Chus Lago, alpinista, 61 años: “A los 32 un médico me dijo que acabaría en silla de ruedas y a los tres meses subí al Everest; las cosas tienen que salir de tus ganas”

La pasión por la montaña de Chus Lago no tiene límites. Empezó compartiendo excursiones con su familia por los alrededores de Vigo, pero acabó coronando las cimas más altas del planeta, entre ellas el Cho Oyu o el Everest, donde se convirtió en la primera española en llegar prácticamente en solitario y sin usar oxígeno.
La búsqueda de nuevas sensaciones y algunos impedimentos físicos la impulsaron también a lanzarse a la aventura antártica. Fue la primera mujer española en subir a la cima más alta de la Antártida y, poco después, la primera persona española en llegar al Polo Sur en solitario después de atravesar todo el continente.
En esta entrevista con La Vanguardia, la alpinista nos descubre su nueva vida en un pueblo que no llega a los tres mil habitantes en el campo inglés al sur de Londres. Centrada en la escritura y en su hijo de cinco años, una de las aventureras más internacionales y prestigiosas reconoce que “¡en vez de salir a hacer deporte, limpio la casa!”.
“Madre mía, si estoy donde quiero estar, en el momento exacto y soy la mujer que quiero ser”
-El pasado 25 de diciembre cumplió 61 años… ¡El día de Navidad!
-¡Me encanta porque el día de Navidad para mí siempre fue mi día! Cuenta la historia que la gente decía: “Ay, qué pena, el día de Navidad”, pero esa noche pasó a ser mi cumpleaños de noche. Esperábamos a que pasaran las doce para encender las velas. Era mi cumpleaños… ¡De noche!
Y al día siguiente ya no es tanto el aniversario como la comida de Navidad. Pero además te diré que a los 61 le podemos quitar dos, porque dos de mis cumpleaños los he celebrado sola en la Antártida.
-Recuerdo que la primera vez quería subir a la cima más alta de la Antártida, el Monte Vinson, en solitario. Iba con otra persona e íbamos a subir juntos, pero en el último momento esa persona se dio la vuelta y yo llegué sola a las tres de la mañana, con 53 grados bajo cero y con una tormenta blanca.
Yo pensaba: “Madre mía, no me puedo morir un día como hoy, el día que nací… ¡No puede llegarle a mi madre esta noticia hoy!”.
Hoy, Chus Lago escribe y se dedica a su hijo. Foto: Cedida/La Vanguardia-¡Es que es una manera muy arriesgada de celebrar un aniversario, Chus!
-A punto de cumplir los cuarenta, mis amigas me decían que no podía seguir con esa vida que llevaba. Pero yo decía: “Madre mía, si estoy donde quiero estar, en el momento exacto y soy la mujer que quiero ser”.
Eso valió mucho más que ser en aquel momento la primera expedición en solitario al Polo Sur o la primera española en conseguir coronar el Vinson. Me daba igual. Para mí aquello era mucho más importante.
-¿Y el segundo cumpleaños en la Antártida, cómo fue?
La segunda vez atravesé la Antártida durante dos meses sola y cuando llegó mi cumpleaños pensé: “Qué vida más loca llevo… pero estoy donde quiero estar y haciendo lo que quiero hacer”. En la montaña siempre me he preguntado si es exactamente donde quiero estar, porque plantearme qué hago ahí es muy peligroso.
-¿Ha tenido que renunciar a mucho para llegar a cumplir esas metas?
-Seguro. La gente que me conoce me dice que la etapa previa a la expedición, la de los preparativos, es como un abuso de concentración. Es decir, que estoy focalizada en entrenar si hay que entrenar, irme a dormir si hay que irse a dormir, comer esto si hay que comer esto…
¡He hecho tantas renuncias! Dejas tu entorno desatendido y lo que hacían mis amigas, como ir a tomar un café, a cenar o al cine, es algo que yo he pospuesto hasta el final de mi carrera deportiva.
Siempre he sido muy consciente de que eso surgió de una necesidad de ir, un sentimiento que unas personas tienen y otras no. Y cuando llegué al polo, me pasó una cosa que no me había pasado en toda mi vida, con todas las montañas que había hecho.
Dije: “Ya he llegado al sitio al que he estado corriendo toda mi vida”. A partir de ese momento hice otras expediciones, pero ya no fueron iguales. Ya no fue esa búsqueda. Esa expedición lo cambió todo.
