“Cuando la crisis no se clausura, se convierte en identidad”. Escribe Javier Pianta

Los datos que empezaron a circular en estos días permiten ir un paso más allá: el problema ya no es la conferencia, el problema es que la crisis no se cerró, y cuando una crisis no se clausura empieza a transformarse en otra cosa.

Distintas mediciones conocidas en las últimas horas -el estudio #AdorniGate de Zuban Córdoba, la encuesta nacional de Trends sobre el caso y los monitoreos de conversación como los de Ad Hoc- convergen en un punto que no es menor: la percepción deja de ser inestable y empieza a fijarse. 

La imagen negativa se ubica en torno a los dos tercios y, al mismo tiempo, una amplia mayoría considera que el tema en cuestión es un problema relevante, lo que indica que no se trata solo de un deterioro de imagen sino de una legitimación del cuestionamiento.

Pero el punto no está en la foto, sino en la dinámica. Lo que muestran los monitoreos es que la conversación no se estabiliza, sino que se reactiva frente a cada intervención pública, con picos sucesivos, alto volumen y predominancia negativa sostenida. Es decir, no hay cierre, hay repetición. Y cuando una crisis entra en ese ciclo, deja de ser un episodio a explicar y empieza a convertirse en un marco desde el cual se interpreta todo lo demás.

Ahí es donde aparece el problema estratégico. Porque lo que se observa no es un intento de clausura, sino una secuencia de intervenciones que vuelven a activar el tema, lo reencuadran sin resolverlo y, en muchos casos, lo desplazan hacia una lógica de confrontación que no dialoga con la forma en que la audiencia está leyendo el problema. En lugar de ordenar, estabilizar y reducir incertidumbre, la respuesta prolonga la crisis.

En sus trabajos sobre comunicación gubernamental y gestión de crisis, Luciano Elizalde plantea que la crisis política no es solamente un hecho, sino una desestructuración de la red de apoyos que sostiene a un actor. Bajo esa lógica, cada intervención debería apuntar a recomponer esa red, a recuperar previsibilidad y a reducir niveles de disenso; sin embargo, cuando la respuesta insiste en la justificación, la confrontación o el desplazamiento del problema, lo que hace es tensionarla aún más.

Ahí aparece el núcleo del daño autoinfligido. No es el hecho inicial el que sostiene la crisis en el tiempo, sino la incapacidad -o la decisión- de no clausurarla. Cada nueva aparición que no aporta cierre suma una capa de desgaste que ya no es episódica, sino acumulativa, y que va configurando una secuencia donde el problema no desaparece, sino que se refuerza.

Por eso el punto más delicado no está en el pico inicial, sino en la persistencia. En la reiteración. En la imposibilidad de cerrar. Cuando eso ocurre, la crisis deja de ser un tema en agenda y pasa a convertirse en un atributo del actor, y a partir de ese momento cada nuevo episodio deja de evaluarse por sí mismo para convertirse en confirmación de un marco previo.

Ese es el verdadero riesgo. Porque ya no se trata de gestionar una crisis puntual, sino de evitar que esa crisis se vuelva parte de la identidad política. Y cuando eso sucede, ya no alcanza con comunicar mejor: lo que está en juego es la capacidad de sostener legitimidad.

*- Por Javier Pianta
Docente universitario, Consultor político. Director de PDM Argentina y Betta Lab 



Fuente: www.lavozdejujuy.com

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