secundaria con buenas notas y ganó un premio de 500 euros por un trabajo sobre Palestina. Usó ese dinero para pagar su primera matrícula universitaria mientras intentaba inscribirse con un pasaporte vencido.
Comenzó Economía y Negocios pero “lo sentía vacío”. “Yo siempre quise ayudar a la gente y, estudiando derecho, tenía la herramienta jurídica para hacerlo”, detalla al contar que se cambió a Derecho y Relaciones Internacionales.
Fue entonces cuando la periodista Neus Sala empezó a investigar qué había sido de la niña rescatada en Bolivia. Al conocerla, descubrió que Nada seguía viviendo en condiciones precarias y que no conocía partes decisivas de su propio caso.
Nada Itrab en la presentación del libro “Yo Soy Nada”. Foto: Cortesía Nada Itrab Juntas empezaron a revisar la investigación y, más adelante, escribieron Yo Soy Nada. “El libro tiene como objetivo denunciar las negligencias del sistema”, afirma.
Comprender la magnitud de lo vivido trajo consigo pesadillas, insomnio y períodos de tristeza mientras procesaba aquello que durante años nadie había querido explicarle.
Si bien le daba miedo exponerse, desde que comenzó a hablar públicamente, recibe mensajes de chicas que le confían sus historias. “La mayoría de los mensajes comienzan con ‘nunca había hablado de esto, es la primera vez'”, se emociona al contar la empatía que encuentran en ella.
Actualmente, aunque le pese y ahora consciente, sigue hablando de su caso para denunciar la precariedad del sistema en materia de derechos, buscando que las instituciones actúen apropiadamente para amparar a las víctimas.
Fuente: www.clarin.com



