A los 55, murió el “Popeye brasileño”, el hombre que se inyectó aceite en los brazos durante tres décadas para tener bíceps extremos


Arlindo de Souza, conocido mundialmente como el “Popeye brasileño”, murió a los 55 años en Brasil luego de permanecer internado por graves complicaciones de salud.
El hombre se había hecho famoso por el tamaño extremo de sus bíceps, resultado de inyecciones de aceite mineral y alcohol que se aplicó durante más de 30 años, una práctica peligrosa que médicos de todo el mundo desaconsejan de forma tajante.
El fallecimiento ocurrió en el Hospital Otávio de Freitas, en Recife, donde De Souza estaba internado desde diciembre de 2025.
Según informaron sus familiares a medios brasileños, el hombre sufrió fallas renales severas, acumulación de líquido en los pulmones y un paro cardíaco, sin llegar a iniciar un tratamiento de diálisis.
“Estuvo hospitalizado por problemas renales. Uno de sus riñones dejó de funcionar y el otro dejó de funcionar la semana de Navidad. Sus pulmones comenzaron a llenarse de líquido”, declaró su sobrino, Denis Gomes de Luna, a G1.
Aunque aún no se difundió un parte médico oficial con la causa definitiva, se investiga una insuficiencia multiorgánica como posible motivo del deceso.
Arlindo de Souza vivía en Olinda, en el estado de Pernambuco, y se volvió conocido dentro y fuera de Brasil por una apariencia física imposible de pasar por alto, destacada por sus bíceps descomunales que, según él mismo aseguraba, llegaron a medir 73 centímetros.
Albañil de oficio, empezó a captar la atención nacional a comienzos de los 2000, cuando apareció en distintos programas de televisión exhibiendo sus brazos desde todos los ángulos.
Esa imagen le valió el apodo de “Popeye brasileño”, además de otros sobrenombres como Arlindo Anomalía o Arlindo Montaña.
Nacido en Águas Compridas, un barrio humilde de la periferia de Recife, su historia estuvo atravesada por distintas desgracias familiares. De acuerdo con el relato de su sobrino, Denis Gomes de Luna, el giro en su vida llegó tras el asesinato de su hermano durante un asalto.
A partir de ese golpe, Arlindo se refugió en la musculación y comenzó a vincularse con grupos del barrio que lo llevaron a inyectarse aceite mineral para agrandar sus músculos.
Primero comenzó con los anabólicos, desde los 20 años; luego, insatisfecho con los resultados, avanzó hacia las inyecciones que terminaron deformando su cuerpo.
La fama lo convirtió en un fenómeno mediático, pero no le cambió la vida puertas adentro. De familia humilde, no terminó el secundario y se ganaba el día a día haciendo changas como ayudante de albañil.
Hasta el día que murió, vivía con su madre, a quien la familia decidió no contarle sobre su muerte, todavía, “porque es muy mayor y está postrada en cama”, contó Gomes de Luna.
Con el paso del tiempo, su caso se transformó en una advertencia médica por parte de especialistas que remarcaban que el uso de aceite mineral con fines estéticos puede causar infecciones graves, necrosis, trombosis y daños irreversibles en órganos vitales.
Ahora, su muerte funciona como un ejemplo claro de cómo la obsesión con el cuerpo, llevada a cualquier costo, puede tener un desenlace fatal.
Fuente: www.clarin.com



