Billeteras con escudo RFID: la forma más segura de cuidar las tarjetas y evitar robos sin contacto

Las tarjetas de crédito y débito cambiaron de manera profunda en las últimas décadas. Lo que durante años fue un estándar indiscutido (la banda magnética) hoy quedó relegado frente a métodos más modernos. En la actualidad, la mayoría de los pagos se realizan mediante chip o a través del sistema “contactless”, que permite abonar simplemente acercando el plástico a un lector.

Este avance trajo comodidad y rapidez, pero también abrió nuevas puertas a riesgos que muchos usuarios todavía desconocen.

Detrás de ese mecanismo sin contacto se encuentra la tecnología RFID, sigla de Identificación por Radiofrecuencia. Se trata de un sistema que emplea ondas de radio para reconocer y transmitir información de manera automática entre un chip y un dispositivo lector.

Su utilización se expandió a múltiples ámbitos y transformó procesos en sectores tan diversos como el comercio, la logística y la seguridad. En el caso de los pagos, se convirtió en la base de las operaciones con tarjetas sin necesidad de deslizarlas ni introducirlas en un posnet.

Cómo funciona la tecnología RFID

Esta modalidad permite leer información a distancia. (Foto: Pexels)Esta modalidad permite leer información a distancia. (Foto: Pexels)

El funcionamiento es relativamente sencillo. Las etiquetas RFID pueden ser de dos tipos: activas, que cuentan con una batería propia, o pasivas, que se energizan cuando reciben la señal de un lector cercano. En ambos casos, el chip almacena datos que son enviados por medio de una antena hacia un sistema que los interpreta y procesa.

Esta modalidad permite leer información a distancia, algo que supera ampliamente las limitaciones de tecnologías anteriores como los códigos de barras, que requieren contacto visual directo.

Las posibilidades de uso son amplias. En empresas de distribución y transporte facilita el control de stock y el seguimiento de mercaderías en tiempo real. En edificios y oficinas se aplica para administrar accesos mediante credenciales electrónicas. También se utiliza en bibliotecas para registrar préstamos y devoluciones, y en tarjetas de transporte público para agilizar el cobro de pasajes.

Aun así, no todo son ventajas: el costo de implementación suele ser más alto que el de los sistemas tradicionales y pueden producirse interferencias que afecten su desempeño.

A estas dificultades se suma un punto sensible: la seguridad de la información almacenada. El mismo mecanismo que permite pagar con solo acercar la tarjeta también hace posible que terceros puedan intentar leer esos datos sin autorización. Por eso comenzaron a difundirse productos diseñados específicamente para proteger a los usuarios, como las denominadas billeteras con bloqueo RFID.

La tecnología RFID no es nueva. Fue patentada en 1973 por el ingeniero Charles Watson y, desde entonces, tuvo distintas aplicaciones. En sus primeros años se empleó principalmente para el control electrónico de artículos. A diferencia de los códigos QR o de barras, su funcionamiento no depende de una imagen sino de una señal de radio de corto alcance, que suele operar a unos 30 centímetros.

Hacia fines de los años 90, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) impulsaron su combinación con códigos de producto electrónico para reemplazar progresivamente al código de barras. Las etiquetas desarrolladas en ese contexto incorporaron microchips capaces de transmitir un identificador único a través de una antena, un esquema que sentó las bases del uso masivo actual.

Con el tiempo, esta tecnología desembarcó en las tarjetas bancarias y se volvió un estándar. Hoy prácticamente todos los plásticos incluyen un chip que guarda información esencial, como el número y la fecha de vencimiento.

Esas tarjetas suelen convivir en billeteras y carteras junto a teléfonos celulares y otros dispositivos electrónicos. Allí aparece un primer inconveniente: los campos magnéticos generados por los móviles pueden, en determinadas circunstancias, afectar el funcionamiento de los chips e incluso dañarlos.

Pero el problema más delicado tiene que ver con el delito informático. Ya no se trata únicamente del robo físico de una billetera, sino de la posibilidad de sustraer digitalmente los datos que contiene.

Existen aparatos capaces de captar e interceptar las frecuencias que utilizan los sistemas RFID. Uno de los más conocidos es el Flipper Zero, un dispositivo que permite copiar esas señales, guardarlas y luego reproducirlas. En teoría, alguien podría acercarlo a una cartera ajena y obtener información sensible sin que el dueño lo advierta.

Los especialistas aclaran que para concretar una maniobra de este tipo el atacante debe estar a muy poca distancia de la víctima. También señalan que hay datos que no pueden ser capturados por este método, como el nombre del titular o el código de verificación CVV que figura impreso en la tarjeta. De todos modos, el riesgo existe y crece a medida que se popularizan los pagos sin contacto.

Billeteras RFID: cuánto cuestan y dónde se consiguen

Cada vez hay más modelos en sitios de comercio electrónico, con amplia variedad de precios.Cada vez hay más modelos en sitios de comercio electrónico, con amplia variedad de precios.

Frente a este escenario surgieron las billeteras con protección RFID. Se trata de accesorios fabricados con materiales que actúan como barrera e impiden el paso de las ondas de radiofrecuencia. Funcionan como una especie de escudo que bloquea cualquier intento de lectura externa.

Algunas están hechas con combinaciones de PET y aluminio; otras incluyen láminas metálicas en su interior para evitar tanto la desmagnetización como el acceso no autorizado a los chips.

En el mercado argentino conseguirlas no es complicado. Se ofrecen en plataformas de comercio electrónico y en tiendas especializadas. A pesar de que su presencia es cada vez más común, todavía son pocos los usuarios que conocen su utilidad.

Los valores son muy variables: dependen del diseño, la cantidad de compartimentos y la calidad de los materiales. Se pueden encontrar modelos simples desde alrededor de 5.000 pesos y alternativas más sofisticadas y lujosas que superan el millón.

Más allá de las diferencias de precio o estética, su función principal es la misma: brindar una capa extra de seguridad. En un contexto donde las modalidades de fraude se renuevan constantemente, contar con una protección de este tipo puede evitar problemas costosos y difíciles de resolver.

Por eso, para quienes utilizan con frecuencia tarjetas con pago sin contacto, estas billeteras se presentan como una herramienta preventiva cada vez más recomendable.

Fuente: www.clarin.com

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