A 40 años de la caída de los Duvalier: el dictador médico que se embriagó de poder y se autoproclamó un “Sol vivo”

Hace cuarenta años, Jean-Claude Duvalier, “Baby Doc”, se exilió a Francia con la ayuda de los Estados Unidos y dejó a Haití en manos de un Consejo Nacional de Gobierno a cargo del entonces jefe del Ejército. Así llegaban a su fin más de tres décadas de dictadura ininterrumpida perpetrada por una dinastía que pasaría a la Historia como una de las más brutales de todos los tiempos.

Dos años antes del exilio de “Baby Doc”, una revuelta había empezado a tomar forma. La crisis económica y el hartazgo frente a la represión del régimen que había iniciado su padre, François Duvalier (“Papa Doc”) derivaron en sangrientas protestas.

Hubo caos y muerte. Finalmente, a comienzos de 1986, cuando la cosa no daba para más, el Gobierno de los Estados Unidos presionó a Duvalier para que se fuera por las buenas y le prestó un avión.

"Baby Doc", el hijo de François Duvalier. Foto: REUTERS

La alianza que había tejido estratégicamente “Papa Doc” con el país del Norte en plena Guerra Fría había sido uno de los sostenes del dictador. Aunque él odiaba a los americanos y ellos a él, a ambos les servía mantener relaciones. Duvalier se la pasaba diciendo que sus mayores enemigos eran los agentes comunistas de Cuba o Moscú y Estados Unidos aprovechaba su contacto con la isla en medio del conflicto con Fidel Castro.

El médico de los pobres

François Duvalier se graduó en Medicina en la Universidad de Haití en 1934. Estudió el noirismo (corriente filosófica que sostiene que la única fuente verdadera de conocimiento es la experiencia sensorial y la evidencia empírica) y el vudú.

En los primeros años de sus vida adulta trabajó como médico y periodista; cargaba consigo diariamente un botiquín y una jeringa, y en el papel iba contra la élite y defendía a los pobres.

Frank Dikötter, autor del ensayo “Dictadores: El culto a la personalidad en el siglo XX” (editado en español por Acantilado), lo describe en sus inicios como un joven “tímido y estudioso” que revindicaba que “la verdadera alma haitiana era negra y su religión, vudú” (muchos años después, en un discurso público iba a decir que los haitianos eran “negros superiores a los del resto del mundo”).

Sus primeros cargos políticos fueron como Director General del Servicio de Salud Pública Nacional y, posteriormente, como Ministro de Sanidad y Trabajo.

François Duvalier con sus características gafas.

Tras ser expulsado por una junta militar en 1950, se convirtió en un pilar de la oposición y, junto con su leal amigo Clément Barbot, se ocultó durante años en la montaña, desde donde ideó su regreso.

En una curiosa anécdota que aparece en el libro de Dikötter, el periodista Herbert Morrison cuenta que entrevistó a la dupla en su cueva y que, para no ser descubiertos, ambos iban vestidos de mujer (Barbot con una ametralladora escondida en los pliegues de la falda).

Ya para 1957, el Gobierno de turno tambaleó y a Duvalier se le presentó la oportunidad de candidatearse a presidente. El pueblo lo consideraba uno más de ellos, era “el campeón de los pobres”. “Papa Doc”. El 22 de septiembre de ese año se convirtió en presidente.

El “Sol vivo”

El poder fue volviendo a Duvalier cada vez más violento y misterioso. Por medio del jefe de Estado Mayor del Ejército, Antonio Kébreau, su régimen intimidaba, encarcelaba y deportaba a quienes se oponían. Silenciaba diarios y disolvía sindicatos. Las libertades fueron desapareciendo poco a poco hasta que no quedó ninguna.

François Duvalier murió en 1971. Antes nombró a su hijo sucesor.

Duvalier creó una milicia propia para usarla de contrapeso con la regular. Eran conocidos como tonton macoutes(“hombre del saco” o “coco’). Usaban pistolas y se vestían como gangsters, con trajes lujosos de sarga azules, gafas oscuras con montura de acero y sombreros Homburg de color gris, describe Dikötter.

Según New Republic, todo macoute era “informante, jefe de barrio, extorsionador, matón y pilar político del régimen”. Eran elegidos por Duvalier y servían de su poder para extorsionar, intimidar, acosar, violar y asesinar.

A su presencia se le sumaba el fomento que hacía Duvalier de sus conexiones con el vudú. Decía que él era un espíritu de esa religión y que respondía al Barón Samedi, espíritu de los muertos y guardián de los cementerios. Se vestía con anteojos gruesos y oscuros, chistera y frac, y “murmuraba misteriosamente un tono nasal profundo, como si recitara conjuros contra sus enemigos”.

Dikötter cuenta que en 1958, el antropólogo Harold Courtlander fue a su palacio a ofrecerle sus respetos y Duvalier lo llevó a una habitación oscura adornada con cortinas negras. Estaba “ataviado con un traje negro de lana”, sentado frente a una mesa alargada, con docenas de velas negras, rodeado de sus macoutes, todos ellos con gafas oscuras”.

De Duvalier se llegó a decir además que solicitaba corazones de sus rivales como amuletos mágicos, que pedía el consejo de espíritus sentado en su bañera mientras usaba una chistera del Barón, que examinaba entrañas de cabra. Nada de ello fue comprobado.

François, de pie. Jean-Claude, sentado. Foto: AFP

Entre otros gestos que contribuían al culto a su personalidad, Duvalier decretó su cumpleaños como el día de la Cultura Nacional (toda la gente debía aprender de memoria tres cuartas partes de sus obras esenciales, aunque el 90 por ciento era analfabeta) y en un discurso público se refirió a él en tercera persona como un “Sol vivo”.

Al final, Duvalier gobernaba en solitario desde su escritorio de caoba, con un arma a mano y guardias atrás de la puerta. Con tener controlados objetivos estratégicos le alcanzaba; un pequeño comando organizado y profesional podía derrocarlo.

En enero de 1971, cuando ya estaba muy enfermo y desmejorado, nombró sucesor a su hijo, Jean Claude. El 21 de abril de ese año murió de causas naturales.

Fuente: www.clarin.com

Artículos Relacionados

Volver al botón superior