Crónica de un canal que se apaga


Recorrí ese pasillo de la foto incontables veces desde 2003. Entramos con mi amigo y socio creativo Luciano Di Vito para llevar adelante un programa documental que se llamó Vida y vuelta, un ciclo que mezclaba historias de vida con situaciones extremas, como la de un navegante solitario o la de la extraña de las botas rosas, un relato que combinaba política, tráfico de armas, sexo y familias de alta alcurnia en los agitados años setenta.
Entrar al entonces Canal 7 para hacer programas documentales fue una elección. Veníamos de la actividad privada y pagamos algún derecho de piso inevitable, pero una vez que aprendimos a dominar a ese animal mitológico, mitad ministerio y mitad medio de comunicación, logramos que se nos respetara.
Trabajar en esos estudios, donde siempre había alguien dispuesto a contar historias de programas míticos, era una fiesta. Ese canal que muchos creen fácil de transformar en una BBC criolla tiene en su haber hitos para los medios y para la historia argentina. Tanto es así que la primera emisión del canal registró los festejos del 17 de octubre de 1951.
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Trabajamos con Felipe Pigna porque Vida y vuelta necesitaba una cara visible, un anfitrión que funcionara como narrador para el espectador. Tiempo después, ese ciclo mutó en Lo pasado pensado.
Luego llegaron otros proyectos: participamos de los festejos del Bicentenario, produjimos magazines, formamos parte de Médicos por naturaleza, un programa médico sin chivos de laboratorios —toda una rareza—, realizamos efemérides escritas por Jorge Dorio y locutadas por Marcela Pacheco. La actividad del canal era frenética.
Ni siquiera la llegada del gobierno del PRO detuvo del todo ese impulso, aunque en esos años se intentó reducir la planta y vender el edificio, algo bastante difícil de llevar adelante por razones que exceden largamente el tema de estas líneas. El canal del Estado era una usina de creatividad y también de broncas. Pero en esa avenida de la foto, la avenida del trabajo, había que andar con cuidado para que no te pasara por encima una escenografía. El otro pasillo importante del canal lleva el nombre de Jaime Yankelevich, pionero de la televisión argentina. Es el más conocido porque allí se grabaron desde ficciones hasta notas para el noticiero.
El canal era un pequeño pueblo. Tenía un jardín de infantes llamado Piluso, una sucursal bancaria, una confitería, un kiosco y un consultorio médico que, la última vez que visité, tenía roto el aparato para tomar la presión.
Desde la llegada del actual gobierno, los trabajadores del canal vieron deteriorarse un patrimonio que pertenece a todos los argentinos. Salarios congelados, falta de producción, mantenimiento deficiente de la tecnología. No se sorprendan si un día simplemente deja de salir al aire. Desde la dirección existe una invitación permanente a aceptar el retiro voluntario, una propuesta que para muchos resulta insuficiente. El clima interno se volvió enrarecido: faltan estímulos, capacitación, ideas y varias áreas quedaron devastadas.
De emitir las clases de Ricardo Piglia sobre Jorge Luis Borges o producir documentales científicos, se pasó a llenar la pantalla con tarotistas, programas que promocionan medicamentos de dudoso origen, chimentos y un noticiero cuyo decorado fue pintado de violeta, el color asociado al partido gobernante.
Hoy se vive en el canal un clima de resentimiento alimentado por el maltrato de quienes lo conducen. Funcionarios que parecen despreciar tanto a los trabajadores como a la propia idea de un canal público. Cuando la ecuación me cerró, decidí irme y aceptar el retiro voluntario. Trabajé en ese canal con ganas, orgulloso de muchas de las cosas que logramos producir. Fue una experiencia extraordinaria mientras duró. Pero en los últimos dos años la lucha contra el boludo —una batalla que siempre se pierde— se volvió insalubre. Se produce poco, no se gana plata, tampoco prestigio, y ni siquiera queda el consuelo de divertirse haciendo lo que a uno le gusta.
Me voy dejando amigos y compañeros que, a pesar de todo, siguen sacando al aire, como pueden, un canal que quienes hoy lo administran parecen odiar. Y me queda una duda. Tal vez la destrucción sistemática del patrimonio público merezca algo más que resignación. Tal vez merezca una denuncia por mal desempeño contra los funcionarios responsables de llevar adelante ese desguace.
*Periodista y escritor.
Fuente: www.perfil.com



