“Crisis de la masculinidad… y neoliberalismo”. Escribe Lucas Perassi

Conviene detenernos ahí. Es una identidad que se percibe descentrada, desautorizada, privada de un reconocimiento que antes parecía garantizado. Una masculinidad que siente que “ya no es elegida”, que ya no ocupa el lugar que creía natural, legítimo o automático. Y cuando ese lugar se pierde, lo que emerge no es sólo tristeza: emerge resentimiento.
Y decíamos también que hay algo más profundo (y quizás más inquietante) en este esquema: la dificultad para leer ese malestar en clave social. No se lo vincula con procesos económicos, transformaciones laborales, precarización, migraciones, cambios en las formas de familia o mutaciones en los vínculos afectivos. El sufrimiento se vive como un destino individual (se vive con culpa) y, al mismo tiempo, como una conspiración ajena.
En ese punto, el sistema económico funciona como el gran ausente, porque casi nunca se lo menciona. Y sin embargo, está siempre ahí, latente, porque en el fondo es el motivo principal de esas condiciones del malestar. La inseguridad económica, la pérdida de trabajos estables, la erosión del rol de proveedor, la competencia permanente y la lógica meritocrática producen una subjetividad masculina frágil, siempre en riesgo, siempre a prueba. Pero en lugar de leer esa fragilidad como un efecto estructural, se la traduce en bronca dirigida.
La masculinidad sufre con el neoliberalismo una crisis de expectativas, una crisis de promesas incumplidas. Durante décadas, el capitalismo industrial ofreció a los varones una ecuación relativamente estable: trabajo, reconocimiento, familia. Cuando esa ecuación se rompe, lo que entra en crisis no es sólo la economía, sino la masculinidad misma. Y esa crisis, si no se politiza, se moraliza; si no se piensa en términos colectivos, se vive como humillación personal.
Hay una dimensión de las crisis estructurales del sistema que suele quedar fuera del debate público, o aparecer sólo de manera fragmentaria: la salud mental masculina. Porque cuando hablamos de silencios emocionales, de frustraciones no elaboradas o de broncas que se enquistan, no estamos aludiendo a fenómenos abstractos. Los datos son contundentes y, justamente por eso, incómodos. En la mayoría de los países occidentales, los varones representan entre el 75 y el 80 % de los suicidios consumados; presentan tasas significativamente más altas de adicciones, de situaciones de calle y de muertes violentas (por accidentes laborales, guerras u homicidios), y acceden en menor medida a redes de contención emocional e institucional en salud mental.
No se trata (vale la pena aclararlo) de victimizar a los varones ni de relativizar relaciones de dominación bien documentadas, sino de reconocer que ciertas configuraciones de la masculinidad producen, también, sufrimiento hacia adentro. Es decir, determinadas representaciones dominantes de lo masculino tienden a configurar un sujeto escindido: entre el mandato de control racional y el impulso instintivo; entre la exigencia de éxito y la imposibilidad de fallar; entre la autosuficiencia y la prohibición de la vulnerabilidad. Esa escisión no opera de manera mecánica ni lineal, pero ejerce una fuerte presión normativa.
Una subjetividad formada bajo estos mandatos lee las crisis como “ataques” a su identidad. Una ruptura de pareja, la pérdida del trabajo, el derrumbe económico o simbólico aparecen señales de expulsión: ya no soy lo que se espera que sea. El suelo tiembla: lo que entra en juego es el sentido mismo de existir como varón. En The Boy Crisis, Warren Farrell pone el eje en el desajuste actual entre las condiciones materiales de las sociedades postindustriales y los modelos tradicionales de socialización masculina. Farrell habla de un “déficit de propósito” que atraviesa a muchos varones jóvenes: desempleo persistente y una sensación de no tener un horizonte vital claro. Durante décadas, la masculinidad se construyó alrededor de un relato relativamente estable: trabajar, proveer a la familia, sostener, crecer. Farrell llama a este relato “inteligencia heroica”, una narrativa que valora la fuerza del varón, el sacrificio laboral por su familia y la capacidad de hacerse cargo económicamente de ella. El problema es que ese relato sigue vigente actualmente (por lo menos, en parte) pero la situación económica ya no lo respalda. La automatización de la industria remplazando a la mano de obra, la precarización y tercerización, la feminización de amplios sectores del trabajo (especialmente el de servicios) dejaron a muchos varones sin el lugar que históricamente ocupaban. Identidades como la del “obrero”, el “trabajador”, ya no están garantizadas por el sistema. ¿El resultado? No hay trabajo, pero tampoco hay un relato alternativo que diga quién soy ahora.