-Y cambió tanto… ¡Que ahora vive plácidamente en el campo inglés!
-Sí, por el trabajo de mi marido. Primero estuvimos en Estados Unidos, donde hace cinco años tuve a mi hijo, y después nos vinimos aquí. Esto me permite escribir y dedicarme plenamente a mi niño. ¡El sueño de todas las madres!
-¿Cómo se siente en este momento de la vida?
-Tengo el foco puesto en crear y escribir. He visto muchas catástrofes en la montaña, he jugado mucho y ahora no soy la misma mujer que antes. Además, ahora soy madre y esto también te cambia la cabeza. Ya no soy el centro; el centro está desplazado hacia mi hijo, eso sin ninguna duda.
-Ahora que ve las cosas con más perspectiva, ¿cómo responde a esa pregunta que les formulan tan a menudo a los alpinistas de por qué suben montañas, llegando incluso a arriesgar su vida?
-Yo nunca me he hecho esta pregunta… Hasta ahora, cuando analizo muchas cosas a raíz de escribir. Y creo que nadie que haga montaña se la hace. No quiere decir que no haya una razón o que no haya razones diferentes para cada uno de nosotros.
En mi caso, con mis padres iba al campo y me crié en ese ambiente. Me gustaba el entorno de la naturaleza y estaba muy cómoda, muy feliz ahí. Empecé de niña y a una montaña pequeña le siguió otra un poco mayor. No hubo preguntas de por qué. Donde sí me lo pregunté es en la Antártida.
-Cuando subí a la cima más alta y vi el desierto polar, me pregunté por qué los exploradores quisieron ir a este sitio y entendí que la respuesta es que es hermoso. La Antártida tiene dos caras: es próxima y a la vez monstruosa.
Chus Lago, la primera española en subir a la cima más alta de la Antártida. Foto: Cedida/La Vanguardia-¿Cómo logró superar esa monstruosidad?
-Cuando tú subes a la montaña, cada día es diferente. Estás centrada en esa parte concreta de la montaña: pasas por un glaciar, escalas una cuerda, superas un muro de rocas… Y además, tú siempre ves la cima, que es un motor invisible que te está tirando hacia arriba.
En un desierto polar eso no existe. Es un lugar plano donde el primer día es igual que el último. El sol da 24 horas de luz constante y solo cambian las nubes. Y además, no hay motivación visible.
Mientras que en una montaña tú tienes que estar presente en todo momento, en una expedición polar te tienes que ir, poner el piloto automático porque allí no va a pasar nada y seguir contra el frío, contra el hambre, contra la ansiedad, contra la incertidumbre… En las montañas todo pasa fuera de tu cabeza; en la Antártida todo pasa dentro.
-Pocas experiencias vitales deben ser tan intensas como esa…
-Allí escuché cosas que había escuchado de niña y que ya había olvidado. Por ejemplo, mi padre echando sal al café. De pequeña, escuchaba cómo movía el salero por la mañana, antes de irme al colegio, crap, crap, crap… y ese mismo sonido me despertó más de una vez en el polo.
-¿Qué aprendió en ese ambiente tan inhóspito?
-Al principio me caía. Tenía los ojos puestos en el suelo y me parecía llano, pero un día descubrí que me caía porque mis pensamientos eran muy oscuros y negros. Cuando entendí eso, me obligué a apartar todas las cosas tristes que venían a mi cabeza y, cuando lo conseguí, caminé bien.
Es una gran metáfora para la vida: por muy fuerte que soplara el viento, por mucho frío y mucha hambre que pasara, si tenía un equilibrio dentro de mi capucha, dentro de mí, todo iba bien, todo lo podía superar.
¡En vez de salir a hacer deporte, limpio la casa!
-Chus, ¿cree que es muy diferente usted ahora a los 61 años que cuando empezaba a dibujar su camino?
-Sí, ¡espero haber evolucionado! Entonces no me importaba mucho la exposición… ¡Y ahora creo que menos todavía! Aun siendo una persona sociable, que no social, de niña me aislaba mucho, era muy individualista porque no me entendía muy bien con los míos en aquel momento. Pero creo que esa fue la única manera de conseguir las cosas que conseguí.
