Churchill bautizó como “telón de acero” las fronteras del mundo de posguerra


Hubo una vez un hombre. Un hombre con su coraje y sus transgresiones que lo harían leyenda y actor ineludible de los anecdotarios de todos los tiempos, sin bajarse por eso de las marquesinas más luminosas de la historia. Desayunaba con champán francés Pol Roger, cerraba sus almuerzos con brandy parisino y coñac de Georgia, y ya al caer las jornadas laborales entornaba los ojos con lentos sorbos de escocés puro JW etiqueta negra, lo más sofisticado de la época. Hábitos que bien podrían acercarlo a esos borrachines pendencieros que saltaban de taberna en taberna en los bajo fondos londinenses.

Sin embargo, había nacido en cuna aristocrática, allá por 1874, en el Palacio de Blenheim, con una educación de exigencias severas y un linaje heredado vía paterna del almirantazgo británico. Su carrera conoció tropiezos y derrotas, pero siempre tuvo a la gloria como aliada. Por eso buena parte de la academia, los intelectuales de cualquier signo, el universo más calificado de la política y los historiadores, además de vastos segmentos de la opinión pública de todos los tiempos, lo considerarían como el mayor estadista del siglo XX, una centuria que consagraría a héroes de película y villanos de novela, pero ineludiblemente lo tendría a él en la cúspide de los hombres fundamentales de la historia. Nadie como él supo plantarse con obstinación ante quienes se resignaban al fatalismo de los malos destinos. Por algo, en su discurso inicial como premier en la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940, y en vista del avance de las tropas nazis que ya habían invadido Francia y los Países Bajos, diría con crudeza aquello de “no tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

Con la palabra, las ideas y el coraje, virtudes, poco frecuentes en cualquier tiempo histórico, pero que a él le sobraban, pondría fin a uno de los mesianismos extremos más peligrosos que haya atravesado la Humanidad. No fue el vencedor de los ejércitos nazis como Stalin o Roosevelt y luego Truman. Su trofeo fue de caza mayor. Fue él quien le quebró el brazo a Hitler, con un temple que lo llevaría junto a su pueblo a resistir 57 noches de bombardeos nazis entre el 7 de septiembre de 1940 y el 11 de mayo de 1941, en el corazón de una Londres devorada por las llamas. Aun así, tres años después celebraría el desembarco en Normandía, tumba primera del nazismo.

Ese hombre se llamó Winston Leonard Spencer Churchill, y su carrera lo llevó a recorrer todos los rangos y todos los honores posibles: miembro de la Cámara de los Comunes durante 60 años, dos veces Primer Ministro, ministro del Interior, de Hacienda, de Defensa, de Comercio y de Marina, primer lord del Almirantazgo, líder del Partido Conservador, líder de la oposición. Combatió en las dos Guerras Mundiales en las trincheras que defendían la libertad. Moriría en 1965, 20 años después de sus mejores hazañas políticas y militares, maceradas en la inteligencia y en la estrategia áspera de los combates, fortalecidas sus cualidades con un carisma tan emblemático como esos legendarios habanos (marca Punch), de los que llegó a consumir unos 30 mil al año.

Ya héroe de guerra y pensador encumbrado de las conferencias de Yalta y Potsdam para definir el perfil del mundo de posguerra, con Hitler suicidado y el nazismo pulverizado en Alemania, sorpresivamente perdería las elecciones de julio de 1945 en Gran Bretaña. El Partido Laborista de Clement Attlee, se impondría por 48% contra 39.6% del Partido Conservador de Churchill, un margen amplísimo. El mismo pueblo que lo había aclamado como un mito invencible, lo doblegaba en las urnas domésticas. Lo necesitaban como guía y reserva moral, pero no al mando del timón cotidiano.

Muchos lo darían entonces por jubilado, cuando Harry Truman, el demócrata presidente de EE.UU. en reemplazo del fallecido Franklin Roosevelt, quien había sido un privilegiado interlocutor de Churchill en los días difíciles del apogeo nazi, haría gestiones ante el Westminster College de la Universidad de Fulton, Missouri, para condecorar al legendario británico con un doctorado honoris causa, como corolario de una gira por ese estado, en el cual Truman había nacido.

Truman y Churchill se necesitaban mutuamente. Churchill quería dejar atrás el indeseado ostracismo que había brotado de las urnas del Reino. Y Truman enfrentaba decisiones complejas, ciertas resistencias internas por haber usado el poder atómico contra Japón, la puesta en marcha de la ONU y la organización del Plan Marshall, de ayuda económica para reconstruir Europa de las ruinas de la guerra. Aquel 5 de marzo de 1946, hace 80 años, Churchill daría un discurso que echaría luz en ese mundo por venir mientras endulzaba su recuperada vanidad de gran divo de la política. Llamaría a esa pieza “Los pilares de la paz” y en ella definiría para siempre el mundo de la Guerra Fría, con una áspera admonición sobre el expansionismo soviético.

En una frase, de modo rotundo, obligaría a la reflexión a militares, políticos, académicos y estudiosos: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero. Tras el que se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y Oriental. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía, todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú…”

Telón de acero o Cortina de Hierro, cualquier bautismo puede ser citado, lo cierto es que Churchill, después de Yalta, Potsdam, Hiroshima y Nagasaki, puso en palabras el nuevo orden mundial que se venía. Todos lo conocían, pero nadie los había explicado con esa elocuencia y lucidez. Victorioso en las estrategias bélicas, astuto conductor en la guerra, el ya veterano león inglés (72 años) sabía que lo más difícil en adelante sería ponerle bozal y freno al expansionismo soviético del ambicioso Iósif Stalin, un bolchevique militante con un manejo de poder propio de los zares, cuya dinastía había combatido. Ese ejercicio del mando pronto sería bautizado como estalinismo, sinónimo de muertes colectivas, exterminio del disidente, poderes ilimitados y avasallamiento de los estados vecinos.

La retórica de Churchill, picante, emocional, provocadora, brillante siempre, podría haber ganado ella sola cualquier batalla, encrucijada o desafío que se le cruzara. Fue su palabra la encarnación misma de la flema y el obstinado espíritu británico. Carácter de su condición de isleño de un reino, alma de un imperio que alguna vez llegó a dominar el mundo. Y que él supo guiar, con sabiduría y la frente alta, al inevitable ocaso de su liderazgo en Occidente.

En definitiva, quien alertaba sobre la aventura comunista que dominaría parte del mundo en lo que restaba del siglo XX, fue el mismo que el 4 de junio de 1940, ante la Cámara de los Comunes, había encendido las alarmas sobre una posible invasión nazi a Gran Bretaña, con una convocatoria al amor propio a la que no se le podía decir que no “…a menos que marchitemos y nos rindamos…lucharemos en los mares y océanos, con creciente fuerza y confianza en el cielo, defenderemos nuestra isla, cueste lo que cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; ¡nunca nos rendiremos!”

Winston Churchill, de esos hombres que la Historia pare muy de tanto en tanto.

Fuente: www.clarin.com

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