Diego Peretti:“Un país tan ambivalente, tan bipolar”


Es de esos intérpretes que no necesita presentación. Diego Peretti estrena tanto en el cine como en el teatro, pero desde el jueves 8 de este mes se lo podrá ver en las pantallas cinematográficas en la película La casa, escrita y dirigida por Gustavo Triviño. Comparte esta nueva ficción con el actor uruguayo César Troncoso y los nacionales Fabián Arenillas, Mariano Argento, Guillermo Arengo, entre otros.
El año pasado debutó como director cinematográfico junto a Javier Beltramino con La muerte de un comediante. Mientras continúa en el éxito teatral El jefe del jefe, proyecta volver a hacer un clásico de la mano de Javier Daulte para el 2027.
—¿Qué te hace aceptar hacer una película?
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
—En principio me genera una gran expectativa leer el guión y ver el personaje que me toca. A veces los directores de distraídos me dicen: “Tengo un papel importante para vos.” Me alcanzan el proyecto pero no me dicen el protagonista. El guión debe entretenerme. Los libros cinematográficos son muy técnicos y no invitan al lector a imbuirse en la historia como puede ser una novela o un cuento. Te van marcando las escenas, los exteriores y los sentimientos. Aun así cuando lo lees y quedás atrapado en la historia, y te lo tragás de corrido en dos o tres horas es un placer muy grande. Me pasó con La casa y es muy ágil. Pone al lector en una situación de pensar qué haría yo, cómo me movería con semejante urgencia y teniendo tanto en juego. Además a Gustavo (Triviño) lo conozco hace mucho porque está en el ámbito del cine, como especialista en steadicam (cámara que se pone en el hombro).Desde el 2012 hizo su primera película De martes a martes y ésta es su segunda. Quiere despegarse del trabajo técnico en el set y comenzar como director.
—¿Cómo calificarías a tu protagonista, Hugo Vaca?
—Es una persona que llega a una edad en donde en general en los trabajos comenzás a ser relegado por generaciones más jóvenes, tenés una disociación con los tiempos modernos y una raíz muy grande con el pasado. Recibe la oportunidad de conservar esto que tanto ama, que es su casa, a través de un negociado que resulta turbio pero muy atractivo. Esas decisiones tomadas bajo un cielo de muchas urgencias, lo lleva poco a poco a derrapar en cuanto a sus valores civilizatorios y morales. Creo que este personaje termina transformado, pero no para bien.
—¿Creés que los planteos que muestra la película son universales?
—Es universal porque el sistema privilegia la producción y cuando dejás de producir te corren, comenzás a perder identidad y sentido de la vida. Creo que no hay sistema ni capitalista, ni comunista que privilegie a la tercera edad. No se los escucha, no parecen importantes. En este caso este personaje sin concientizarlo todo, se juega en la cancha con las cosas que le van ocurriendo, pero está muy presente esa sutil melancolía de me están dejando relegado y afuera. La mayor grandeza del protagonista es la testarudez por no vender su casa, su lugar.
—¿Te cambió mucho la operación?
—No fue una operación. Me estaba haciendo los chequeos que se hace uno generalmente y el cardiólogo me detectó un taponamiento arterial. Me dijo: “mañana tenés que ponerte un stent.” Fue ambulatorio y a las tres horas salí. Obviamente esa semana no hice teatro. Esta es la descripción cronológica de lo que me ocurrió. Después hay una descripción interna, una vez que pasa se te prenden las alertas porque es la primera vez que tengo un problema entre comillas grave. Después el otro plano es el mediático, porque me hubiera gustado que no que trascendiera mi problema de salud. Pero trascendió. Entré a un bar, al que voy siempre, por ejemplo, no me olvido más y en el televisor enorme vi: “Peretti internado por un infarto.” Los que me conocen me miraban extrañados. Esa repercusión mediática me provocó un poquito de revolución interna. Nada grave, pero son esos tres planos.
—¿El ser médico te ayudó?
—No, no ayuda para nada el ser médico. Se te abre la cabeza con las posibilidades más infames que se te puedan ocurrir. A veces la ignorancia te ayuda a tener más felicidad. Cuando conocés de medicina pueden ser tantas cosas, además no podés correrte de eso que sabés. Como médico te vienen las imágenes de muchísimos pacientes.
—Como psiquiatra: ¿cómo ves a la sociedad argentina?
—La democracia la veo como un sistema asentado. Sigue desde 1983, ya son cincuenta años y no hay alternativas diferentes. Me parece que en la Argentina está afianzado, si bien ocurre un temporal el día de mañana político y cierran el congreso…Pasamos momentos difíciles como en el 2001 o los caras pintadas, pero creo que la madera de este barco aguanta y eso es bueno. Dentro del juego de la democracia me parece que hay todavía demasiados intereses. Es un país muy difícil de gobernar. Creo que no se entiende o no se quiere entender la necesidad de ponernos de acuerdo en puntos claves de la estructura de un país para que se transformen en políticas de estado y que sean intocables a lo largo de los años. Es un país tan ambivalente, bipolar, que va de un lado para el otro. Nosotros tendríamos que competir con el mundo desarrollado pero para que mire para este lado debemos comenzar a desarrollarnos. Nos tiramos tantos tiros en los pies que no hay una inteligencia soberana en el país. Hay pillos, picardía, vivos, pero inteligencia de soberanía no veo. En este país salen Maradona, Messi y Di Stéfano pero no nacen políticos buenos, brillantes. No hay una escuela, la que hay es rastrera, pícara, de pasillo, de chismorroteo. Se gana espacio a través de la rosca, que toda la política es así, pero el pecho patriota, argentino no está.
—¿Tenés esperanzas?
—Hay que seguir esperando y estar cincuenta o sesenta años más discutiendo. Siempre fui políticamente curioso con mi viejo y los problemas del Fondo Monetario Internacional, la deuda y la inflación. Viví cipayos versus patriotas. Lo empecé a notar en la década del ochenta cuando entré en la facultad. Tal vez antes, en la secundaria porque fui al Nacional Buenos Aires que era muy politizado, aunque en tiempos de dictadura. Y atravesado por los mismos problemas, por la misma burocracia y sindicatos.
—¿Y la cultura?
—Cuando se privilegia la privatización y se aleja el estado como agente social, obviamente la sociedad queda desprotegida. Para una ideología progresista es como más grave que cuando viene una persona de derecha, rabiosa. Sabés que la derecha es un lobo, pero el otro a veces se viste de oveja pero actúa como lobo. Eso te hace retroceder muchos casilleros. ¿Cómo volvés a creer en el progresismo? Creo que dentro del marco de la democracia tenemos que seguir cincuenta o sesenta años más, discutiendo derecha e izquierda. No hay que demonizar a nadie. Está el cincuenta que quiere conservar el statu quo y el otro cincuenta que quiere transformar y pasa en todos los países. Si voy a vivir a una pieza y mi hermano piensa diferente, la estrategia no puede ser expulsarlo. Hay que vivir productivamente y eso no se entiende acá.
—¿Seguirán con las giras teatrales de Mi jefe es mi jefe?
—Sí, hasta fines de noviembre después seguramente volveremos en enero y febrero a La Plaza. A partir de mayo haré allí Ricardo III de Shakespeare con dirección de Javier Daulte. Será una gran producción porque se sumó Adrián Suar. Queremos que sea un espectáculo impactante, así que vamos a trabajar para que así sea. Ojalá que funcione y que a la gente le interese.
Fuente: www.perfil.com