Ese “estar fuera del orden” se expresa de múltiples maneras: habíamos hablado de los incels y la cumbia, pero también en el stunt (acrobacias, trucos y piruetas de alto riesgo, y con mucho ruido, que los jóvenes realizan en motocicletas en espacios públicos), en la música urbana, o en discursos políticos de “que se rompa todo”.
Sobre todos ellos nos ocuparemos en futuros artículos. Pero valga como ejemplo una sola mención: en la música popular aparece la hipersexualización del sujeto, como si el cuerpo y la potencia sexual fueran el último refugio identitario disponible para el varón. Esto lo explica Eva Illouz en Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo: frente a la descomposición de formas tradicionales de valor masculino como el trabajo o la capacidad de mantener una familia, la sexualidad (que tradicionalmente era sólo un componente de ese valor) se convierte ahora en el centro de la masculinidad y el espacio casi exclusivo donde el yo masculino se afirma. Dicho en criollo: no le queda otra.
Sin embargo, el problema hoy es que esa identidad también aparece en crisis. En un entorno virtual de alto consumo de pornografía, de filtros, de cuerpos perfeccionados, el sexo aparece idealizado, cargado de exigencias casi imposibles: cuerpo, tamaño, rendimiento, experiencia. Frente a la posibilidad de no cumplirlas (otra vez, el miedo al “fracaso”) el varón evita los encuentros. Como corolario: en una sociedad en la que la hipersexualidad se ha transformado casi en el último anclaje de la masculinidad, como dice Eva Illouz, esto deja al varón sin horizontes. Roto. Indefenso o enojado (que son las dos caras de la misma moneda).
La virtualización de los vínculos no hace más que profundizar esta lógica. Como advierte Scott Galloway, el ecosistema tecnológico está produciendo generaciones de varones asociales y asexuales. En Estados Unidos, cerca del 45% de los hombres jóvenes entre 18 y 25 años nunca invitó a una mujer a salir. No es timidez: es aislamiento estructural. El reciente caso de utilización masiva de Grok para “desnudar” mujeres expresa ese aislamiento que se expresa, a su vez, en violencia (simbólica y no tanto). La inteligencia artificial no inventa el malestar, pero lo amplifica.
De allí deviene cierta Nostalgia Regresiva (la reacción masculina frente al progreso feminista) que promueve la vuelta al pasado. “¡Qué buenas épocas eran aquellas en las que salíamos a trabajar y las mujeres esperaban en casa con la comida preparada y los niños bañados!”. Nostalgia regresiva que incluye lo sexual, porque una de las presiones que asume el sujeto masculino tiene que ver con la reivindicación del derecho de las mujeres al placer propio, que es bastante novedoso (empieza a instalarlo el feminismo de los 70, se proyecta en el “girl power” de los 90 y termina por consolidarse con la cuarta ola), lo que se expresa mucho también en canciones contemporáneas de las voces femeninas más reconocidas. “¡Qué buenas épocas para la masculinidad eran aquellas en que el placer femenino no importaba, cuando no existía el Día Internacional del Orgasmo Femenino ni esas cosas de feminazis! Ahora, nos sentimos presionados”.
Más allá de la ironía, esta nostalgia regresiva tiene el potencial de transformarse en Violencia Restauradora. Por eso, insistir en una lectura estructural de la crisis de la masculinidad significa reconocer que existen condiciones estructurales que vuelven pensable y decible la violencia como proyecto de acción.
Tal vez el punto más incómodo (y por eso más necesario) sea ese: ni la cumbia surgida en el neoliberalismo noventoso, ni los incel surgidos en el neoliberalismo actual, inventan el malestar. Lo expresan. Lo traducen. Lo vuelven audible. El problema no es que hablen, sino desde dónde y contra quiénes. Porque mientras la bronca siga dirigida hacia las mujeres y el feminsimo, y no hacia las condiciones que producen desigualdad y frustración, el círculo se cierra sobre sí mismo. Nosotros, como sociedad, seguimos escuchando la misma canción, sólo que con distintos ritmos y distintas plataformas.
Esta es la propuesta de esta serie de artículos: en lugar de buscar culpables, empezar a leer estos discursos como síntomas.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario
Fuente: www.lavozdejujuy.com



