Bosques, castillos y senderos: la ruta corta que regala la mejor vista de Montserrat


Montserrat aparece de fondo en una caminata corta que se volvió popular por una razón concreta: en pocas horas se llega a un mirador con vista abierta, sin necesidad de una excursión larga ni técnica. Desde allí lucen los bosques, caminos y senderos.
La ruta se hace desde Castellar del Vallès y termina en el Puig de la Creu, un punto alto con restos de castillo y una iglesia que funcionan como referencia.
La propuesta suele presentarse como “ruta fácil”, pero el atractivo no está en la exigencia sino en el combo: bosque mediterráneo, subidas cortas, y un final que devuelve 360° de paisaje.
Bosques, castillos y senderos: la ruta corta que regala la mejor vista de Montserrat
La ruta más repetida para ver Montserrat desde lejos es la que sube al Puig de la Creu (Castellar del Vallès). En mapas y tracks populares, el recorrido suele ser circular, con desnivel cercano a 300–360 metros y tiempos que rondan 2 a 3,5 horas, según el itinerario elegido y las paradas.
El punto de llegada se ubica alrededor de los 664–666 metros de altitud, y desde ahí se arma la postal: Montserrat aparece en el horizonte con su silueta serrada, y en días limpios también se alcanzan a ver otros relieves de la zona.
El camino alterna tramos de pista (más “caminables” y regulares) con senderos que acortan distancia a costa de pendiente. Ese formato explica por qué la salida funciona para gente sin entrenamiento específico: hay margen para ir por lo ancho o para recortar.
La llegada no es solo un mirador. En la cima aparece el conjunto del castillo del Puig de la Creu y la iglesia de Santa María, que le dan a la excursión un cierre con historia y un lugar claro para frenar, tomar agua y mirar.
El arranque desde Castellar del Vallès suele resolverse rápido: se deja el auto en zona urbana y, en pocos minutos, el camino se mete en un paisaje de pinos y monte bajo. En esa primera parte el ritmo es parejo: subida constante, sin escalones largos.
A medida que se gana altura, aparece el típico cambio de “sensación”: menos ruido de calle, más aire seco, y el olor a resina que suele dominar en bosque de pinos. Es una caminata corta, pero con suficiente desnivel como para exigir una pausa breve si se sube apurado.
En la mitad del recorrido se vuelve común ver bifurcaciones entre pista y atajos. Esa es una decisión práctica: la pista estira el tiempo pero baja el riesgo de resbalón; el atajo recorta, pero pide mejor pisada, sobre todo si el suelo está húmedo.
El final se abre cuando aparecen los muros y la torre como referencia. Ahí el terreno deja de “encerrar” y pasa a ofrecer horizonte: el tipo de vista que, en días despejados, vuelve a Montserrat el punto más buscado de la salida.
La ruta para llegar al castillo es corta, pero no se lleva bien con improvisación de calzado. Zapatillas con suela firme y agua alcanzan para que la caminata no se sienta “más dura” de lo que es. En días secos, el polvo y la arenilla se notan; con lluvia reciente, el barro cambia el apoyo.
En verano, el límite suele ser el sol: hay tramos expuestos y el calor sube rápido, incluso en salidas breves. En invierno, el premio suele ser la visibilidad: los días fríos y despejados mejoran el recorte de Montserrat y limpian el horizonte.
En cambio, en primavera y otoño suelen ser el punto intermedio más amable: temperatura estable, buen color en el bosque y un ritmo de caminata que permite parar sin que el cuerpo se “enfríe” de golpe.
Fuente: www.clarin.com



