Diego El Cigala: “El flamenco no necesita nada para ser grande”


El recorrido de Diego El Cigala no puede leerse como una deriva, sino como una insistencia. Todo lo que hace, incluso cuando parece alejarse del flamenco, vuelve a él. Su voz –áspera, quebrada, profundamente expresiva– no traduce tradiciones: las atraviesa. En esa forma de cantar, el flamenco no es un género sino un modo de estar en la música.

A más de dos décadas de una carrera que cambió la manera de pensar el cruce entre lo popular y lo sofisticado, su regreso a la Argentina con Flamenco y Son aparece como una continuidad antes que como una novedad. No hay aquí un gesto de fusión programática ni una búsqueda de actualización: hay una relación orgánica entre músicas que comparten raíz, intensidad y verdad.

Si alguna vez el flamenco fue pensado como un territorio cerrado, Cigala lo desarma desde adentro. No para diluirlo, sino para ponerlo en diálogo con otras tradiciones que, como el son, el bolero o la salsa, también trabajan con la emoción como materia prima. En ese intercambio, lo que se transforma no es la identidad, sino la forma de escucharla. En esta gira vuelve a poner en diálogo el flamenco con el son cubano y otros ritmos latinoamericanos. ¿Qué le sigue dando hoy ese cruce entre tradición y mestizaje que quizás el flamenco más ortodoxo no le ofrece? El Cigala: “El flamenco es quien soy, mi raíz, mi casa, mi identidad. Ahora justo estoy acabando mi próximo disco de flamenco que saldrá en la segunda mitad del año, ya tenía muchas ganas de un proyecto así. Cuando canto en otros géneros no me alejo del flamenco, sino que lo hago desde ese punto de vista. Y eso me permite volver al flamenco con otra mirada. Lo ortodoxo es hermoso y necesario y hay que protegerlo siempre”.

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—“El flamenco es tan grande y tan bonito que no necesita fusionar con nada”, ha dicho. ¿Cómo convive esa idea con un espectáculo como “Flamenco y Son”, que justamente celebra el encuentro con otros géneros?

—Yo sigo pensando que el flamenco no necesita nada para ser grande, pero al interpretar mi repertorio de son y boleros yo le pongo el sabor del flamenco. Una cosa es necesitar y otra cosa es dialogar. En Flamenco y Son es solo ponerlo frente a otra tradición de raíz y verdad. Cuando dos músicas con alma se encuentran, no se debilitan, se enriquecen.

—Después de más de veinte años de carrera solista y de discos que marcaron época como “Lágrimas negras”, ¿qué siente que cambió en su manera de cantar? ¿Hay hoy otra conciencia sobre la emoción o el riesgo?

—Con los años uno aprende a escuchar más, a jugar más. Antes era más impulsivo; ahora hay mayor conciencia de lo que significa cada frase y de cómo interpretarla. Pero la emoción sigue igual, incluso más profunda. Y el riesgo siempre está, porque al salir a un escenario te la juegas cada noche. El respeto que tengo hacia el público hace que nunca me relaje en ese aspecto.

—Su voz ha sido definida como una de las más intensas del flamenco contemporáneo. ¿Cómo se construye esa expresividad en el escenario: es algo puramente instintivo o hay una búsqueda técnica detrás?

—Yo soy todo instinto, soy pura intuición. He escuchado y sigo escuchando mucha música, siempre a las grandes voces, y eso es una manera de estudiar. Pero cuando estoy en el escenario todo me viene de arriba. Hace tiempo que hago algunos ejercicios para la voz que me están ayudando a cuidarla, pero son pequeñas cosas en las que me apoyo también.

—Ha cantado en escenarios emblemáticos del mundo, del Carnegie Hall al Olympia de París. ¿Qué particularidad encuentra en el público argentino y rioplatense, al que vuelve una vez más?

—El público argentino es especial, si conecta contigo, conecta de verdad. Compartimos una manera de sentir y cuando uno viene a trabajar se acaba enamorando. Vine a hacer un disco y acabé haciendo dos, y siempre tengo en mente un tercero para algún momento. Tengo muchas ganas de volver, porque hace unos años que no veníamos y lo echo de menos.

—En un tiempo donde las músicas tienden a diluir sus identidades en lo global, ¿qué significa para usted sostener la raíz flamenca y, al mismo tiempo, dialogar con el tango, el bolero o la salsa?

—Creo que hay muchos artistas que nos demuestran que una cosa es el diálogo entre culturas, compartir entre diferentes músicas celebrando las identidades y ayudando a conservarlas, renovarlas y preservarlas, y otra cosa es la globalización de los sonidos donde todo se absorbe para sonar igual. Es un tema complejo y donde no hay líneas de separación claras, pero es una dirección en la que siempre hay que trabajar.

—En ese sentido, ¿siente que el flamenco hoy está en un momento de apertura o de resistencia?

—Yo creo que el flamenco siempre ha estado en las dos cosas al mismo tiempo. Es una música muy fuerte, muy profunda, que tiene siglos de historia y que no necesita cambiar para seguir viva. Pero también es verdad que cada generación la interpreta de una manera distinta. Yo no tengo miedo a la apertura, siempre que haya respeto. Lo que no se puede perder es la verdad.

—Su carrera está atravesada por colaboraciones que marcaron época. ¿Qué le interesa hoy de trabajar con otros músicos?

—Siempre me ha gustado compartir, aprender, escuchar. Cuando trabajas con otros músicos, especialmente de otras tradiciones, te obligas a salir de tu zona de confort. Pero eso es bueno, porque te hace crecer. A mí me gusta encontrarme con músicos que tengan algo que decir, que tengan alma. Si no hay eso, no tiene sentido.

—¿Qué lugar ocupa hoy el escenario en su vida, después de tantos años de carrera?

—El escenario lo es todo. Es donde realmente pasa la música. Puedes grabar discos, puedes ensayar, pero cuando te subes al escenario es donde te la juegas de verdad. Cada noche es distinta, cada público es distinto. Y eso es lo que mantiene vivo todo esto.

—¿Qué espera del público en esta gira por América Latina?

—Espero emoción, conexión, verdad. No me gusta pensar en términos de expectativas muy concretas. Prefiero dejar que las cosas pasen. Pero sé que en América Latina hay una manera de sentir la música que es muy especial. Y eso siempre se nota.

—Después de tantos años, ¿qué lo sigue moviendo a cantar?

—La emoción. Siempre la emoción. Si eso se pierde, no tiene sentido seguir. Pero mientras siga sintiendo lo que siento cuando canto, voy a seguir. Porque para mí esto no es un trabajo, es una forma de vivir.



Fuente: www.perfil.com

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