Ane Mendinueta, 28 años, transforma una cuadra familiar en su casa: “Llevaba más de 25 años sin usarse; donde había caballos habrá ahora salón, comedor y cocina”

La puerta sigue siendo verde. Lleva ahí desde mucho antes de que Ane pudiera imaginar que algún día tendría las llaves de aquel lugar, en Uharte-Arakil (Navarra), el pueblo al que lleva vinculada toda la vida. De niña, pasaba por delante cada vez que iba con su familia hacia la huerta a buscar tomates o patatas. Al otro lado estaban los caballos de su abuelo, las herramientas, los gruesos muros de piedra y una buhardilla donde se amontonaban las pacas. Para ella, aquella construcción nunca fue simplemente una cuadra. “Desde que tengo uso de razón estoy enamorada de esa casa”, cuenta en conversación con La Vanguardia.
Hay una fotografía que lo demuestra. Ane tiene cuatro años y aparece frente a esa misma puerta verde que ahora quiere restaurar. Entonces todavía quedaban animales dentro. La cuadra llevaba más de medio siglo vinculada al trabajo de su familia: en la planta baja estaba el ganado, generalmente caballos, y la parte superior servía como almacén para las pacas. Poco antes de que muriera su abuelo, hace más de 25 años, se vendieron los últimos animales. Desde entonces, el edificio quedó prácticamente detenido en el tiempo.
Cincuenta años después, casi todo sigue igual
Hoy, cuando abre la puerta, el paisaje interior apenas ha cambiado. “Actualmente la cuadra está como hace 50 años”, explica la pamplonesa. La planta baja continúa dividida en dos por un muro de piedra y la buhardilla sigue siendo un gran espacio diáfano. Quien entra se encuentra con “unas vigas de madera antiguas llenas de telarañas, la piedra vista de la casa y herramientas antiguas”.
Ane Mendinueta
Para convertir aquello en una vivienda habrá que intervenir prácticamente en todo. Cubierta, forjados, instalaciones, distribución. Será una rehabilitación completa. Pero hay partes que Ane no está dispuesta a perder, como la piedra. Los muros alcanzan los 65 centímetros de grosor. Son uno de los grandes atractivos de la construcción y, al mismo tiempo, una de las dificultades que condicionan todo el proyecto. Sobre el papel, la vivienda cuenta con unos 70 metros cuadrados construidos por planta. En la práctica, el grosor de esos muros reduce la superficie útil a aproximadamente 45.
“El gran reto ha sido sacarle el máximo provecho a esos metros útiles y creo que lo hemos conseguido”, afirma. Pero merece la pena. “La piedra es la protagonista de toda la casa”, dice Ane. La fachada mantendrá la piedra vista y en el interior se conservará todo lo que sea posible. También se intentarán restaurar las antiguas vigas de madera. Y después está la puerta. “Se rehabilitará por completo. No concibo esa casa sin esa puerta, perdería toda la esencia e historia”.
El regalo de su abuela
La idea de devolver la vida a aquella cuadra, en realidad, venía de mucho antes. Hace unos 15 años, sus padres ya intentaron rehabilitarla. Por diferentes motivos, el proyecto no pudo salir adelante y terminaron comprando un piso. Allí Ane pasó algunos de los mejores veranos de su vida, rodeada de familia y amigas.
El proyecto empezó a tomar forma también con un nombre propio: Casa Mamin. Foto: IG/anemendinuetaHace seis años murió su padre y la familia tuvo que vender aquel piso en el que Ane había pasado tantos veranos. “Me quedé sin ese lugar en el que tantas cosas había vivido”, recuerda. Fue en ese momento cuando la antigua cuadra volvió a ser un pensamiento. La construcción se encuentra en la calle de detrás de la casa de su abuela y, hace aproximadamente un año, Ane decidió hablar con ella sobre la idea de recuperarla. “Le hizo mucha ilusión pensar que algún día podríamos ser vecinas”, explica. El 15 de enero de 2026, el día en que cumplió 28 años, aquella posibilidad se convirtió en realidad. “Mi abuela me hizo el regalo más especial: la cuadra”, recuerda Ane. A partir de entonces, el proyecto empezó a tomar forma también con un nombre propio: Casa Mamin.
Mamin es como se conoce en el pueblo a la casa familiar en la que todavía vive su abuela. Aunque Ane es de Pamplona, ha crecido muy vinculada a Uharte-Arakil y a esa historia familiar. “A mí en Uharte se me conoce como la hija del txikito de Mamin, ya que mi padre era el hijo pequeño de esa casa”. De algún modo, recuperar la cuadra significa continuar esa historia.
De cuadra a una casa con vistas a las montañas
La transformación será profunda. Para desarrollar el proyecto, Ane trabaja con Estudio Haya e Izaskun Beunza. “Dos maravillosas mujeres que han hecho realidad todas las ideas que tenía en la cabeza”, explica. La antigua planta baja, donde durante décadas estuvieron los animales, se convertirá en un gran espacio abierto con salón, comedor y cocina. Bajo la escalera habrá un pequeño aseo. En el exterior se proyecta una terraza con cobertizo y una alberca.
Técnicamente, lo más difícil es trabajar sobre unos muros tan antiguos. Foto: IG/anemendinuetaEn la primera planta aparecerán dos habitaciones y un baño completo. Y arriba, donde antiguamente se almacenaban las pacas, estará la habitación de Ane, con baño en suite y un mirador retranqueado entre la piedra desde el que podrá ver las montañas al despertarse.
La libertad que proporciona una antigua cuadra diáfana ayuda a diseñar la distribución. Pero convertir un edificio de estas características en una vivienda implica intervenir sobre una estructura que pertenece a otra época. “Técnicamente, lo más difícil es trabajar sobre unos muros tan antiguos, con la cubierta y los forjados nuevos”, reconoce.
“También es complejo combinar dos cosas que a veces se pelean: conservar la esencia de la cuadra y hacerla cómoda para vivir”. Porque en Casa Mamin hay una frontera más difícil de definir: cuánto puede cambiar un espacio antes de dejar de ser el lugar que recuerdas. “Emocionalmente, el reto es que siga sintiéndose como la casa de mi familia y no como una reforma cualquiera”.
Los gruesos muros de piedra. Foto: IG/anemendinuetaCuando terminen las obras, ya no habrá caballos en la planta baja ni pacas acumuladas en la buhardilla. Habrá una cocina, dormitorios, baños y un mirador hacia las montañas. Ane vivirá justo detrás de su abuela, en la misma calle que recorría de niña camino de la huerta.
Pero si todo sale como espera, algunas cosas seguirán exactamente donde estaban. Los gruesos muros de piedra. Las vigas que puedan salvarse. Y aquella puerta verde frente a la que, con cuatro años, alguien le hizo una fotografía sin saber que más de dos décadas después estaría a punto de convertirse en la entrada de su propia casa.
Fuente: www.clarin.com