Ahora creo mucho en esa necesidad de lo íntimo, de los amigos y la familia. Con el tiempo te vuelves más selectivo y no pierdes el tiempo con cosas que no quieres. Siempre pienso que es mucho más difícil decir no que sí. Hay que decir a menudo que no y no pasa nada. A mi hijo tengo que enseñarle, a ver si es capaz.
Lago también fue la primera española en subir el Everest en solitario y sin usar oxígeno.Foto: REUTERS/Archivo-Después de tantas aventuras, ahora vive en un pueblecito de apenas tres mil habitantes en el campo inglés, al sur de Londres. ¿Cómo es un día aquí?
-Tengo una rutina. Lo primero es despertarme con un café, arreglar la casa e ir despertando a mi hijo, muy despacio porque a mí tampoco me gusta levantarme con prisas. Toma su desayuno, nos vamos al colegio con calma y leemos un libro en el coche.
Él se queda y, al volver, yo entreno un poco, paseo el perro y me siento a escribir… y pongo alguna lavadora en algún momento. ¡En vez de salir a hacer deporte, limpio la casa!
-Ahora que habla de entrenar… Usted sufre una grave afectación degenerativa en las rodillas: tiene pies cavos y le falta un cartílago en la rodilla. ¿Cómo lo lleva?
-Siempre tuve ese problema, sí, pero he encontrado un sistema para correr y me duele muchísimo menos que cuando era más joven. De niña aprendí a hacer ejercicio con dolor. Hice toda la montaña que quise y fui a carreras, pero sufría de unos dolores horrorosos. Los médicos no me han querido operar nunca porque me decían que no había nada que hacer.
De hecho, una vez un médico me dijo que me tenía que retirar del deporte, que no tendría una vida normal y que acabaría en una silla de ruedas. Tenía 32 años y a los tres meses subí al Everest. Moraleja: las cosas tienen que salir de tus ganas; si no, no eres capaz de soportarlo.
-Esa tozudez le llevó a recibir un premio por parte de la Sociedad Española del Dolor, que reconoció su deportividad a pesar del dolor…
-Cuando me dieron el premio, me quedé alucinada. ¡Fui con unos taconazos! Me los puse al salir del taxi y me los quité al volver. No podía andar con eso, pero siempre me empeñaba en cosas imposibles para mí. Ahora sé tratarme los pies, me los vendo, tengo unas plantillas especiales, corro de una determinada forma…
Los pies también me han entrenado para sufrir. Una vida normal no tuve, eso es verdad.
-Y qué pasará el día que no pueda entrenar?
-¡Eso lo llevaría fatal! Necesito un poquito de movimiento; la energía la tengo que poner en algún sitio.
-Bueno, esa es mi situación actual: escribo, leo, toco el cello…
-¡Sí! No sé tocar como mis sobrinos, que son unos cracks del piano y de la guitarra, pero estoy aprendiendo. Empecé un día que mi hermano me vino a visitar y me dijo: “Dame la tarjeta de crédito que te vas a comprar un cello para nuestro equipo familiar”.
Pensé que tendría que aprender y ahora cada semana tomo mis clases. Cuando vas a su casa, hay música por todas partes y en Navidades es maravilloso porque también hay música.
-El hecho de haber subido las montañas más altas, haber recorrido los parajes más inhóspitos y haber vivido tantas experiencias extremas, ¿le ha hecho creer en una cierta trascendencia?
-Creo que nunca nadie me podrá convencer de lo que hay más allá. Tampoco me preocupa porque creo que es irresoluble. ¿Para qué le voy a dar vueltas? Creo que no hay más trascendencia que la que vemos. Incluso habiéndome pasado ciertas cosas en la vida, creo que todo tiene una explicación humana. Creo en lo humano, en lo que los humanos pueden aportar de bueno.
Creo que hay gente maravillosa y cada vez cierro más las puertas a todo lo negativo, a todo lo tóxico. Creo que te mueres, y punto pelota. Como sé que es una ecuación que yo no puedo resolver, no me preocupo, no me acerco a ella, no discuto sobre ella ni leo sobre ella: el día que se acabe, se acaba y ya está, no pasa nada.
-Entonces, bueno, ya está…
-Todos nos vamos a morir. Entonces… ¡Vivamos!
Cristina Gaggioli, La Vanguardia.
Fuente: www.clarin.com



